Corrigan, el hombre que se equivocó de dirección

Cuando a eso de las nueve y media de la mañana del 18 de julio de 1938 los empleados del aeropuerto Baldonnel de Dublín vieron aterrizar un destartalado avión en sus instalaciones, corrieron asombrados hacia él. De la cabina del aparato se bajó un hombre que, con acento americano, les dijo: “soy Douglas Corrigan, ¿dónde estoy?”. Los empleados le respondieron que en Irlanda, y el piloto no pudo ocultar una sonrisa de satisfacción. Acababa de cruzar el Océano Atlántico sin escalas, sobre un avión construido por sí mismo, y a pesar de que las autoridades aeronáuticas norteamericanas le habían denegado el permiso. Sin embargo, pronto disimuló su alegría y proclamó que no debía estar en Dublín, sino en Los Ángeles.

Corrigan y su avión
Y es que hasta el fin de sus días Corrigan sostuvo que había llegado a Irlanda porque se había equivocado de dirección. Y aunque las autoridades de aviación estadounidense no creyeron una sola palabra de su historia, pronto se convirtió en un héroe y su vuelo en una hazaña. El recibimiento que le dieron en Estados Unidos fue apoteósico, incluido un desfile por Nueva York. Pronto recibió ofertas para publicar una autobiografía e incluso se interpretó a sí mismo en una película sobre su vuelo, llamada “El irlandés volador”. A partir de ese vuelo se le conoció como “Wrong Way” (“Camino equivocado”), y su fama y fortuna no hicieron sino acrecentarse. Esta es la increíble historia del hombre que se equivocó de dirección.

Mecánico de Lindbergh

Douglas Corrigan nació en 1907 en Galveston, Texas. Pasó la infancia y la adolescencia dando tumbos debido al divorcio de sus padres, y como no era un buen estudiante, dejó la Secundaria para trabajar como obrero de la construcción. Por aquel entonces vivía en Los Ángeles junto a su madre y sus hermanos, y su ambición era poder convertirse algún día en arquitecto. Sin embargo, en octubre de 1925 el veneno de volar se le metió en las venas. Un domingo por la tarde, Corrigan pagó los dos dólares y medio que costaba un paseo en avión de 10 minutos sobre el aeropuerto de Los Ángeles. Tan entusiasmado estaba cuando bajó, que al domingo siguiente empezó a tomar lecciones de vuelo. Los fines de semana se los pasaba en el aeródromo, aprendiendo a volar y ayudando a los mecánicos. Cuando el 25 de marzo de 1926 realizó su primer vuelo en solitario, diría que fue el día más importante de su vida.

Douglas Corrigan
Cuando los dueños del aeródromo de Los Ángeles se trasladaron a San Diego y fundaron una fábrica de aviones (la Ryan Aeronautical Company), le ofrecieron a Corrigan un empleo como mecánico. Allí estaba cuando en febrero de 1927 la compañía recibió un telegrama de un tal Charles Lindbergh preguntando si podrían construir un aparato que pudiera cruzar el Atlántico. Los dueños de la compañía respondieron que podrían tenerlo en un plazo de dos meses y por un precio de 10.000 dólares. Lindbergh aceptó la oferta y la fábrica se puso manos a la obra. Corrigan fue uno de los mecánicos que construyeron el avión (sobre la base de un aparato Ryan M-2), y a él se debió el diseño y ensamblaje de las alas (tres metros más largas de lo normal) y la instalación de los depósitos de combustible y el panel de instrumentos.

Charles Lindbergh
Aunque Lindbergh era de Detroit y el aparato había sido construido en San Diego, los que financiaban el proyecto eran de St. Louis (Missouri), así que el avión fue bautizado como “Spirit of St. Louis”. El 20 de mayo de 1927, el aparato despegó de Nueva York y después de más de 33 horas y media de vuelo aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, en París. Lindbergh había sido el primer hombre en realizar un vuelo trasatlántico sin escalas, y como consecuencia se convirtió en una celebridad, a la Ryan Aeronautical Company le empezaron a llover los pedidos y en Douglas Corrigan empezó a crecer el irrefrenable deseo de emular la proeza.

Un primer intento frustrado

En octubre de 1928 la fábrica decidió trasladarse a St. Louis. Sin embargo, Corrigan decidió quedarse en la costa oeste y emplearse en la escuela de aviación Airtech. Durante los siguientes dos años aprovechaba el poco tiempo libre que tuvo para acumular horas de vuelo y sacarse el título de piloto de transporte, hasta que en 1930 se trasladó a Nueva York donde, junto a un amigo, fundó una compañía que ofrecía traslados de pasajeros entre pequeñas ciudades. No fue hasta 1933 que regresó a la costa oeste para trabajar de mecánico y se compró un viejo avión Curtiss Robin OX-5. Inmediatamente, empezó a trabajar en él para convertirlo en un aparato capaz de cruzar el Atlántico. Ya había decidido que su destino sería Dublín, en homenaje a sus orígenes irlandeses.

Construcción del "Spirit of Saint Louis"
En 1935 había modificado el avión lo suficiente como para intentar que le dieran permiso para realizar su proyecto. Sin embargo, un inspector federal de la Oficina de Comercio Aéreo sólo lo certificó para vuelos sobre tierra firme dentro del país. Corrigan fue haciendo modificaciones en el aparato intentando adaptarlo a las exigencias burocráticas que se le planteaban. En 1937 volvió a solicitar permiso para realizar el vuelo transoceánico, pero no era un buen momento: Amelia Earhart había desaparecido sobre el Pacífico pocos meses antes y ninguna autoridad parecía dispuesta a dar permisos para nuevas aventuras. Es más, en respuesta a su petición se le negó el certificado de vuelo a su avión. Ya no es que no pudiera volar sobre el Atlántico, es que no podía volar a ninguna parte.

El avión de Corrigan
Corrigan no tiró la toalla. Decidió que intentaría la aventura de todos modos (“No me iban a colgar por volar sin licencia”, escribió después) y planeó volar hasta Nueva York, aterrizar allí de noche cuando todos los controladores se hubiesen marchado a casa, llenar sus depósitos de combustible y despegar de nuevo hacia Irlanda antes de que pudieran detenerle. Sin embargo, la mala suerte se cebó con él. Durante todo el trayecto se encontró un tiempo infernal, y lo que iba a ser un vuelo de algo más de un día se convirtió en una epopeya que duró nueve (tardó dos días sólo en cruzar Texas). Cuando llegó a Nueva York era ya final de octubre y un vuelo hasta Irlanda era demasiado peligroso, incluso para alguien tan osado como Corrigan.

