¿A quién se le ocurre morirse así? Cuarta parte

Cuarta y última entrega sobre muertes extrañas, estúpidas o absurdas. En las tres entregas anteriores repasamos algunas ocurridas a personajes de la Edad Antigua, la Edad Media y la Edad Moderna. Es el turno de la Edad Contemporánea, una época donde generalmente todo está mucho mejor documentado, y quizá por eso se conocen más muertes de este tipo. He reseñado aquí las que me han parecido más interesantes, sin perjuicio de que los lectores tengan otras que contar. Pasen y vean.


Isabel de Braganza, la reina que murió por morir antes

Hija primogénita del rey Juan VI de Portugal, fue la segunda esposa del rey de España Fernando VII, con quien se casó en el año 1816. El matrimonio obedecía a una cuestión de Estado: consolidar las relaciones que existían entre ambos reinos. Fue uno de los muchos matrimonios consanguíneos que se dieron en todas las monarquías europeas, ya que los contrayentes eran tío y sobrina. Pero parece que esa circunstancia no arredró al fogoso Fernando, famoso por su lujuria.

Esta reina destacaba por su cultura y su gran amor a las artes. De ella fue la idea de reunir las obras de arte que se habían ido acumulando en el tiempo por los monarcas españoles en un museo real. Dicho museo fue el germen del futuro Museo del Prado. Pero también destacaba por ser una mujer de embarazos y partos difíciles. En 1817, después de un complicado embarazo, había dado a luz una niña que murió a los 4 meses; así que su salud se encontraba muy afectada cuando se quedó nuevamente embarazada poco después. Pocos apostaban porque el embarazo llegara a buen término, pero contra todo pronóstico la reina aguantó y el 26 de diciembre de 1818 se puso de parto.

Isabel de Braganza
Y como era de esperar, fue un parto difícil y laborioso. En el trascurso del alumbramiento, la reina perdió el conocimiento, y los médicos que la atendían creyeron que aquello no era un simple desvanecimiento, sino que había pasado a mejor vida. Así que decidieron hacerle una cesárea urgente con el fin de salvar la vida del niño. Lo que ocurrió después fue una carnicería; la reina, que en realidad no estaba muerta, al sentir que le abrían las carnes, se despertó y empezó a gritar “estoy viva, estoy viva”. Los médicos, después de casi morirse del susto, intentaron arreglar el desaguisado, pero ya era tarde.

Isabel murió poco después, y tampoco se pudo salvar al hijo que llevaba en su seno. La reina que murió dos veces se encuentra enterrada en el panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial, y no en el Panteón de los Reyes, ya que éste tradicionalmente ha quedado reservado a las reinas consortes que han sido madres de rey.

Frank Hayes, el jockey que ganó una carrera después de muerto

En 1923, Frank Hayes era un mozo de cuadra de 35 años que trabajaba en el hipódromo neoyorkino de Belmont Park. Su sueño siempre había sido ser jockey, pero no había pasado de montar a los caballos en los entrenamientos (salvo en una ocasión en que había podido disputar una carrera, sin mucho éxito). Lo malo es que 35 años ya es una edad avanzada para empezar a ser jockey, y Hayes lo sabía, así que tenía que convencer a alguien cuanto antes de que le permitiera montar. Naturalmente, ningún entrenador ni propietario de caballos quería darle dicha oportunidad, en parte por la edad y en parte por la inexperiencia.

Sin embargo, consiguió convencer a la señorita Frayling de que le permitiera montar a su yegua Sweet Kiss (Dulce beso) en una carrera que tendría que celebrarse el 4 de junio. Frayling pensó que, de todas formas, su yegua tenía pocas posibilidades de ganar la carrera, así que poco importaba que la montara un jockey viejo e inexperto. La carrera se disputaría sobre dos millas y en su recorrido los caballos se encontrarían con 12 obstáculos. Durante las semanas anteriores a la competición, Hayes se sometió a una estricta dieta para perder peso y a un duro programa de entrenamientos. Pero el esfuerzo mereció la pena, ya que el 4 de junio, Hayes y Sweet Kiss se encontraban en la línea de salida, aunque hay que decir que poca gente confiaba en el tándem, pues las apuestas estaban 20 a 1 en su contra.

Frank Hayes
Comenzó la carrera, y sorprendentemente Hayes se puso en cabeza. Mantuvo una holgada ventaja de dos cuerpos durante la primera milla. Fue entonces cuando el favorito se empezó a acercar a él. Durante toda la segunda mitad del recorrido, ambos caballos cabalgaron emparejados, ya que el favorito corría más en terreno liso pero Sweet Kiss recuperaba terreno en los saltos. La recta final fue muy emocionante, y finalmente Hayes y su yegua ganaron por el exiguo margen de una cabeza.

