John Rykener, un transexual en el siglo XIV

Estamos en Londres; la fecha, el 18 de diciembre de 1395. Ese día compareció en juicio un hombre llamado John Britby. Unos días antes había sido sorprendido en Soper’s Lane (una calle del barrio de Cheapside, en la capital inglesa) teniendo sexo con una prostituta llamada Eleanor Rykener, entre las 8 y las 9 de la noche. Ambos fueron arrestados y encerrados en la cárcel de la ciudad a la espera de ser juzgados. Sin embargo, la acusación que pesaba sobre ellos no era la de fornicación o prostitución sino la de ejercer el “illud vitium detestabile, nephandum, et ignominiosum” (“vicio detestable, innombrable e ignominioso”); es decir, se les acusaba de sodomía y de mantener relaciones sexuales entre hombres.

Quema de sodomitas por la Inquisición
Y es que la tal Eleanor Rykener resultó ser un hombre llamado John que se vestía de mujer para ejercer la prostitución. Britby, creyendo que era una mujer, había contactado con ella y, después de acordar el precio, se habían retirado tras un puesto ambulante. Allí fueron sorprendidos por las autoridades y detenidos. Fue poco después cuando se descubrió el verdadero sexo de la prostituta, que en un interrogatorio contó lo que le había llevado a esa vida. En su declaración, el cliente Britby siempre negó saber que estaba con un hombre, y sostuvo que creía estar practicando sexo con una mujer. Las actas del juicio, en latín medieval y no en inglés medio (ya que el latín, a diferencia del inglés, es un idioma con género gramatical) aún se conservan y fueron descubiertas en 1995 por investigadores ingleses. Esta es la narración de la vida de John Rykener contada por él mismo.

La bordadora

La historia de cómo John Rykener llegó a ser la prostituta Eleanor comienza unos años antes, cuando encontró a una mujer llamada Elizabeth Brouderer (apellido que significa “bordadora”). Esta mujer puede ser identificada como Elizabeth Moring (en esa época era habitual que las personas adoptaran su oficio como apellido). No sabemos quién contactó con quién, pero el caso es que en poco tiempo Rykener se encontraba vestido de mujer, siendo llamada Eleanor y trabajando en su taller. Sin embargo, el negocio de Brouderer no se limitaba al bordado; parece ser que contactaba con jóvenes aprendices a las que luego prostituía. De hecho, una de las prostitutas a sus órdenes era su propia hija Alice.

Supuesto retrato de John Rykener
La llegada de Rykener abrió una nueva vía de negocio para la bordadora. La cosa era como sigue: Elizabeth Brouderer ofrecía a los clientes pasar la noche con Eleanor. Cuando alguno aceptaba, el cliente era llevado a una habitación a oscuras; sin embargo, en la cama no aguardaba Eleanor, sino que Alice, la hija de la bordadora, la sustituía. Una vez pasada la noche, Alice salía temprano de la habitación, y Elizabeth y Eleanor entraban en ella. Elizabeth revelaba la verdadera naturaleza masculina de Eleanor y chantajeaba al cliente, ya que la sodomía se castigaba más duramente que la fornicación. Los clientes, convencidos de que habían pasado la noche con un hombre, se avenían a pagar con tal de no ser denunciados.

Esta forma de chantaje redondeaba las ganancias de Brouderer, y además permitía que la reputación de su hija se mantuviera intacta (algo crucial para poder casarse luego) mientras que la mala fama recaía sobre Eleanor en su totalidad. De la declaración de Rykener ante el tribunal se desprende que esta Alice hacía todo esto por placer (“por el gusto de la lujuria”, dice textualmente la confesión) y no por dinero, aunque su madre sacara beneficio económico con ello. No obstante, y según se deduce de lo que se declaró a continuación, Eleanor no ejercía realmente todavía el oficio de la prostitución. Eso le fue enseñado poco después por una mujer llamada Anna.

A la manera de una mujer

Rykener debió pensar que, ya que tenía la mala fama de ser prostituta, lo mejor sería hacer honor a dicha fama y empezar a ganar dinero con ello. Fue así como conoció a una tal Anna, que le enseñó a tener relaciones con hombres “modo mulieri” (“a la manera de una mujer”, según se recoge en el acta del interrogatorio). Poco sabemos de esta Anna. En la declaración de Rykener se la describe como “meretrix quondam cuiusdam famuli domini Thome Blount” (“la meretriz de un antiguo sirviente de Sir Thomas Blount”). Esta frase puede significar tanto que esta mujer era una prostituta frecuentemente visitada por este sirviente como que ambos vivían amancebados. En cualquier caso, esta descripción da pie a una curiosa teoría que veremos al final.

Con estos conocimientos recién adquiridos, y viviendo aún con la bordadora, empezó a trabajar como prostituta. La declaración de Rykener recoge que un hombre llamado Philip, rector de Theydon Garnon, fue su primer cliente. No sabemos si por no estar satisfecha con el pago o por otra razón, Rykener se apropió de varios vestidos de Philip. Cuando éste exigió que se los devolviera, Rykener lo acalló afirmando que ella tenía un marido que la defendería en los tribunales. No sabemos cuánto tiempo más estuvo bajo el techo de Brouderer pero no debió ser mucho, ya que en la declaración se afirma que poco tiempo después se trasladó a Oxford.

Interrogatorio de John Rykener
En Oxford, Rykener trató de establecerse como bordadora (probablemente siguiendo el mismo negocio que Elizabeth Brouderer), a la vez que continuaba ejerciendo la prostitución. Según se relata en la declaración, Tuvo relaciones con al menos tres eruditos de la Universidad (incluso sus nombres aparecen reflejados: uno Sir William Foxlee, otro Sir John y el tercero Sir Walter), y según las actas mantuvo relaciones con los tres varias veces en un pantano (la palabra es textual de la declaración). Sin embargo, no debieron irle muy bien las cosas ya que a las cinco semanas se trasladó a la vecina localidad de Bunford.

Allí Rykener trabajó como tapster (un oficio a medio camino entre camarera y prostituta) en una taberna llamada “Swan”, propiedad de un tal John Clerk. En la declaración se afirma que mantuvo relaciones con al menos nueve hombres, aunque parece ser que sólo cuatro le pagaron. Desconocemos si no le pagaron porque Rykener estuvo con ellos por placer o porque le engañaron. En cualquier caso, hay varios detalles curiosos de esta etapa de su vida. Uno es que tres de esos hombres eran frailes (y de hecho uno de ellos, un franciscano, le pagó sus servicios con un anillo de oro) y los otros seis eran extranjeros. El otro detalle curioso es que la tarifa de Rykener no era fija, ya que variaba entre los 10 peniques y los dos chelines (24 peniques). En cualquier caso, su paso por Bunford también fue efímero, ya que estuvo allí sólo seis semanas.