Corrigan saludando
De modo que repostó y regresó hasta Los Ángeles. El vuelo de vuelta tampoco fue fácil, ya que se le formó hielo en el carburador y el viento de cara hizo que no tuviera suficiente combustible. Aterrizó en el aeródromo Adams, del Valle de San Fernando, y allí las autoridades le inmovilizaron el avión. Lo único bueno que Corrigan sacó de aquel viaje frustrado fue haber bautizado a su aparato. Decidió llamarlo “Sunshine” (Rayo de Sol). Tal y como escribió en su autobiografía, “Siempre había considerado a mi avión como un pequeño rayo de sol, así que pinté ese nombre en el carenado”. El primer intento se había saldado con un fracaso, pero Corrigan no estaba dispuesto a rendirse.

La “equivocación”

Durante los seis meses que su avión permaneció en tierra de forma forzosa, Corrigan no se quedó cruzado de brazos. Estuvo volando en otros aviones a fin de seguir sumando horas de vuelo y reconstruyó el motor del “Sunshine”. Cuando terminó la suspensión, solicitó una nueva inspección y el inspector que examinó el avión dictaminó que estaba lo bastante bien para volar dentro del país. El 9 de julio de 1938, Corrigan consiguió un permiso para hacer un vuelo sin escalas desde Los Ángeles hasta el aeródromo Floyd Bennet de Nueva York. Después de un vuelo accidentado, donde tuvo que atravesar una tormenta de arena en Nuevo México y se vio obligado a terminar el viaje con las ventanillas de la cabina abiertas y la cabeza fuera por una fuga de combustible del depósito principal que hacía que todo oliera a gasolina, Corrigan aterrizó en Nueva York. Había volado 27 horas y sólo le quedaban 9 litros de combustible.

Autobiografía de Corrigan
Decidió no reparar el tanque, ya que eso le llevaría semanas, y el 16 de julio presentó un plan de vuelo para volver a Los Ángeles. Las autoridades no desconfiaron, ya que el único mapa que tenía era de los Estados Unidos y tenía la ruta de vuelta perfectamente marcada. Llenó los depósitos de combustible, y a las cuatro de la madrugada se encontraba listo para volar. El gerente del aeródromo le dijo que usara una pista que mirara al este y luego virara, ya que su oficina se encontraba al oeste y no quería ser despertado por el ruido de su avión. A las cinco y cuarto de la madrugada del 17 de julio, Corrigan despegó. Llevaba con él dos barras de chocolate, algunos frutos secos y una buena provisión de agua. Según dijo más tarde, había una niebla espesa y no pudo ver bien la brújula manual que portaba, así que no viró al oeste, sino que siguió volando hacia el este, hacia el Atlántico.

Aeródromo de Baldonnel, en Dublín
Cuando llevaba volando unas 10 horas, la fuga de combustible fue a peor y la cabina empezó a inundarse de gasolina. No podía repararla en pleno vuelo, y para evitar que el combustible llegara a los escapes e incendiara el aparato, hizo un agujero en el suelo con un destornillador para drenarla. Claro que todo esto no es muy coherente con su afirmación de que se dio cuenta de su error de orientación cuando llevaba 26 horas volando, pues si hubiera pensado que estaba sobrevolando tierra habría buscado un sitio donde aterrizar en lugar de drenar la fuga. En cualquier caso, tras 28 horas y 13 minutos de vuelo, Corrigan aterrizó en el aeródromo Baldonnel de Dublín y se produjo el diálogo con el que empezaba este artículo.

Las explicaciones de Corrigan

A Corrigan lo llevaron a la oficina de aduanas, ya que no sólo había volado a Irlanda sin permiso, sino también sin pasaporte. Llamaron al embajador americano Stephen Cudahy, que se reunió con él y le pidió explicaciones. Corrigan contó que el espacio en su avión era tan pequeño que sólo podía ver el suelo por las ventanillas laterales. Como su brújula principal estaba rota había usado una brújula manual, lo que añadido a la niebla y a la poca visibilidad en la cabina, le había hecho perder el rumbo. Cuando 26 horas después de partir las nubes de debajo de su avión se disiparon, pudo ver que volaba sobre el mar y sólo entonces se dio cuenta de que se había equivocado de dirección. Poco después avistó tierra y aterrizó.

Desfile de Corrigan en Nueva York
Cudahy no se creyó una sola palabra de lo que Corrigan le había contado. Además, las autoridades de aviación estadounidenses enviaron un telegrama detallando las normas que se habían infringido. A pesar de que el telégrafo cobraba por cada palabra transmitida, el telegrama en cuestión tenía ¡más de 600! Sin embargo, Corrigan recibió un leve castigo: la suspensión de la licencia de vuelo durante 14 días. Además, su vuelo pronto se convirtió en un acontecimiento, y la embajada americana se llenó de periodistas y fotógrafos (incluso fueron a verle Henry Ford y Howard Hughes).

Primera plana del "New York Post", con el titular
 al revés en homenaje a Corrigan
Al día siguiente visitó al Primer Ministro irlandés Eamon de Valera, que le pidió que contara otra vez su historia. Cuando llegó a la parte en que se equivocaba al leer la brújula, todos empezaron a reír. De Valera no sólo no presentó cargos contra él (“Ha llegado a este país sin ningún papel, y se irá sin ningún papel”), sino que además le agradeció haber puesto a Irlanda en el mapa. Poco después fue a Londres, donde fue recibido por el embajador Joseph Kennedy (el padre del que fuera luego Presidente de los Estados Unidos). Allí le comunicaron que su avión y él regresarían a Estados Unidos a bordo del buque “Manhattan”. El barco llegó a Nueva York el 4 de agosto, justo el día que terminaba la suspensión de su licencia de vuelo.