De vuelta a Londres

Desde Bunford se trasladó a Beaconfield, una ciudad a medio camino entre Oxford y Londres. Fue en esta ciudad donde, según su propia declaración, mantuvo relaciones con dos frailes franciscanos “concubuerunt ut cum fémina” (“como una mujer”); pero lo más curioso es que también mantuvo relaciones como hombre con una mujer llamada Joan, hija de un tal John Matthew. Varios interrogantes se abren aquí: ¿Se acostaba Rykener con Joan como John o como Eleanor? ¿Y con los frailes? Sabemos que la expresión utilizada en la declaración (“como una mujer”) no significa que lo hiciera vestida como tal, sino que hacía los actos propios de las mujeres. Asimismo, desconocemos los detalles de sus encuentros con Joan, de modo que no sabemos qué tipo de relaciones tuvieron.

Situación de Soper's Lane (a la derecha de la imagen)
En cualquier caso, Rykener volvió a Londres y se dedicó a lo único que sabía hacer bien y que le podía dar ingresos: la prostitución. Detalla que prefería a los eclesiásticos porque pagaban más y mejor que los demás. Y hay un detalle revelador: Rykener cuenta que mantuvo relaciones “como hombre” con multitud de monjas y mujeres, tanto solteras como casadas. Además, a las mujeres no les cobraba, cosa que sí hacía con los hombres. En la declaración se narra que mantenía los encuentros con los clérigos en las cercanías de la Torre de Londres, en un callejón detrás de la Iglesia de Santa Catalina. En esa vida estaba cuando fue detenido junto a John Britby, tal y como se contó al principio. La declaración de Rykener acaba aquí y desconocemos el final de la historia. El hecho de haber sido juzgado por un tribunal civil y no eclesiástico nos permite ser optimistas sobre su destino, ya que lo más probable es que saliera libre con una multa (y no quemado en la hoguera, algo que habría sido su destino de caer en manos de un tribunal religioso).

No obstante, existen algunas evidencias indirectas de la suerte de nuestros personajes. Un John Britby era más tarde el vicario de una parroquia pobre y oscura de Yorkshire y un tal John Rykener, vendedor, escapó del obispo de la prisión de Stortford en Londres en 1399. No podemos saber que éstos son los mismos hombres, pero las fechas y los nombres sugieren que podrían ser ellos. Asimismo, William Foxlee, uno de los clientes de Rykener en Oxford, puede haber sido el capellán del Nuevo Colegio del que se tiene constancia algunos años más tarde. La gran incógnita es la identidad de Anna, la mujer que le enseñó cómo contentar a un hombre y de la que sólo sabemos que era una especie de concubina de un criado de Sir Thomas Blount, un importante hombre de la época. Y es justo esta identidad lo que ha dado lugar a otra teoría sobre este asunto.

¿Y si todo fue una sátira?

Como hemos visto, a Anna, la mujer que enseñó a Rykener a tener sexo “como si fuera una mujer”, se la describe como la “meretriz de un sirviente de Sir Thomas Blount”. Es curioso que en la frase aparezca el nombre del empleador y no del empleado, algo que sería más lógico. Sin embargo, el nombre que aparece (de forma gratuita) es de Blount. ¿Por qué? ¿Quién era Sir Thomas Blount? Este caballero formaba parte destacada del séquito del monarca inglés Ricardo II, un rey que en junio de 1392 había nombrado un gobernador para la ciudad sustituyendo al alcalde elegido por los ciudadanos. La excusa era que Londres estaba mal gobernada y había muchos problemas de orden público, aunque la verdadera razón era que el rey estaba furioso porque el Consejo Municipal se negaba a prestarle el dinero que quería. Algunos meses después, la ciudad y el rey se reconciliaron y se restauraron los fueros de la ciudad de forma condicional, de modo que el monarca se reservaba el derecho de abolirlos si se encontraba insatisfecho. Eso significaba que las solicitudes de dinero del rey debían ser cumplidas sin rechistar. Tras el arreglo, Ricardo II fue entronizado en una magnífica ceremonia que culminó con su coronación por un joven que representaba un ángel en la calle principal de Cheapside.

Ricardo II
Bajo esta luz, puede verse el caso de Rykener como una sátira contra el rey disfrazada de acta judicial. El recorrido de la prostituta es revelador. Bunford haría referencia a Sir Thomas Despenser, señor de la ciudad y uno de los favoritos del rey. Oxford podría aludir a Richard Robert de Vere, conde de Oxford y otro estrecho colaborador del monarca. Asimismo, las andanzas de Rykener en Londres se realizan dentro de los muros de la ciudad, donde estaba prohibida la prostitución, en lugar de en la zona de extramuros, donde sí se permitía; y es en estas andanzas donde es arrestado. El mensaje es claro: fuera de los muros de la ciudad Rykener actúa con impunidad, dentro es inmediatamente detenido. La buena gobernanza está dentro de Londres, la mala fuera. La guinda la pone la alusión a Blount. En la breve declaración judicial de Rykener pueden verse referencias a tres de los favoritos del rey, y por añadidura al rey mismo.

Y unas últimas pinceladas. El que la mujer que instruyera a Rykener se llamara Anna (un nombre inusual por entonces y asociado a las extranjeras) puede verse como una referencia a la difunta esposa del monarca (Anna de Bohemia). Y el nombre de Rykener, además de tener resonancias con los verbos del inglés medio que se utilizaban para expresar el significado de “contar historias”, puede verse como una alusión a Rick, diminutivo de Ricardo. Visto de este modo, la sátira es feroz, ya que las andanzas de Rykener pueden verse como una parodia del propio Ricardo II. En este sentido, el rey era conocido por su gusto por los favoritos masculinos, por no tener las inclinaciones guerreras de su padre (algo que se consideraba afeminado), y por su incapacidad para engendrar un heredero; en resumen, se le ve como alguien poco masculino. Lo mismo que Rykener, que se viste de mujer, asume una posición pasiva y tiene sexo con hombres como si fuese una fémina. Lo dicho: una sátira feroz, escrita en latín (idioma inusual para los documentos judiciales) y por tanto sólo accesible para los empleados del gobierno de la ciudad, que odiaban al rey.

"Castigo del sexo ilícito". Grabado medieval
Para terminar, tenemos que volver al principio. John Britby, el hombre arrestado junto a Rykener, acababa de volver de un viaje al oeste de Londres (parodia del viaje de Ricardo a York y luego de vuelta para suspender los fueros de la ciudad). El arresto se realizó en Cheapside (el mismo sitio donde Ricardo II fue coronado). Y finalmente ofrece dinero por sexo (al igual que Londres prestó dinero a Ricardo). El desenlace es que Britby y Rykener son finalmente castigados, quizá como expresión de los deseos de los londinenses de que Ricardo acabara pagando sus excesos contra la ciudad. Tal vez esta teoría sea peregrina, pero es lo bastante atractiva como para reseñarla aquí. Al fin y al cabo, a veces la verdad se esconde detrás de lo menos obvio.