Cartel de "El irlandés volador"
Corrigan se había convertido en una celebridad. Su desfile por Broadway reunió a un millón de personas (más que el de Lindbergh, que un poco celoso restaba importancia a la hazaña de Corrigan). Su nombre y su proeza salieron en la prensa, y pronto se le apodó “Wrong Way” Corrigan (incluso esta expresión se utilizó durante mucho tiempo para referirse a errores espectaculares, sobre todo en el ámbito deportivo). Escribió una autobiografía (que constaba de sólo un capítulo, varias páginas de fotos y todo lo demás en blanco) y protagonizó en 1939 una película sobre su vuelo que se tituló “El irlandés volador”. Incluso se pusieron a la venta productos con su nombre, entre los que destacaba un reloj que giraba hacia el lado contrario. También se presentó a Senador en 1946, aunque obtuvo sólo el 2% de los votos. Después de ganar en esos años el equivalente al salario de 30 años de mecánico, se retiró de la aviación en 1950, compró una plantación de naranjas y allí vivió hasta su muerte en 1995. Y hasta sus últimos días siguió sosteniendo que todo lo que había pasado es que se había equivocado de dirección
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Esfacteria, cuando los espartanos se rindieron

Regresa con este escudo, o sobre él”. Esta frase atribuida a una madre espartana equipando a su hijo resume de forma extraordinaria la mentalidad de los espartanos en combate. Regresar sin el escudo equivalía a haber huido de la batalla (el escudo de los hoplitas griegos, llamado hoplon, era muy pesado, por lo que lo primero que hacían los que huían era desembarazarse de él), y regresar sobre él era igual que morir en la batalla de forma heroica (en caso de ser herido o morir, y siempre que se encontrasen cerca de su base, el escudo servía de camilla improvisada para transportar el cuerpo, pero esta práctica sólo se aplicaba a los que habían destacado en la lucha). Así pues, la frase que encabeza este artículo equivaldría a “vuelve victorioso o muerto”.

Batalla de Esfacteria
La rendición no era una opción a considerar por los espartanos, pues hacerlo equivalía al rechazo social de sus conciudadanos. Por eso se cree que ningún ejército de Esparta se rindió jamás; pero esa creencia es errónea. En el año 425 a.C., en la isla de Esfacteria, un ejército de hoplitas espartanos se rindió ante los atenienses en los primeros compases de la Guerra del Peloponeso. Y lo más llamativo de todo es que las tropas de Atenas estaban compuestas en su mayor parte por infantería ligera. De este modo, la Batalla de Esfacteria no sólo supuso la primera vez que los espartanos se rindieron, sino que también fue la primera vez que la infantería ligera griega logró vencer a la infantería pesada.

Las estrategias al comienzo de la Guerra del Peloponeso

En el año 431 a.C. estalló la Guerra del Peloponeso por la supremacía dentro del mundo helénico. Por una parte estaban Atenas y sus aliados, coaligados en la llamada Liga de Delos, y por otro Esparta y los suyos se unían en la llamada Liga del Peloponeso. Largos años de desencuentros y rivalidades entre estas dos ciudades desembocaban en una lucha a muerte en la que sólo podría quedar uno. Sin embargo, esta guerra supuso a la postre el fin del esplendor griego en el Mediterráneo. El conflicto devastó regiones enteras, se destruyeron ciudades por completo y marcó una etapa en la que las guerras civiles entre ciudades se convirtieron en algo cotidiano.

Muros de Atenas, uniendo la ciudad con el puerto de El Pireo
La estrategia de ambos bandos en esta primera fase de la guerra (llamada Guerra Arquidámica) era simple y se basaba en sus puntos fuertes. Esparta, sabedora de que su ejército no tenía rival, lanzaba continuas ofensivas en tierra. En sus incursiones en la región de Ática, saqueaban todo lo que podían, devastaban campos y tierras de cultivo y amenazaban a la propia ciudad de Atenas, mientras sus habitantes sólo podían contemplar desde detrás de sus muros cómo sus cosechas eran destruidas. Estas invasiones no duraban mucho, ya que los espartanos debían regresar a sus tierras para la cosecha y para controlar a los ilotas, sus esclavos. Además de usar esta táctica, Esparta se dedicaba a atizar el fuego de la rebelión en las ciudades aliadas de sus enemigos, confiando en que un levantamiento a gran escala debilitara a los atenienses.

Trirreme ateniense
Atenas por su parte, sabedora de que su ejército no era rival para los bien entrenados espartanos, se mantuvo a la defensiva en tierra y confió en su punto fuerte: la flota. Escuadras de barcos atenienses partían sin cesar atacando las costas del Peloponeso, controlando los conatos de rebelión en sus aliados y financiándose mediante el tributo de sus colonias. Continuó con el comercio, a la vez que debilitaba el de sus enemigos. No sufriendo mucho por las invasiones espartanas debido a su corta duración (la más larga apenas se prolongó por 40 días) y a la capacidad de abastecerse por mar, los atenienses confiaban en estrangular la economía de sus enemigos como forma de asegurarse la victoria.

La flota que se refugió de una tormenta

En la primavera del año 425 a.C., y fieles a su estrategia, los espartanos ayudaron a la ciudad siciliana de Mesina a rebelarse contra Atenas a la vez que sus tropas, al mando del rey Agis, invadían la región de Ática. Como ya hemos visto, los atenienses se refugiaron tras sus murallas sabedores de que no tendrían problemas para abastecerse gracias a su poderosa flota. A la vez, y para controlar el conato de rebelión en Sicilia y en la isla de Corcira (la actual Corfú), una escuadra de 40 naves atenienses partió hacia allí al mando de los generales Eurimedonte y Sófocles. A ellos se unió en el último momento el general Demóstenes.

Vista de Esfacteria desde el norte
Sin embargo, una tormenta obligó a esta flota a refugiarse en la bahía de Navarino. Esta bahía constituía un excelente puerto natural. Cerrada casi por completo (salvo dos pequeños canales) por la isla de Esfacteria, y situada a apenas 75 km. de Esparta, Demóstenes vio en el retraso una excelente oportunidad de establecer allí una base avanzada que le permitiera realizar incursiones en territorio enemigo y alentar posibles rebeliones de ilotas (los esclavos de los espartanos, que mantenían su economía). Así pues, ordenó la construcción de un fuerte en la acrópolis de la antigua ciudad de Pilos, un enclave abandonado que podía ser fácilmente abastecido por mar dado su proximidad a la costa.

Mapa de Pilos y Esfacteria
El resto de los comandantes consideraban esta acción una pérdida de tiempo y dinero, pero no se opusieron a ella. En apenas 6 días, los atenienses habían terminado las fortificaciones. La flota partió entonces hacia Corcira, dejando una guarnición en la fortaleza y cinco naves al mando de Demóstenes (a la que posteriormente se unieron otras dos más de su aliado Naupacto). Naturalmente, a los espartanos no les hizo mucha gracia que los atenienses ocuparan un enclave tan cerca de ellos, así que retiraron su ejército del Ática y enviaron a las tropas a desalojar a los atenienses de sus posiciones. Llamaron también a su flota (de unas 60 naves), que en ese momento se dirigía a Corcira, para apoyar la acción. Estaba a punto de comenzar un asalto anfibio, un tipo de maniobra extremadamente raro en la antigüedad.

El asalto espartano

El ejército espartano se basaba principalmente en los espartiatas, la élite de la ciudad entrenada desde su niñez para ser unos feroces guerreros, y en aquel momento su número era aproximadamente de unos 2.000 efectivos. El resto del ejército se componía de tropas aliadas e ilotas. Así pues, cada pérdida de uno de estos guerreros era irremplazable. De modo que para minimizar las pérdidas los espartanos optaron por una estrategia de bloqueo esperando que la falta de suministros hiciera que pronto los atenienses se rindieran. Colocó el grueso de su ejército frente a las fortificaciones atenienses, apostó la flota en los canales de acceso a la bahía para evitar que los barcos de Atenas escaparan y desembarcó una fuerza de 420 hoplitas, con sus respectivos ilotas, en la isla de Esfacteria para evitar que la fortaleza pudiera ser abastecida desde allí (de esos hoplitas, entre 120 y 180 eran espartiatas, según la fuente).

Batalla de Pilos: intento de desembarco espartano
Sin embargo, el ateniense Demóstenes se había adelantado a la acción y envió dos de sus barcos a avisar al resto de la flota de la situación. Los pocos hoplitas de los que disponía (unos 60) los colocó en el punto más débil de las fortificaciones, mientras que protegía el resto con marineros. Los espartanos pronto se cansaron de no hacer nada y comenzaron el asalto. Por tierra, los espartanos se lanzaron contra las fortificaciones, y por mar las naves se iban turnando para ir desembarcando tropas. El asalto por tierra comenzó el 25 de mayo y fue fácilmente repelido (las tropas de Esparta ni siquiera habían llevado escalas, y los atenienses habían realizado un buen trabajo en las fortificaciones); por mar, sin embargo, la defensa fue más difícil: los barcos espartanos lanzaban pasarelas por las que desembarcar a las tropas, por lo que los atenienses trataban de empujarlas mientras les lanzaban toda clase de proyectiles. Lograron repelerlos con gran dificultad.

Batalla de Pilos: la flota ateniense derrota a la espartana
Al tercer día de asedio, las tropas espartanas de tierra se retiraron a buscar madera con la que construir maquinaria de asedio, mientras la flota entraba en la bahía dejando los canales desguarnecidos. Fue entonces cuando la flota ateniense, que había dado media vuelta ante el aviso de Demóstenes, apareció. Los barcos espartanos fueron cogidos por sorpresa y toda la flota capturada o hundida. Las tropas espartanas de la isla de Esfacteria se encontraron entonces totalmente aisladas y sin posibilidad alguna de escapar o ser abastecidos, pues la victoriosa flota ateniense se desplegó para evitarlo. Los espartanos se encontraban en una situación desesperada.

La negociación

Esparta pidió una tregua y envió emisarios a Atenas, dejando en garantía lo que quedaba de su flota. Comenzó entonces una dura negociación. Los espartanos querían recuperar el contingente de la isla a toda costa debido a la escasez de hombres en su ejército, y para ello ofrecieron entregar a los atenienses 60 trirremes y acabar con las incursiones en el Ática a cambio de que las tropas atrapadas pudieran regresar a Esparta. Durante la tregua, los atenienses permitieron que se enviara a la isla una cantidad fija de alimentos y vino (curiosamente, a cada hoplita le correspondía el doble de lo que recibía un ilota).

Cleón de Atenas
La facción ateniense que encabezaba Cleón exigió a los espartanos que, además de los barcos, debían entregar los puertos de Megara y Trecén, así como la región de Acaya. En realidad, Cleón sólo buscaba hacer encallar las negociaciones para poder humillar a los espartanos capturando y matando a sus tropas de Esfacteria. Los emisarios espartanos no aceptaron las condiciones que se les ofrecían y abandonaron Atenas, y los atenienses se negaron a devolver las naves espartanas dejadas como garantía. Como el envío de comida a los sitiados se había interrumpido, los espartanos trataron de abastecerlos con la ayuda de nadadores.

Hoplita espartano
En realidad, los atenienses no estaban en mucha mejor posición que los espartanos. Los bosques de la isla de Esfacteria no permitían a los sitiadores saber cuántos ni dónde estaban situados los espartanos, por lo que no se atrevían a atacar. Además, tampoco les resultaba fácil abastecer la flota y la guarnición de Pilos, y la llegada del invierno amenazaba la presencia ateniense allí. Tras más de cincuenta días desde que los hoplitas espartanos quedaran atrapados en la isla, la situación estaba estancada. Fue entonces cuando un incendio fortuito (producido por un fuego de campamento mal apagado) quemó durante dos días gran parte de la vegetación de Esfacteria, dejando al descubierto la posición de los espartanos. Cuando la noticia llegó a Atenas, Cleón se jactó de rendir a las fuerzas sitiadas en menos de 20 días. Sus detractores le desafiaron a hacerlo. La batalla era inminente.

La batalla

Las fuerzas espartanas estaban divididas en tres contingentes. El grueso de sus tropas estaba en el centro de la isla, custodiando un pozo salobre que era la única fuente de agua, y el resto se encontraba en dos puestos avanzados, uno a cada extremo, vigilando los movimientos de los atenienses a través de los canales. En total eran 420 hoplitas y 400 ilotas, que luchaban como infantería ligera. Las fuerzas atenienses ascendían a unos 800 hoplitas, unos 2.000 hombres de infantería ligera (entre arqueros, honderos y peltastas) y unos 7.000 remeros. A esta fuerza había que añadir otros 800 soldados mesenios que buscaban liberar su región de los espartanos. La ventaja numérica era ateniense, pero las fuerzas espartanas eran consideradas las mejores de Grecia.

Esfacteria; fases de la batalla
El 10 de agosto, antes del alba, el primer desembarco tuvo lugar al sur de la isla. Los atenienses tomaron el puesto avanzado espartano por sorpresa y acabaron con todos. Poco después, el grueso de las tropas atenienses desembarcó en el centro de la isla, encontrándose la falange espartana ya formada y dispuesta a luchar. Las tropas ligeras atenienses tomaron los puntos elevados a ambos lados de la falange, masacrando a los espartanos con flechas, jabalinas y proyectiles de honda e impidiendo que salieran a luchar contra los hoplitas atenienses (que se mantuvieron quietos durante toda la batalla). El incesante bombardeo acabó con la vida del general espartano Epitadas, así que el resto de las tropas decidieron replegarse hacia el norte, a las ruinas de un fuerte abandonado, sin dejar de ser acosados por las tropas ligeras atenienses.