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Corrigan, el hombre que se equivocó de dirección

Cuando a eso de las nueve y media de la mañana del 18 de julio de 1938 los empleados del aeropuerto Baldonnel de Dublín vieron aterrizar un destartalado avión en sus instalaciones, corrieron asombrados hacia él. De la cabina del aparato se bajó un hombre que, con acento americano, les dijo: “soy Douglas Corrigan, ¿dónde estoy?”. Los empleados le respondieron que en Irlanda, y el piloto no pudo ocultar una sonrisa de satisfacción. Acababa de cruzar el Océano Atlántico sin escalas, sobre un avión construido por sí mismo, y a pesar de que las autoridades aeronáuticas norteamericanas le habían denegado el permiso. Sin embargo, pronto disimuló su alegría y proclamó que no debía estar en Dublín, sino en Los Ángeles.

Corrigan y su avión
Y es que hasta el fin de sus días Corrigan sostuvo que había llegado a Irlanda porque se había equivocado de dirección. Y aunque las autoridades de aviación estadounidense no creyeron una sola palabra de su historia, pronto se convirtió en un héroe y su vuelo en una hazaña. El recibimiento que le dieron en Estados Unidos fue apoteósico, incluido un desfile por Nueva York. Pronto recibió ofertas para publicar una autobiografía e incluso se interpretó a sí mismo en una película sobre su vuelo, llamada “El irlandés volador”. A partir de ese vuelo se le conoció como “Wrong Way” (“Camino equivocado”), y su fama y fortuna no hicieron sino acrecentarse. Esta es la increíble historia del hombre que se equivocó de dirección.

Mecánico de Lindbergh

Douglas Corrigan nació en 1907 en Galveston, Texas. Pasó la infancia y la adolescencia dando tumbos debido al divorcio de sus padres, y como no era un buen estudiante, dejó la Secundaria para trabajar como obrero de la construcción. Por aquel entonces vivía en Los Ángeles junto a su madre y sus hermanos, y su ambición era poder convertirse algún día en arquitecto. Sin embargo, en octubre de 1925 el veneno de volar se le metió en las venas. Un domingo por la tarde, Corrigan pagó los dos dólares y medio que costaba un paseo en avión de 10 minutos sobre el aeropuerto de Los Ángeles. Tan entusiasmado estaba cuando bajó, que al domingo siguiente empezó a tomar lecciones de vuelo. Los fines de semana se los pasaba en el aeródromo, aprendiendo a volar y ayudando a los mecánicos. Cuando el 25 de marzo de 1926 realizó su primer vuelo en solitario, diría que fue el día más importante de su vida.

Douglas Corrigan
Cuando los dueños del aeródromo de Los Ángeles se trasladaron a San Diego y fundaron una fábrica de aviones (la Ryan Aeronautical Company), le ofrecieron a Corrigan un empleo como mecánico. Allí estaba cuando en febrero de 1927 la compañía recibió un telegrama de un tal Charles Lindbergh preguntando si podrían construir un aparato que pudiera cruzar el Atlántico. Los dueños de la compañía respondieron que podrían tenerlo en un plazo de dos meses y por un precio de 10.000 dólares. Lindbergh aceptó la oferta y la fábrica se puso manos a la obra. Corrigan fue uno de los mecánicos que construyeron el avión (sobre la base de un aparato Ryan M-2), y a él se debió el diseño y ensamblaje de las alas (tres metros más largas de lo normal) y la instalación de los depósitos de combustible y el panel de instrumentos.

Charles Lindbergh
Aunque Lindbergh era de Detroit y el aparato había sido construido en San Diego, los que financiaban el proyecto eran de St. Louis (Missouri), así que el avión fue bautizado como “Spirit of St. Louis”. El 20 de mayo de 1927, el aparato despegó de Nueva York y después de más de 33 horas y media de vuelo aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, en París. Lindbergh había sido el primer hombre en realizar un vuelo trasatlántico sin escalas, y como consecuencia se convirtió en una celebridad, a la Ryan Aeronautical Company le empezaron a llover los pedidos y en Douglas Corrigan empezó a crecer el irrefrenable deseo de emular la proeza.

Un primer intento frustrado

En octubre de 1928 la fábrica decidió trasladarse a St. Louis. Sin embargo, Corrigan decidió quedarse en la costa oeste y emplearse en la escuela de aviación Airtech. Durante los siguientes dos años aprovechaba el poco tiempo libre que tuvo para acumular horas de vuelo y sacarse el título de piloto de transporte, hasta que en 1930 se trasladó a Nueva York donde, junto a un amigo, fundó una compañía que ofrecía traslados de pasajeros entre pequeñas ciudades. No fue hasta 1933 que regresó a la costa oeste para trabajar de mecánico y se compró un viejo avión Curtiss Robin OX-5. Inmediatamente, empezó a trabajar en él para convertirlo en un aparato capaz de cruzar el Atlántico. Ya había decidido que su destino sería Dublín, en homenaje a sus orígenes irlandeses.

Construcción del "Spirit of Saint Louis"
En 1935 había modificado el avión lo suficiente como para intentar que le dieran permiso para realizar su proyecto. Sin embargo, un inspector federal de la Oficina de Comercio Aéreo sólo lo certificó para vuelos sobre tierra firme dentro del país. Corrigan fue haciendo modificaciones en el aparato intentando adaptarlo a las exigencias burocráticas que se le planteaban. En 1937 volvió a solicitar permiso para realizar el vuelo transoceánico, pero no era un buen momento: Amelia Earhart había desaparecido sobre el Pacífico pocos meses antes y ninguna autoridad parecía dispuesta a dar permisos para nuevas aventuras. Es más, en respuesta a su petición se le negó el certificado de vuelo a su avión. Ya no es que no pudiera volar sobre el Atlántico, es que no podía volar a ninguna parte.

El avión de Corrigan
Corrigan no tiró la toalla. Decidió que intentaría la aventura de todos modos (“No me iban a colgar por volar sin licencia”, escribió después) y planeó volar hasta Nueva York, aterrizar allí de noche cuando todos los controladores se hubiesen marchado a casa, llenar sus depósitos de combustible y despegar de nuevo hacia Irlanda antes de que pudieran detenerle. Sin embargo, la mala suerte se cebó con él. Durante todo el trayecto se encontró un tiempo infernal, y lo que iba a ser un vuelo de algo más de un día se convirtió en una epopeya que duró nueve (tardó dos días sólo en cruzar Texas). Cuando llegó a Nueva York era ya final de octubre y un vuelo hasta Irlanda era demasiado peligroso, incluso para alguien tan osado como Corrigan.