Batalla de Esfacteria: las tropas ligeras acosan a los hoplitas espartanos
Teniendo en cuenta que el número de proyectiles lanzados era muy elevado, las bajas espartanas eran pocas. Sin embargo, estaban en una posición desesperada. Rodeados, sin agua ni comida, pero con la protección de un barranco tras ellos, los espartanos decidieron permanecer y resistir allí. Fue entonces cuando las tropas mesenias ascendieron el barranco a través de un pequeño sendero y terminaron de rodear a las tropas espartanas por todas partes. Los generales atenienses no querían una masacre, de modo que hicieron una oferta de rendición. El comandante espartano no quería tener la responsabilidad de la decisión, por lo que pidió enviar un emisario a Esparta para pedir instrucciones. La respuesta de la ciudad no tardó en llegar: “Esparta os ordena que toméis vuestra propia decisión, siempre que sea honorable”. La decisión que tomaron en común fue tirar sus armas y rendirse. Nunca antes ningún ejército espartano había hecho algo así, pues siempre habían preferido la muerte antes que el deshonor. Tras cincuenta días en la isla (de los que sólo veinte recibieron alimentos) y un total de 128 bajas (los atenienses tuvieron menos de 50), un ejército espartano se rendía por primera vez en la historia.

Batalla de Esfacteria: última posición espartana
El impacto de la noticia en las ciudades griegas fue inmenso. Se había roto el mito de la invencibilidad de las tropas espartanas. También se había demostrado que con tropas ligeras, fáciles y baratas de equipar, podía derrotarse a tropas más pesadas basándose en la versatilidad y la movilidad. Los 292 supervivientes espartanos fueron llevados a Atenas, donde sufrieron la vergüenza de haberse rendido hasta el año 421 a.C. en que se acordó la Paz de Nicias. Cuentan que uno de los espartanos fue preguntado por los atenienses si creía que sus compañeros muertos en la batalla eran más valientes, a lo que contestó: “Mucho sería de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines”. Fue el único consuelo que les quedó, haber sido derrotados por enemigos que atacaban a distancia con piedras y flechas, no cuerpo a cuerpo.

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Las brujas de Salem

Entre febrero de 1692 y mayo de 1693 se desató un periodo de histeria colectiva en algunos condados de Massachusetts, en la costa este de Estados Unidos. Entre 150 y 200 personas fueron detenidas y encarceladas bajo la acusación de brujería (aunque el número puede haber sido mayor si contamos las detenciones que no fueron seguidas de acusaciones formales), en una loca espiral de rumores, paranoia y fanatismo religioso. El resultado final fue que catorce mujeres, cinco hombres y dos perros fueron ejecutados en la horca (y no en la hoguera, como erróneamente se cree) bajo la condena de tener tratos con el Diablo; además, al menos otras cinco personas murieron en la cárcel esperando ser juzgadas o en las torturas que sufrieron para arrancarles una confesión.

Uno de los juicios de Salem
El episodio ha servido posteriormente de inspiración a numerosas obras literarias, entre las que destaca poderosamente la obra de teatro “The crucible” (traducido al español como “Las brujas de Salem”) de Arthur Miller, quien utilizó lo ocurrido en esta localidad como metáfora de la llamada “Caza de brujas” que se desató en Estados Unidos en los años 50 del siglo XX, auspiciada por el senador Joseph McCarthy. En cualquier caso, lo que pasó en esta pequeña ciudad del este de Estados Unidos es una muestra de los peligros que el fanatismo religioso conlleva, y que tanto sufrimiento ha causado a la Humanidad a lo largo de su historia.

Los puritanos

No podemos entender qué pasó realmente en Salem sin hacer una breve reseña de quienes eran los puritanos. Los primeros 102 miembros de esta comunidad religiosa llegaron a América el 11 de noviembre de 1620 a bordo del barco Mayflower, procedentes de Inglaterra. La razón del viaje de estas personas era la discriminación que sufrían por parte de los anglicanos. El puritanismo se basaba en las creencias calvinistas (que aplicaban con un intenso fervor) y creían que el anglicanismo no era lo bastante radical. Consideraban que la iglesia Anglicana no había terminado de romper del todo con Roma y la acusaba de estar demasiado cerca del poder (cosa cierta, por otra parte), preocupándose más de hacer política que de procurar la salvación de las almas de sus feligreses.

El Mayflower
Fue así como desembarcaron en Nueva Inglaterra llevando consigo todas sus supersticiones y su fe total y absoluta en Dios. Estaban convencidos de que cualquier fenómeno natural inexplicable para ellos era un castigo divino (sin duda impuesto por sus pecados) y que cualquier enfermedad o dolencia que no pudiera ser sanada con ungüentos, sopa caliente y oración era producida por el Diablo. Su fe en que Dios lo dirigía todo se plasmaba en su constante cita de la Biblia a la menor ocasión. La crónica de un viajero de la época narra como “nunca completan un trato, o hacen una broma, sin un texto de las Escrituras al final”.

Puritanos
Un detalle importante es el papel de la mujer en su sociedad. No sólo estaban en un estado de completa sumisión al hombre, sino que también se consideraba que eran débiles de cuerpo y espíritu, hasta el punto de que llegó a celebrarse un concilio para debatir si tenían alma. Vivían totalmente entregadas a las labores domésticas y al cuidado de los hijos. Esta creencia tenía una doble vertiente; por un lado, se creía que eran las víctimas perfectas para los ataques del Diablo, y por otro se consideraba que cualquier mujer cuya conducta se saliera de lo que se consideraba normal era muy probablemente una bruja con poderes sobrenaturales, presta a hacer daño a la comunidad.

Samuel Parris
Este era el ambiente que se vivía en Salem, una ciudad de puritanos fundada en 1626 por Roger Conant. El fanatismo religioso, la creencia de que el Maligno les acechaba, y el constante miedo a los ataques de las fieras salvajes y los nativos constituían el caldo de cultivo perfecto para que se desatara la histeria colectiva al menor chispazo. A estos antecedentes hemos de añadir que el reverendo de la comunidad, Samuel Parris, había sido nombrado en un intento de tener en la comunidad un ministro permanente, ya que los tres anteriores se habían marchado al tener problemas para cobrar su sueldo de los habitantes del pueblo. Estos problemas se repetirían con Parris, lo que quizá explique su actitud en los juicios que siguieron.

El comienzo

El reverendo Parris tenía tres hijas y una sobrina a su cargo. Para cuidar de ellas contaba con una esclava procedente de Barbados llamada Tituba, que además entretenía a las niñas con cuentos de vudú y leyendas de su tierra. El 20 de enero de 1692, Elizabeth Parris (una de las hijas del reverendo) y su prima Abigail Williams empezaron a mostrar extraños síntomas: tenían convulsiones, fiebre alta y gritaban extrañas incoherencias que nadie entendía. Pronto otras cinco niñas empezaron a tener los mismos síntomas, a los que algunas añadieron que sentían mordeduras y picaduras en la piel. Unos días más tarde, la hija de Parris, ante una regañina de su padre, lanzó una Biblia al suelo y empezó a proferir todo tipo de blasfemias mientras saltaba de un lado a otro. El resto de las niñas comenzaron a imitarla. Preocupados, los habitantes de Salem llevaron a las niñas a un médico (tradicionalmente identificado como el doctor Griggs), quien no sabiendo qué les pasaba, sugirió que todo podía ser un caso de posesión demoniaca.