Corrigan saludando
De modo que repostó y regresó hasta Los Ángeles. El vuelo de vuelta tampoco fue fácil, ya que se le formó hielo en el carburador y el viento de cara hizo que no tuviera suficiente combustible. Aterrizó en el aeródromo Adams, del Valle de San Fernando, y allí las autoridades le inmovilizaron el avión. Lo único bueno que Corrigan sacó de aquel viaje frustrado fue haber bautizado a su aparato. Decidió llamarlo “Sunshine” (Rayo de Sol). Tal y como escribió en su autobiografía, “Siempre había considerado a mi avión como un pequeño rayo de sol, así que pinté ese nombre en el carenado”. El primer intento se había saldado con un fracaso, pero Corrigan no estaba dispuesto a rendirse.

La “equivocación”

Durante los seis meses que su avión permaneció en tierra de forma forzosa, Corrigan no se quedó cruzado de brazos. Estuvo volando en otros aviones a fin de seguir sumando horas de vuelo y reconstruyó el motor del “Sunshine”. Cuando terminó la suspensión, solicitó una nueva inspección y el inspector que examinó el avión dictaminó que estaba lo bastante bien para volar dentro del país. El 9 de julio de 1938, Corrigan consiguió un permiso para hacer un vuelo sin escalas desde Los Ángeles hasta el aeródromo Floyd Bennet de Nueva York. Después de un vuelo accidentado, donde tuvo que atravesar una tormenta de arena en Nuevo México y se vio obligado a terminar el viaje con las ventanillas de la cabina abiertas y la cabeza fuera por una fuga de combustible del depósito principal que hacía que todo oliera a gasolina, Corrigan aterrizó en Nueva York. Había volado 27 horas y sólo le quedaban 9 litros de combustible.

Autobiografía de Corrigan
Decidió no reparar el tanque, ya que eso le llevaría semanas, y el 16 de julio presentó un plan de vuelo para volver a Los Ángeles. Las autoridades no desconfiaron, ya que el único mapa que tenía era de los Estados Unidos y tenía la ruta de vuelta perfectamente marcada. Llenó los depósitos de combustible, y a las cuatro de la madrugada se encontraba listo para volar. El gerente del aeródromo le dijo que usara una pista que mirara al este y luego virara, ya que su oficina se encontraba al oeste y no quería ser despertado por el ruido de su avión. A las cinco y cuarto de la madrugada del 17 de julio, Corrigan despegó. Llevaba con él dos barras de chocolate, algunos frutos secos y una buena provisión de agua. Según dijo más tarde, había una niebla espesa y no pudo ver bien la brújula manual que portaba, así que no viró al oeste, sino que siguió volando hacia el este, hacia el Atlántico.

Aeródromo de Baldonnel, en Dublín
Cuando llevaba volando unas 10 horas, la fuga de combustible fue a peor y la cabina empezó a inundarse de gasolina. No podía repararla en pleno vuelo, y para evitar que el combustible llegara a los escapes e incendiara el aparato, hizo un agujero en el suelo con un destornillador para drenarla. Claro que todo esto no es muy coherente con su afirmación de que se dio cuenta de su error de orientación cuando llevaba 26 horas volando, pues si hubiera pensado que estaba sobrevolando tierra habría buscado un sitio donde aterrizar en lugar de drenar la fuga. En cualquier caso, tras 28 horas y 13 minutos de vuelo, Corrigan aterrizó en el aeródromo Baldonnel de Dublín y se produjo el diálogo con el que empezaba este artículo.

Las explicaciones de Corrigan

A Corrigan lo llevaron a la oficina de aduanas, ya que no sólo había volado a Irlanda sin permiso, sino también sin pasaporte. Llamaron al embajador americano Stephen Cudahy, que se reunió con él y le pidió explicaciones. Corrigan contó que el espacio en su avión era tan pequeño que sólo podía ver el suelo por las ventanillas laterales. Como su brújula principal estaba rota había usado una brújula manual, lo que añadido a la niebla y a la poca visibilidad en la cabina, le había hecho perder el rumbo. Cuando 26 horas después de partir las nubes de debajo de su avión se disiparon, pudo ver que volaba sobre el mar y sólo entonces se dio cuenta de que se había equivocado de dirección. Poco después avistó tierra y aterrizó.

Desfile de Corrigan en Nueva York
Cudahy no se creyó una sola palabra de lo que Corrigan le había contado. Además, las autoridades de aviación estadounidenses enviaron un telegrama detallando las normas que se habían infringido. A pesar de que el telégrafo cobraba por cada palabra transmitida, el telegrama en cuestión tenía ¡más de 600! Sin embargo, Corrigan recibió un leve castigo: la suspensión de la licencia de vuelo durante 14 días. Además, su vuelo pronto se convirtió en un acontecimiento, y la embajada americana se llenó de periodistas y fotógrafos (incluso fueron a verle Henry Ford y Howard Hughes).

Primera plana del "New York Post", con el titular
 al revés en homenaje a Corrigan
Al día siguiente visitó al Primer Ministro irlandés Eamon de Valera, que le pidió que contara otra vez su historia. Cuando llegó a la parte en que se equivocaba al leer la brújula, todos empezaron a reír. De Valera no sólo no presentó cargos contra él (“Ha llegado a este país sin ningún papel, y se irá sin ningún papel”), sino que además le agradeció haber puesto a Irlanda en el mapa. Poco después fue a Londres, donde fue recibido por el embajador Joseph Kennedy (el padre del que fuera luego Presidente de los Estados Unidos). Allí le comunicaron que su avión y él regresarían a Estados Unidos a bordo del buque “Manhattan”. El barco llegó a Nueva York el 4 de agosto, justo el día que terminaba la suspensión de su licencia de vuelo.


Cartel de "El irlandés volador"
Corrigan se había convertido en una celebridad. Su desfile por Broadway reunió a un millón de personas (más que el de Lindbergh, que un poco celoso restaba importancia a la hazaña de Corrigan). Su nombre y su proeza salieron en la prensa, y pronto se le apodó “Wrong Way” Corrigan (incluso esta expresión se utilizó durante mucho tiempo para referirse a errores espectaculares, sobre todo en el ámbito deportivo). Escribió una autobiografía (que constaba de sólo un capítulo, varias páginas de fotos y todo lo demás en blanco) y protagonizó en 1939 una película sobre su vuelo que se tituló “El irlandés volador”. Incluso se pusieron a la venta productos con su nombre, entre los que destacaba un reloj que giraba hacia el lado contrario. También se presentó a Senador en 1946, aunque obtuvo sólo el 2% de los votos. Después de ganar en esos años el equivalente al salario de 30 años de mecánico, se retiró de la aviación en 1950, compró una plantación de naranjas y allí vivió hasta su muerte en 1995. Y hasta sus últimos días siguió sosteniendo que todo lo que había pasado es que se había equivocado de dirección
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Esfacteria, cuando los espartanos se rindieron

Regresa con este escudo, o sobre él”. Esta frase atribuida a una madre espartana equipando a su hijo resume de forma extraordinaria la mentalidad de los espartanos en combate. Regresar sin el escudo equivalía a haber huido de la batalla (el escudo de los hoplitas griegos, llamado hoplon, era muy pesado, por lo que lo primero que hacían los que huían era desembarazarse de él), y regresar sobre él era igual que morir en la batalla de forma heroica (en caso de ser herido o morir, y siempre que se encontrasen cerca de su base, el escudo servía de camilla improvisada para transportar el cuerpo, pero esta práctica sólo se aplicaba a los que habían destacado en la lucha). Así pues, la frase que encabeza este artículo equivaldría a “vuelve victorioso o muerto”.