Grabado que representa a Tituba
El reverendo Parris se convenció inmediatamente de que esa era la causa, ya que los síntomas de las niñas eran muy similares a los sufridos por otras de Boston y que estaban recogidos en un libro que había llevado consigo titulado “Providencias Memorables Relacionadas con Brujerías y Posesiones” (de resultas de ese caso una lavandera llamada Ann Glover, también conocida como "Goody Glover", y que trabajaba para la familia, fue acusada, condenada y ejecutada por brujería). Las niñas fueron presionadas para señalar a las causantes de sus males, y Elizabeth Parris señaló a la esclava Tituba, a Sarah Osborne y a Sarah Good. Osborne era una mujer adinerada que no había asistido a la iglesia en tres años debido a una enfermedad y a su afición al alcohol, y que estaba en pleitos con otra rica familia de Salem, los Putnam (casualmente, muchos de los acusados posteriormente mantenían disputas con esa familia), y Good era una indigente y marginada social que estaba embarazada en el momento de su arresto. Las otras niñas corroboraron la acusación.

Placa en honor de Sarah Good en Salem
Tituba confesó ser culpable de los cargos, pero que era una víctima más de Osborne y Good. Declaró que había volado por el aire a su antojo, que era una bruja, aunque había sido engañada por las otras dos acusadas. Según parece, su confesión buscaba desviar la atención y que no se acusara a su marido John Indian, que había sido obligado por otra vecina de Salem a hacer un pastel con harina de centeno y orina de las afectadas (algo que se conocía como “pastel de brujas”) para averiguar el origen de sus males, siguiendo la magia tradicional inglesa. Esta confesión hizo que se desatara la histeria colectiva, y durante el año siguiente la locura se adueñó de esta localidad. Además, sirvió para que Tituba fuera condenada a prisión y no a muerte, como sí lo fueron Osborne y Good (aunque Osborne murió en prisión antes de ser ahorcada).

La espiral de histeria

Pocos días después, las niñas acusaron también a Martha Corey, una intachable anciana cuyo único pecado era afirmar que las "afligidas" (como se conocía a las personas afectadas por una posesión) mentían y que no había posesión demoníaca alguna. Se desató entonces una espiral de acusaciones entre vecinos. Todos vigilaban a todos y cualquier palabra precipitada podía ser el detonante de una acusación de brujería. Las mujeres acudían a los oficios con un capuchón para no ser reconocidas. Además, cuando alguien era arrestado podía buscar no ser condenado a muerte afirmando que era una víctima más y acusando a otra persona de ser bruja, lo que elevó la paranoia hacia límites increíbles; subió hasta el punto de que llegó a arrestarse a la hija de cuatro años de Sarah Good acusándola también de ser una bruja. Las acusaciones y los arrestos se hicieron masivos, y algunos vecinos aprovechaban la situación para señalar a otros con los que mantenían rencillas personales.

Arresto de una mujer en Salem acusada de brujería
Algunos hombres fueron también acusados bajo el delito de ser “jefes de brujas”. Uno de los casos más llamativos fue el del antiguo reverendo de Salem George Burroughs, desposeído de su cargo dos años atrás después de denunciar a la comunidad por no pagarle el sueldo. Una de las niñas le acusó de entrar una noche en su habitación, escribir su nombre en un libro y después morderla en la espalda. A pesar de que la noche en que la niña dijo que pasó todo Burroughs estaba en otra ciudad bastante alejada de Salem, fue condenado y ahorcado por brujo. Fue el único reverendo de la historia de Estados Unidos en ser ejecutado.

Examen de una acusada buscando "signos del Diablo"
Antes de ser juzgadas, las acusadas pasaban por un examen donde se buscaban “signos del Diablo”. Estos signos eran generalmente lunares, por lo que pocas se libraban de ser acusadas formalmente. Si a eso añadimos que bastaba que otra persona afirmara que era bruja para ser enjuiciada y condenada, la situación se hizo insostenible para las acusadas. Y es que el pueblo pedía sangre, hasta el punto de que cuando el juez falló a favor de una anciana llamada Rebecca Nurse los asistentes estallaron en cólera, rompiendo los bancos del tribunal. El juez, amedrentado, corrigió el veredicto y la condenó a la horca. Poco después, el gobernador le concedió un indulto, pero ante el clamor popular lo retiró. Fue ahorcada el 19 de julio de 1602 en Gallows Hill, una colina cercana a Salem.

Tortura de Giles Corey
En total fueron ejecutadas en la horca 19 personas, además de dos perros (se creía que estos animales actuaban como vehículos del Diablo). A estas muertes hemos de añadir las personas que murieron en prisión o bajo tortura. Mención especial merece el caso de Giles Corey, esposo de la anteriormente mencionada Martha Corey. Fue acusado de brujería, pero se negó a prestar declaración y solicitar juicio, por lo que lo sometieron a una tortura conocida como “la tortuga”, consistente en ponerle piedras pesadas sobre el cuerpo. Cuando se le preguntaba si quería confesar el sólo pedía que pusieran más peso. Finalmente murió asfixiado tres días antes de que su esposa fuera ahorcada, pero su muerte sin haber sido enjuiciado sirvió para que sus hijos pudieran heredar sus propiedades.

El fin de la locura

Hacia octubre de 1692 comenzaron a alzarse voces contra los procesos que se estaban viviendo en Salem. Entre esas voces destacó la del presidente de la Universidad de Harvard, que denunciaba lo que se llamó “evidencia espectral”, es decir, la acusación y condena basándose solamente en sueños y visiones. Poco después, el gobernador de Massachusetts William Phips prohibió nuevos arrestos. Se eliminaron muchas actas de acusación, dejando en libertad sin cargos a los acusados. No obstante, se siguieron celebrando juicios hasta mayo de 1693, aunque la mayoría de los acusados fueron absueltos y a los que no lo fueron se les indultó.

Rebeca Nurse ante el tribunal
Posteriormente, muchas de las personas que acusaron a otras de ser brujas se desdijeron de sus palabras y afirmaron que habían mentido. Particularmente curioso fue el caso del reverendo Parris, cuya hija había iniciado todo el asunto. En los procesos contra vecinos de su parroquia se ponía de parte de los acusadores, al contrario que los reverendos de las parroquias vecinas, que defendían a sus feligreses que eran acusados. Fue acusado por los vecinos de Salem y él se defendió escribiendo el ensayo “Meditions for Peace”. Finalmente, ante lo insostenible de su situación, renunció a su cargo y abandonó el pueblo en 1696.

Museo de las brujas en Salem (actual Danvers)
Muchas causas se han barajado para explicar el fenómeno de histeria colectiva en Salem, desde las rivalidades entre familias hasta la ingestión del cornezuelo (un hongo de efectos alucinógenos que crece junto al centeno y que pudo pasar a la harina con la que se hacía el pan), pasando por la situación de opresión que vivía la mujer en esa época. Probablemente la explicación es una mezcla de todo ello. Hoy en día Salem se llama Danvers, y es un turístico destino dentro de Estados Unidos aprovechando el horror que se vivió durante más de un año allí. Cuenta con un “Museo de las Brujas”, donde el visitante puede conocer la historia. Si viajamos a la costa Este de los Estados Unidos, no debemos olvidar visitarlo y recordar a las víctimas de la intolerancia y el fanatismo.

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Jaime I, el rey de las dos cabezas

El rey aragonés Jaime I, llamado El Conquistador, instauró un curioso sistema para repoblar las tierras que iba haciendo suyas. Para ello, inventó una medida de superficie llamada la jobada, que consistía en la cantidad de tierra que podían arar dos bueyes en un día. A cada familia que venía a establecerse en las tierras conquistadas, le concedía tantas jobadas como miembros había en dicha familia. A este rey se le atribuye otra anécdota, muy probablemente falsa: fue el inventor de la palabra “caray”. Se cuenta que, estando sitiado en Valencia, tuvo el capricho de comerse unas cabezas de ajos tiernos. Los sirvientes salieron de las murallas para coger unos cuantos con los que servir al rey, pero los enemigos los descubrieron y los mataron. A todos menos a uno, que pudo regresar con una sola cabeza de ajos en sus manos. El rey, al verla, exclamó “car all” (caro ajo), que en algunos sitios se pronuncia “car ai”.

Estatua de Jaime I en Valencia
No será sin embargo por nada de esto por lo que se recuerde a este rey, sino por haber sido el que anexionó las Baleares y Valencia a la corona aragonesa e instaurado las bases para su posterior expansión mediterránea. Su reinado es bien conocido, pues tuvo la deferencia de hacer escribir un libro con los acontecimientos de su reinado (“Libro de los hechos del rey Jaime”). No vamos a entrar en este artículo a desgranar los pormenores y conquistas de su vida, sino en una serie de anécdotas y leyendas que jalonaron su vida, ya que algunas dan buena muestra de su carácter y su figura. Empezaremos por su insólita concepción y terminaremos por el increíble hecho de que en su sepulcro se encuentren dos cabezas.

La asombrosa concepción del futuro rey

Como en casi todos los matrimonios concertados, a la unión de los padres de Jaime I (Pedro II de Aragón y María de Montpellier) le faltaba amor. El rey sólo se había casado con María por su dinero y sus posesiones, pero realmente no podía soportar estar en la misma habitación que ella. La pareja apenas se veía, no dormían juntos y el rey había intentado repudiar a la reina sin éxito, ya que la solicitud de nulidad matrimonial siempre chocó con la negativa del Papa Inocencio III a concederla. Así pues, la nobleza andaba sumamente preocupada ante la falta de un heredero legítimo a la corona, y se puso a conspirar junto a la Iglesia y a la propia reina para poner remedio a la situación.

Pedro II de Aragón
El rey tenía múltiples amantes, pero no hacía ascos a alguna más. Así que estando en Lates, un rico hombre aragonés llamado Guillén de Alcalá rogó al rey que fuera a Miravals a encontrarse con una dama que atendería todos sus deseos. El rijoso Pedro no se lo pensó dos veces y allí se presentó. La alcoba a la que fue conducido estaba a oscuras y sobre la cama se adivinaba un bulto que el rey tomó por la dama complaciente que le habían referido. Después de una noche de (se supone) amor desenfrenado, el asombrado rey vio entrar en la cámara al amanecer un grupo de nobles y religiosos que imploraban su perdón. Su sorpresa y su ira crecieron cuando comprobó que la dama con la que había estado gozando toda la noche era su propia esposa. Fue la única noche que pasaron juntos.

Tríptico de marfil del siglo XV, representando el matrimonio de María de Montpellier (con la flor de lis) y Pedro II de Aragón (con las barras)
Sin embargo, esa única noche no pudo ser más provechosa: María quedó embarazada y 9 meses después (el 2 de febrero de 1208) nacía el que sería Jaime I. Es curioso también como fue elegido el nombre del niño. La reina encendió doce velas, cada una con el nombre de un apóstol, y la última en apagarse fue la de Santiago (el nombre equivalente a Jaime). Pero por muy milagroso que hubiera sido la concepción del bebé y la elección de su nombre, el padre no quería saber nada ni del niño ni de la madre (hasta el punto de que sufrió un intento de asesinato por parte de un sicario estando en la cuna) y no conoció a su hijo hasta que éste tuvo dos años. Poco después, Pedro entregó a Jaime a la tutela del señor de Montfort, más como un rehén que como un pupilo. Tuvo gracia que fuera este mismo señor de Montfort el que venciera y matara a Pedro II en la batalla de Muret de 1213, cuando el rey aragonés fue a auxiliar a los cátaros de su aliado el conde de Tolosa contra los católicos cruzados del Papa. Y más gracia aún tiene que un monarca que tenía el sobrenombre de “El Católico” muriera excomulgado y hereje.

Jaime I
Así pues, Jaime se vio a los cinco años huérfano (su madre también había muerto ese mismo año) y heredero de uno de los reinos más poderosos de la Península. Los nobles aragoneses reclamaron a Montfort el regreso de su rey, pero éste se negó hasta que una enérgica bula de Inocencio III en 1214 le convenció de que lo mejor sería devolver al niño a su patria. Jaime fue puesto bajo la custodia de los templarios en Monzón hasta que alcanzara la mayoría de edad. Comenzaba así el reinado de este rey que habría de conquistar las Baleares y Valencia y que puso las bases para la futura expansión de Aragón por el Mediterráneo.