Batalla de Esfacteria
La rendición no era una opción a considerar por los espartanos, pues hacerlo equivalía al rechazo social de sus conciudadanos. Por eso se cree que ningún ejército de Esparta se rindió jamás; pero esa creencia es errónea. En el año 425 a.C., en la isla de Esfacteria, un ejército de hoplitas espartanos se rindió ante los atenienses en los primeros compases de la Guerra del Peloponeso. Y lo más llamativo de todo es que las tropas de Atenas estaban compuestas en su mayor parte por infantería ligera. De este modo, la Batalla de Esfacteria no sólo supuso la primera vez que los espartanos se rindieron, sino que también fue la primera vez que la infantería ligera griega logró vencer a la infantería pesada.

Las estrategias al comienzo de la Guerra del Peloponeso

En el año 431 a.C. estalló la Guerra del Peloponeso por la supremacía dentro del mundo helénico. Por una parte estaban Atenas y sus aliados, coaligados en la llamada Liga de Delos, y por otro Esparta y los suyos se unían en la llamada Liga del Peloponeso. Largos años de desencuentros y rivalidades entre estas dos ciudades desembocaban en una lucha a muerte en la que sólo podría quedar uno. Sin embargo, esta guerra supuso a la postre el fin del esplendor griego en el Mediterráneo. El conflicto devastó regiones enteras, se destruyeron ciudades por completo y marcó una etapa en la que las guerras civiles entre ciudades se convirtieron en algo cotidiano.

Muros de Atenas, uniendo la ciudad con el puerto de El Pireo
La estrategia de ambos bandos en esta primera fase de la guerra (llamada Guerra Arquidámica) era simple y se basaba en sus puntos fuertes. Esparta, sabedora de que su ejército no tenía rival, lanzaba continuas ofensivas en tierra. En sus incursiones en la región de Ática, saqueaban todo lo que podían, devastaban campos y tierras de cultivo y amenazaban a la propia ciudad de Atenas, mientras sus habitantes sólo podían contemplar desde detrás de sus muros cómo sus cosechas eran destruidas. Estas invasiones no duraban mucho, ya que los espartanos debían regresar a sus tierras para la cosecha y para controlar a los ilotas, sus esclavos. Además de usar esta táctica, Esparta se dedicaba a atizar el fuego de la rebelión en las ciudades aliadas de sus enemigos, confiando en que un levantamiento a gran escala debilitara a los atenienses.

Trirreme ateniense
Atenas por su parte, sabedora de que su ejército no era rival para los bien entrenados espartanos, se mantuvo a la defensiva en tierra y confió en su punto fuerte: la flota. Escuadras de barcos atenienses partían sin cesar atacando las costas del Peloponeso, controlando los conatos de rebelión en sus aliados y financiándose mediante el tributo de sus colonias. Continuó con el comercio, a la vez que debilitaba el de sus enemigos. No sufriendo mucho por las invasiones espartanas debido a su corta duración (la más larga apenas se prolongó por 40 días) y a la capacidad de abastecerse por mar, los atenienses confiaban en estrangular la economía de sus enemigos como forma de asegurarse la victoria.

La flota que se refugió de una tormenta

En la primavera del año 425 a.C., y fieles a su estrategia, los espartanos ayudaron a la ciudad siciliana de Mesina a rebelarse contra Atenas a la vez que sus tropas, al mando del rey Agis, invadían la región de Ática. Como ya hemos visto, los atenienses se refugiaron tras sus murallas sabedores de que no tendrían problemas para abastecerse gracias a su poderosa flota. A la vez, y para controlar el conato de rebelión en Sicilia y en la isla de Corcira (la actual Corfú), una escuadra de 40 naves atenienses partió hacia allí al mando de los generales Eurimedonte y Sófocles. A ellos se unió en el último momento el general Demóstenes.

Vista de Esfacteria desde el norte
Sin embargo, una tormenta obligó a esta flota a refugiarse en la bahía de Navarino. Esta bahía constituía un excelente puerto natural. Cerrada casi por completo (salvo dos pequeños canales) por la isla de Esfacteria, y situada a apenas 75 km. de Esparta, Demóstenes vio en el retraso una excelente oportunidad de establecer allí una base avanzada que le permitiera realizar incursiones en territorio enemigo y alentar posibles rebeliones de ilotas (los esclavos de los espartanos, que mantenían su economía). Así pues, ordenó la construcción de un fuerte en la acrópolis de la antigua ciudad de Pilos, un enclave abandonado que podía ser fácilmente abastecido por mar dado su proximidad a la costa.

Mapa de Pilos y Esfacteria
El resto de los comandantes consideraban esta acción una pérdida de tiempo y dinero, pero no se opusieron a ella. En apenas 6 días, los atenienses habían terminado las fortificaciones. La flota partió entonces hacia Corcira, dejando una guarnición en la fortaleza y cinco naves al mando de Demóstenes (a la que posteriormente se unieron otras dos más de su aliado Naupacto). Naturalmente, a los espartanos no les hizo mucha gracia que los atenienses ocuparan un enclave tan cerca de ellos, así que retiraron su ejército del Ática y enviaron a las tropas a desalojar a los atenienses de sus posiciones. Llamaron también a su flota (de unas 60 naves), que en ese momento se dirigía a Corcira, para apoyar la acción. Estaba a punto de comenzar un asalto anfibio, un tipo de maniobra extremadamente raro en la antigüedad.

El asalto espartano

El ejército espartano se basaba principalmente en los espartiatas, la élite de la ciudad entrenada desde su niñez para ser unos feroces guerreros, y en aquel momento su número era aproximadamente de unos 2.000 efectivos. El resto del ejército se componía de tropas aliadas e ilotas. Así pues, cada pérdida de uno de estos guerreros era irremplazable. De modo que para minimizar las pérdidas los espartanos optaron por una estrategia de bloqueo esperando que la falta de suministros hiciera que pronto los atenienses se rindieran. Colocó el grueso de su ejército frente a las fortificaciones atenienses, apostó la flota en los canales de acceso a la bahía para evitar que los barcos de Atenas escaparan y desembarcó una fuerza de 420 hoplitas, con sus respectivos ilotas, en la isla de Esfacteria para evitar que la fortaleza pudiera ser abastecida desde allí (de esos hoplitas, entre 120 y 180 eran espartiatas, según la fuente).