La aparición de San Jorge

Se cuenta que, durante el asedio a Mallorca, unos quinientos infantes fueron los primeros en entrar en la plaza por una brecha en la muralla, pero iban a ser destrozados por la enérgica resistencia de los defensores musulmanes. Cuando la situación parecía desesperada, alguien exclamó el grito de guerra de Aragón: “¡San Jorge, San Jorge! ¡Hiere, hiere!”. Nada más oírse el grito, un caballero de brillante armadura montado en un caballo blanco apareció de la nada, derribó a cuantos sarracenos se le pusieron en el camino y desapareció tan rápidamente como había llegado. Nadie le conocía y nadie volvió a verlo después, así que los aragoneses se convencieron de que era San Jorge, que ya anteriormente les había hecho ganar muchas batallas.

San Jorge, en un grabado de Durero
Las similitudes de este episodio con el de la batalla de Clavijo, en el que el apóstol Santiago apareció en mitad de la lucha matando moros, son evidentes. Claro que no debemos extrañarnos si pensamos que Jaime I estuvo a punto de ser canonizado en el siglo XVII. Si nuestro rey no alcanzó la santidad fue porque el Papa de entonces tuvo que elegir entre hacer santo a Jaime I o al rey castellano Fernando III, y escogió a este último. En esos momentos sólo Francia tenía a un rey elevado a los altares (Luis IX, el que participó en la séptima y octava Cruzadas), de modo que la Santa Sede no tuvo más remedio que compensar a la muy católica monarquía española con otro rey santo. Sin embargo, dos reyes del mismo país en el santoral eran demasiados, de modo que Jaime I se quedó a las puertas de los altares.

La golondrina y el murciélago

Hay dos curiosos episodios en la vida de este rey relacionados con los animales. El primero tiene como protagonista a una golondrina. Estando el ejército de Jaime I acampado cerca de Burriana (ciudad que acababa de conquistar), una de estas aves hizo su nido en el palo central de la tienda del rey, puso allí sus huevos y al cabo de unos días nacieron los polluelos del ave. Cuando poco después el ejército del rey se disponía a marchar hacia Valencia, Jaime I se dio cuenta de que en lo alto de su tienda se encontraba el nido de la golondrina, así que ordenó a sus sirvientes que no desmontaran la tienda hasta que los polluelos hubiesen abandonado el nido.

Escudo de Valencia
Este episodio se parece mucho a otra leyenda relacionada con Jaime I en la que el protagonista animal es un murciélago. Al igual que en el caso anterior, un murciélago había hecho su nido en el palo central de la tienda del rey, que a la sazón se encontraba con su ejército en el arrabal de Ruzafa sitiando Valencia. Una noche, mientras el ejército dormía, se empezó a oír cómo alguien golpeaba un tambor. El rey se despertó y dio órdenes de extremar la vigilancia. Los guardias descubrieron que un ejército de los defensores estaba a punto de atacar el campamento, de modo que se ordenó zafarrancho general y tras la consiguiente batalla, los moros se retiraron con grandes pérdidas. El rey quiso premiar a quién le había alertado golpeando el tambor, y su sorpresa sería mayúscula al descubrir que había sido el murciélago que anidaba en su tienda, que se había dejado caer sobre dicho tambor con todas sus fuerzas hasta despertar al rey.

Escudo de Barcelona hasta 1882
Otra versión de esta leyenda asegura que el murciélago hizo el nido en el yelmo del rey, quien al ir a ponérselo al día siguiente descubrió dentro al animal y a su cría. Pensando que el murciélago era el símbolo de la precaución, ordenó avanzar con suma prudencia, descubriendo que los moros le estaban preparando una emboscada más adelante. Advertido del peligro, pudo desbaratarla causando graves pérdidas a los defensores de la ciudad. Sea o no verdadero el episodio (en cualquiera de sus versiones), lo cierto es que el murciélago es una figura heráldica frecuente en la corona de Aragón, así como en los escudos de Valencia y Palma de Mallorca (y en el de Barcelona hasta 1882).

Un esqueleto con dos cabezas

El 27 de julio de 1276 Jaime I murió en Alzira. Tal y como había dejado escrito, fue amortajado con los hábitos del Císter y, a la espera de poder ser enterrado en el monasterio de Poblet junto a su padre (tal y como había sido su deseo), se le sepultó en la Catedral de Valencia. Finalmente sus restos fueron trasladados a dicho monasterio en mayo de 1278. Sin embargo, su descanso iba a ser de todo menos tranquilo. En 1809, soldados napoleónicos profanaron las tumbas buscando oro y joyas. Poco después, en 1833, el monasterio volvió a ser saqueado durante la Primera Guerra Carlista. Y finalmente, en 1836, el monasterio fue abandonado debido a la desamortización de Mendizábal. Las tumbas fueron de nuevo saqueadas en busca de riquezas y los restos de los reyes de Aragón desperdigados por los suelos.

Monasterio de Poblet
El párroco de l'Espluga de Francolí se dedicó a ir recogiendo los restos y metiéndolos en sacos con más voluntad que acierto. Estos sacos quedaron olvidados hasta que en 1844 se creó la Comisión de Monumentos de la provincia de Tarragona, que entre otras cosas se encargó de recuperar los restos de los monarcas aragoneses y trasladarlos a la Catedral de Tarragona. Cuando llegó el turno de identificar a Jaime I, el método que se siguió fue el siguiente: como las crónicas decían que el monarca era “un palmo más alto que cualquiera”, se cogió el esqueleto más grande. Además estaba vestido con el hábito del Císter, así que la cosa estaba clara (al menos eso parecía). El problema era que dicho esqueleto estaba sin cabeza, así que se echó mano de nuevo a las crónicas, que decían que el rey había sufrido una herida de ballesta en la cara mientras sitiaba Valencia, de modo que se eligió un cráneo que ostentaba una gran cicatriz en la frente.

Sepulcros de los reyes de Aragón
Tras tan científica identificación, los restos de Jaime I fueron metidos en un sepulcro en la Catedral de Tarragona. Y allí se quedaron hasta que el monasterio de Poblet fue reconstruido y habitado de nuevo por monjes en 1940. En 1952 se decidió que los restos de los reyes de Aragón volvieran allí, y entonces es cuando se terminó de liar la cosa. Parece ser que el arqueólogo Salvador Vilaseca se dio cuenta de que la herida que presentaba el cráneo de Jaime I no cuadraba con la que había recibido, ya que al tener la frente protegida por un yelmo no podía tener una cicatriz tan escandalosa. De modo que se pusieron a buscar otro cráneo que presentara una cicatriz más acorde. Al final dieron con uno, pero los expertos no se atrevieron a sustituir el viejo cráneo por el nuevo, pues ambos eran probables. Así que se metieron ambos cráneos en el sepulcro, y hasta hoy el cuerpo de este rey presenta un esqueleto con dos cabezas. Como dice el proverbio, más vale que sobre que no que falte.

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