Batalla de Pilos: intento de desembarco espartano
Sin embargo, el ateniense Demóstenes se había adelantado a la acción y envió dos de sus barcos a avisar al resto de la flota de la situación. Los pocos hoplitas de los que disponía (unos 60) los colocó en el punto más débil de las fortificaciones, mientras que protegía el resto con marineros. Los espartanos pronto se cansaron de no hacer nada y comenzaron el asalto. Por tierra, los espartanos se lanzaron contra las fortificaciones, y por mar las naves se iban turnando para ir desembarcando tropas. El asalto por tierra comenzó el 25 de mayo y fue fácilmente repelido (las tropas de Esparta ni siquiera habían llevado escalas, y los atenienses habían realizado un buen trabajo en las fortificaciones); por mar, sin embargo, la defensa fue más difícil: los barcos espartanos lanzaban pasarelas por las que desembarcar a las tropas, por lo que los atenienses trataban de empujarlas mientras les lanzaban toda clase de proyectiles. Lograron repelerlos con gran dificultad.

Batalla de Pilos: la flota ateniense derrota a la espartana
Al tercer día de asedio, las tropas espartanas de tierra se retiraron a buscar madera con la que construir maquinaria de asedio, mientras la flota entraba en la bahía dejando los canales desguarnecidos. Fue entonces cuando la flota ateniense, que había dado media vuelta ante el aviso de Demóstenes, apareció. Los barcos espartanos fueron cogidos por sorpresa y toda la flota capturada o hundida. Las tropas espartanas de la isla de Esfacteria se encontraron entonces totalmente aisladas y sin posibilidad alguna de escapar o ser abastecidos, pues la victoriosa flota ateniense se desplegó para evitarlo. Los espartanos se encontraban en una situación desesperada.

La negociación

Esparta pidió una tregua y envió emisarios a Atenas, dejando en garantía lo que quedaba de su flota. Comenzó entonces una dura negociación. Los espartanos querían recuperar el contingente de la isla a toda costa debido a la escasez de hombres en su ejército, y para ello ofrecieron entregar a los atenienses 60 trirremes y acabar con las incursiones en el Ática a cambio de que las tropas atrapadas pudieran regresar a Esparta. Durante la tregua, los atenienses permitieron que se enviara a la isla una cantidad fija de alimentos y vino (curiosamente, a cada hoplita le correspondía el doble de lo que recibía un ilota).

Cleón de Atenas
La facción ateniense que encabezaba Cleón exigió a los espartanos que, además de los barcos, debían entregar los puertos de Megara y Trecén, así como la región de Acaya. En realidad, Cleón sólo buscaba hacer encallar las negociaciones para poder humillar a los espartanos capturando y matando a sus tropas de Esfacteria. Los emisarios espartanos no aceptaron las condiciones que se les ofrecían y abandonaron Atenas, y los atenienses se negaron a devolver las naves espartanas dejadas como garantía. Como el envío de comida a los sitiados se había interrumpido, los espartanos trataron de abastecerlos con la ayuda de nadadores.

Hoplita espartano
En realidad, los atenienses no estaban en mucha mejor posición que los espartanos. Los bosques de la isla de Esfacteria no permitían a los sitiadores saber cuántos ni dónde estaban situados los espartanos, por lo que no se atrevían a atacar. Además, tampoco les resultaba fácil abastecer la flota y la guarnición de Pilos, y la llegada del invierno amenazaba la presencia ateniense allí. Tras más de cincuenta días desde que los hoplitas espartanos quedaran atrapados en la isla, la situación estaba estancada. Fue entonces cuando un incendio fortuito (producido por un fuego de campamento mal apagado) quemó durante dos días gran parte de la vegetación de Esfacteria, dejando al descubierto la posición de los espartanos. Cuando la noticia llegó a Atenas, Cleón se jactó de rendir a las fuerzas sitiadas en menos de 20 días. Sus detractores le desafiaron a hacerlo. La batalla era inminente.

La batalla

Las fuerzas espartanas estaban divididas en tres contingentes. El grueso de sus tropas estaba en el centro de la isla, custodiando un pozo salobre que era la única fuente de agua, y el resto se encontraba en dos puestos avanzados, uno a cada extremo, vigilando los movimientos de los atenienses a través de los canales. En total eran 420 hoplitas y 400 ilotas, que luchaban como infantería ligera. Las fuerzas atenienses ascendían a unos 800 hoplitas, unos 2.000 hombres de infantería ligera (entre arqueros, honderos y peltastas) y unos 7.000 remeros. A esta fuerza había que añadir otros 800 soldados mesenios que buscaban liberar su región de los espartanos. La ventaja numérica era ateniense, pero las fuerzas espartanas eran consideradas las mejores de Grecia.

Esfacteria; fases de la batalla
El 10 de agosto, antes del alba, el primer desembarco tuvo lugar al sur de la isla. Los atenienses tomaron el puesto avanzado espartano por sorpresa y acabaron con todos. Poco después, el grueso de las tropas atenienses desembarcó en el centro de la isla, encontrándose la falange espartana ya formada y dispuesta a luchar. Las tropas ligeras atenienses tomaron los puntos elevados a ambos lados de la falange, masacrando a los espartanos con flechas, jabalinas y proyectiles de honda e impidiendo que salieran a luchar contra los hoplitas atenienses (que se mantuvieron quietos durante toda la batalla). El incesante bombardeo acabó con la vida del general espartano Epitadas, así que el resto de las tropas decidieron replegarse hacia el norte, a las ruinas de un fuerte abandonado, sin dejar de ser acosados por las tropas ligeras atenienses.

Batalla de Esfacteria: las tropas ligeras acosan a los hoplitas espartanos
Teniendo en cuenta que el número de proyectiles lanzados era muy elevado, las bajas espartanas eran pocas. Sin embargo, estaban en una posición desesperada. Rodeados, sin agua ni comida, pero con la protección de un barranco tras ellos, los espartanos decidieron permanecer y resistir allí. Fue entonces cuando las tropas mesenias ascendieron el barranco a través de un pequeño sendero y terminaron de rodear a las tropas espartanas por todas partes. Los generales atenienses no querían una masacre, de modo que hicieron una oferta de rendición. El comandante espartano no quería tener la responsabilidad de la decisión, por lo que pidió enviar un emisario a Esparta para pedir instrucciones. La respuesta de la ciudad no tardó en llegar: “Esparta os ordena que toméis vuestra propia decisión, siempre que sea honorable”. La decisión que tomaron en común fue tirar sus armas y rendirse. Nunca antes ningún ejército espartano había hecho algo así, pues siempre habían preferido la muerte antes que el deshonor. Tras cincuenta días en la isla (de los que sólo veinte recibieron alimentos) y un total de 128 bajas (los atenienses tuvieron menos de 50), un ejército espartano se rendía por primera vez en la historia.

Batalla de Esfacteria: última posición espartana
El impacto de la noticia en las ciudades griegas fue inmenso. Se había roto el mito de la invencibilidad de las tropas espartanas. También se había demostrado que con tropas ligeras, fáciles y baratas de equipar, podía derrotarse a tropas más pesadas basándose en la versatilidad y la movilidad. Los 292 supervivientes espartanos fueron llevados a Atenas, donde sufrieron la vergüenza de haberse rendido hasta el año 421 a.C. en que se acordó la Paz de Nicias. Cuentan que uno de los espartanos fue preguntado por los atenienses si creía que sus compañeros muertos en la batalla eran más valientes, a lo que contestó: “Mucho sería de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines”. Fue el único consuelo que les quedó, haber sido derrotados por enemigos que atacaban a distancia con piedras y flechas, no cuerpo a cuerpo.

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Las brujas de Salem

Entre febrero de 1692 y mayo de 1693 se desató un periodo de histeria colectiva en algunos condados de Massachusetts, en la costa este de Estados Unidos. Entre 150 y 200 personas fueron detenidas y encarceladas bajo la acusación de brujería (aunque el número puede haber sido mayor si contamos las detenciones que no fueron seguidas de acusaciones formales), en una loca espiral de rumores, paranoia y fanatismo religioso. El resultado final fue que catorce mujeres, cinco hombres y dos perros fueron ejecutados en la horca (y no en la hoguera, como erróneamente se cree) bajo la condena de tener tratos con el Diablo; además, al menos otras cinco personas murieron en la cárcel esperando ser juzgadas o en las torturas que sufrieron para arrancarles una confesión.

Uno de los juicios de Salem
El episodio ha servido posteriormente de inspiración a numerosas obras literarias, entre las que destaca poderosamente la obra de teatro “The crucible” (traducido al español como “Las brujas de Salem”) de Arthur Miller, quien utilizó lo ocurrido en esta localidad como metáfora de la llamada “Caza de brujas” que se desató en Estados Unidos en los años 50 del siglo XX, auspiciada por el senador Joseph McCarthy. En cualquier caso, lo que pasó en esta pequeña ciudad del este de Estados Unidos es una muestra de los peligros que el fanatismo religioso conlleva, y que tanto sufrimiento ha causado a la Humanidad a lo largo de su historia.

Los puritanos

No podemos entender qué pasó realmente en Salem sin hacer una breve reseña de quienes eran los puritanos. Los primeros 102 miembros de esta comunidad religiosa llegaron a América el 11 de noviembre de 1620 a bordo del barco Mayflower, procedentes de Inglaterra. La razón del viaje de estas personas era la discriminación que sufrían por parte de los anglicanos. El puritanismo se basaba en las creencias calvinistas (que aplicaban con un intenso fervor) y creían que el anglicanismo no era lo bastante radical. Consideraban que la iglesia Anglicana no había terminado de romper del todo con Roma y la acusaba de estar demasiado cerca del poder (cosa cierta, por otra parte), preocupándose más de hacer política que de procurar la salvación de las almas de sus feligreses.

El Mayflower
Fue así como desembarcaron en Nueva Inglaterra llevando consigo todas sus supersticiones y su fe total y absoluta en Dios. Estaban convencidos de que cualquier fenómeno natural inexplicable para ellos era un castigo divino (sin duda impuesto por sus pecados) y que cualquier enfermedad o dolencia que no pudiera ser sanada con ungüentos, sopa caliente y oración era producida por el Diablo. Su fe en que Dios lo dirigía todo se plasmaba en su constante cita de la Biblia a la menor ocasión. La crónica de un viajero de la época narra como “nunca completan un trato, o hacen una broma, sin un texto de las Escrituras al final”.

Puritanos
Un detalle importante es el papel de la mujer en su sociedad. No sólo estaban en un estado de completa sumisión al hombre, sino que también se consideraba que eran débiles de cuerpo y espíritu, hasta el punto de que llegó a celebrarse un concilio para debatir si tenían alma. Vivían totalmente entregadas a las labores domésticas y al cuidado de los hijos. Esta creencia tenía una doble vertiente; por un lado, se creía que eran las víctimas perfectas para los ataques del Diablo, y por otro se consideraba que cualquier mujer cuya conducta se saliera de lo que se consideraba normal era muy probablemente una bruja con poderes sobrenaturales, presta a hacer daño a la comunidad.

Samuel Parris
Este era el ambiente que se vivía en Salem, una ciudad de puritanos fundada en 1626 por Roger Conant. El fanatismo religioso, la creencia de que el Maligno les acechaba, y el constante miedo a los ataques de las fieras salvajes y los nativos constituían el caldo de cultivo perfecto para que se desatara la histeria colectiva al menor chispazo. A estos antecedentes hemos de añadir que el reverendo de la comunidad, Samuel Parris, había sido nombrado en un intento de tener en la comunidad un ministro permanente, ya que los tres anteriores se habían marchado al tener problemas para cobrar su sueldo de los habitantes del pueblo. Estos problemas se repetirían con Parris, lo que quizá explique su actitud en los juicios que siguieron.

El comienzo

El reverendo Parris tenía tres hijas y una sobrina a su cargo. Para cuidar de ellas contaba con una esclava procedente de Barbados llamada Tituba, que además entretenía a las niñas con cuentos de vudú y leyendas de su tierra. El 20 de enero de 1692, Elizabeth Parris (una de las hijas del reverendo) y su prima Abigail Williams empezaron a mostrar extraños síntomas: tenían convulsiones, fiebre alta y gritaban extrañas incoherencias que nadie entendía. Pronto otras cinco niñas empezaron a tener los mismos síntomas, a los que algunas añadieron que sentían mordeduras y picaduras en la piel. Unos días más tarde, la hija de Parris, ante una regañina de su padre, lanzó una Biblia al suelo y empezó a proferir todo tipo de blasfemias mientras saltaba de un lado a otro. El resto de las niñas comenzaron a imitarla. Preocupados, los habitantes de Salem llevaron a las niñas a un médico (tradicionalmente identificado como el doctor Griggs), quien no sabiendo qué les pasaba, sugirió que todo podía ser un caso de posesión demoniaca.

Grabado que representa a Tituba
El reverendo Parris se convenció inmediatamente de que esa era la causa, ya que los síntomas de las niñas eran muy similares a los sufridos por otras de Boston y que estaban recogidos en un libro que había llevado consigo titulado “Providencias Memorables Relacionadas con Brujerías y Posesiones” (de resultas de ese caso una lavandera llamada Ann Glover, también conocida como "Goody Glover", y que trabajaba para la familia, fue acusada, condenada y ejecutada por brujería). Las niñas fueron presionadas para señalar a las causantes de sus males, y Elizabeth Parris señaló a la esclava Tituba, a Sarah Osborne y a Sarah Good. Osborne era una mujer adinerada que no había asistido a la iglesia en tres años debido a una enfermedad y a su afición al alcohol, y que estaba en pleitos con otra rica familia de Salem, los Putnam (casualmente, muchos de los acusados posteriormente mantenían disputas con esa familia), y Good era una indigente y marginada social que estaba embarazada en el momento de su arresto. Las otras niñas corroboraron la acusación.

Placa en honor de Sarah Good en Salem
Tituba confesó ser culpable de los cargos, pero que era una víctima más de Osborne y Good. Declaró que había volado por el aire a su antojo, que era una bruja, aunque había sido engañada por las otras dos acusadas. Según parece, su confesión buscaba desviar la atención y que no se acusara a su marido John Indian, que había sido obligado por otra vecina de Salem a hacer un pastel con harina de centeno y orina de las afectadas (algo que se conocía como “pastel de brujas”) para averiguar el origen de sus males, siguiendo la magia tradicional inglesa. Esta confesión hizo que se desatara la histeria colectiva, y durante el año siguiente la locura se adueñó de esta localidad. Además, sirvió para que Tituba fuera condenada a prisión y no a muerte, como sí lo fueron Osborne y Good (aunque Osborne murió en prisión antes de ser ahorcada).

La espiral de histeria

Pocos días después, las niñas acusaron también a Martha Corey, una intachable anciana cuyo único pecado era afirmar que las "afligidas" (como se conocía a las personas afectadas por una posesión) mentían y que no había posesión demoníaca alguna. Se desató entonces una espiral de acusaciones entre vecinos. Todos vigilaban a todos y cualquier palabra precipitada podía ser el detonante de una acusación de brujería. Las mujeres acudían a los oficios con un capuchón para no ser reconocidas. Además, cuando alguien era arrestado podía buscar no ser condenado a muerte afirmando que era una víctima más y acusando a otra persona de ser bruja, lo que elevó la paranoia hacia límites increíbles; subió hasta el punto de que llegó a arrestarse a la hija de cuatro años de Sarah Good acusándola también de ser una bruja. Las acusaciones y los arrestos se hicieron masivos, y algunos vecinos aprovechaban la situación para señalar a otros con los que mantenían rencillas personales.

Arresto de una mujer en Salem acusada de brujería
Algunos hombres fueron también acusados bajo el delito de ser “jefes de brujas”. Uno de los casos más llamativos fue el del antiguo reverendo de Salem George Burroughs, desposeído de su cargo dos años atrás después de denunciar a la comunidad por no pagarle el sueldo. Una de las niñas le acusó de entrar una noche en su habitación, escribir su nombre en un libro y después morderla en la espalda. A pesar de que la noche en que la niña dijo que pasó todo Burroughs estaba en otra ciudad bastante alejada de Salem, fue condenado y ahorcado por brujo. Fue el único reverendo de la historia de Estados Unidos en ser ejecutado.

Examen de una acusada buscando "signos del Diablo"
Antes de ser juzgadas, las acusadas pasaban por un examen donde se buscaban “signos del Diablo”. Estos signos eran generalmente lunares, por lo que pocas se libraban de ser acusadas formalmente. Si a eso añadimos que bastaba que otra persona afirmara que era bruja para ser enjuiciada y condenada, la situación se hizo insostenible para las acusadas. Y es que el pueblo pedía sangre, hasta el punto de que cuando el juez falló a favor de una anciana llamada Rebecca Nurse los asistentes estallaron en cólera, rompiendo los bancos del tribunal. El juez, amedrentado, corrigió el veredicto y la condenó a la horca. Poco después, el gobernador le concedió un indulto, pero ante el clamor popular lo retiró. Fue ahorcada el 19 de julio de 1602 en Gallows Hill, una colina cercana a Salem.

Tortura de Giles Corey
En total fueron ejecutadas en la horca 19 personas, además de dos perros (se creía que estos animales actuaban como vehículos del Diablo). A estas muertes hemos de añadir las personas que murieron en prisión o bajo tortura. Mención especial merece el caso de Giles Corey, esposo de la anteriormente mencionada Martha Corey. Fue acusado de brujería, pero se negó a prestar declaración y solicitar juicio, por lo que lo sometieron a una tortura conocida como “la tortuga”, consistente en ponerle piedras pesadas sobre el cuerpo. Cuando se le preguntaba si quería confesar el sólo pedía que pusieran más peso. Finalmente murió asfixiado tres días antes de que su esposa fuera ahorcada, pero su muerte sin haber sido enjuiciado sirvió para que sus hijos pudieran heredar sus propiedades.

El fin de la locura

Hacia octubre de 1692 comenzaron a alzarse voces contra los procesos que se estaban viviendo en Salem. Entre esas voces destacó la del presidente de la Universidad de Harvard, que denunciaba lo que se llamó “evidencia espectral”, es decir, la acusación y condena basándose solamente en sueños y visiones. Poco después, el gobernador de Massachusetts William Phips prohibió nuevos arrestos. Se eliminaron muchas actas de acusación, dejando en libertad sin cargos a los acusados. No obstante, se siguieron celebrando juicios hasta mayo de 1693, aunque la mayoría de los acusados fueron absueltos y a los que no lo fueron se les indultó.

Rebeca Nurse ante el tribunal
Posteriormente, muchas de las personas que acusaron a otras de ser brujas se desdijeron de sus palabras y afirmaron que habían mentido. Particularmente curioso fue el caso del reverendo Parris, cuya hija había iniciado todo el asunto. En los procesos contra vecinos de su parroquia se ponía de parte de los acusadores, al contrario que los reverendos de las parroquias vecinas, que defendían a sus feligreses que eran acusados. Fue acusado por los vecinos de Salem y él se defendió escribiendo el ensayo “Meditions for Peace”. Finalmente, ante lo insostenible de su situación, renunció a su cargo y abandonó el pueblo en 1696.

Museo de las brujas en Salem (actual Danvers)
Muchas causas se han barajado para explicar el fenómeno de histeria colectiva en Salem, desde las rivalidades entre familias hasta la ingestión del cornezuelo (un hongo de efectos alucinógenos que crece junto al centeno y que pudo pasar a la harina con la que se hacía el pan), pasando por la situación de opresión que vivía la mujer en esa época. Probablemente la explicación es una mezcla de todo ello. Hoy en día Salem se llama Danvers, y es un turístico destino dentro de Estados Unidos aprovechando el horror que se vivió durante más de un año allí. Cuenta con un “Museo de las Brujas”, donde el visitante puede conocer la historia. Si viajamos a la costa Este de los Estados Unidos, no debemos olvidar visitarlo y recordar a las víctimas de la intolerancia y el fanatismo.

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