La alegría de la dueña de la yegua fue inmensa y corrió a felicitar al jockey. Pero algo raro pasaba; Hayes no estaba erguido sino recostado sobre la silla, y no se movía. Cuando llegaron hasta él, comprobaron que estaba muerto. Parece ser que sufrió un ataque al corazón en el trascurso de la carrera fruto de los esfuerzos para prepararse y de la emoción de ir en cabeza. Hayes se convirtió así en el único jockey en ganar una carrera después de muerto. En cuanto a la yegua, nadie más quiso montarla, y de hecho acabó siendo conocida con el apodo de Sweet Kiss of Death (El dulce beso de la muerte).

Efecto dominó mortal

En 1988 sucedió en Buenos Aires, la capital de Argentina, una de esas extrañas casualidades que a veces se dan en la vida. Un cúmulo de circunstancias encadenadas hizo que se sucedieran algunas muertes en cadena. Dio mucho que hablar en su momento, y aunque no está involucrado ningún personaje histórico, el suceso es lo bastante interesante como para que lo reseñemos aquí.

Todo empezó cuando la familia Montoya se marchó de vacaciones. No sabemos si porque el sitio donde iban no admitía mascotas o porque sencillamente no querían llevárselo, se dejaron en casa a su perrito pequinés, de nombre Sparky. Un vecino se encargaría de llevarle comida regularmente y, supongo, sacarlo a pasear de vez en cuando para que pudiera aliviarse. El problema era que los Montoya vivían en la decimotercera planta de un edificio, y parece ser que el vecino que cuidaba a Sparky se dejó abierta la puerta del balcón.

Perro pequinés, parecido a Sparky
El pequinés, siempre curioso y quizá aburrido de estar solo, decidió asomarse al balcón. Estando asomado viendo lo que pasaba trece pisos más abajo, perdió el equilibrio, y debido a su pequeño tamaño se coló entre los barrotes del balcón y cayó al vacío. Fue entonces cuando empezó el efecto dominó. Porque la casualidad o la mala suerte hicieron que cayera sobre la cabeza de una anciana de 75 años, que murió en el acto.

Como es habitual en estos casos, el ruido de la caída y los gritos de los que estaban alrededor empezaron a congregar a una pequeña multitud de gente alrededor, algunos intentando auxiliar y otros, sencillamente, atraídos por el morbo de la escena. Una de las personas que se acercó al lugar fue Edith Solá, de 46 años, que se encontraba en la acera opuesta de la calle cuando todo sucedió. Quiso aproximarse al lugar de los hechos, pero lo hizo sin mirar a ambos lados de la calle antes de cruzar… y sucedió lo que tenía que suceder: un coche la atropelló.

Pero la cosa no acaba aquí. Varias personas se desmayaron al ver lo sucedido. Uno de ellos fue un anciano, cuyo corazón no pudo soportar la visión y falleció de un infarto camino del hospital. Fue el tercer muerto. El caos inundó la calle. Afortunadamente no hubo que lamentar más muertes, aunque 3 en un rato es una cifra bastante elevada. Uno de los testigos, quizá exageradamente, afirmó “parecía un atentado, había cadáveres por todos lados”. Y todo porque los Montoya no se llevaron a Sparky de vacaciones.

Félix Faure, una muerte de lo más embarazosa

A este Presidente de la República Francesa entre los años 1895 y 1899 no se le recordará por haber hecho fortuna después de trabajar humildemente como curtidor y mercader. Ni por haber sido nombrado secretario de colonias en dos ocasiones y en dos gobiernos distintos. Ni por haber ostentado el cargo de ministro de Marina. Ni por haber sido sorprendentemente elegido Presidente de la República tras aunar tras de sí a la derecha y a los moderados (más teniendo en cuenta que él se proclamaba de izquierdas). Ni por haber reforzado la alianza franco-rusa. Ni por haber concedido la amnistía a los anarquistas. Ni siquiera por haberse conquistado Madagascar durante su mandato. No, a François Félix Faure se le recordará por dos cosas: el vergonzoso caso Dreyfuss y, sobre todo, por las no menos vergonzosas circunstancias de su muerte.

Faure era un hombre coqueto, que acostumbraba a cambiarse de ropa varias veces al día y que incluso llegó a proponer (sin éxito) la creación de un pomposo uniforme para sí mismo (se cuenta que se le llamaba “el Presidente Sol”, en un evidente paralelismo a Luis XIV). Y también era un hombre atractivo y mujeriego. Coleccionaba amantes, pero su relación más duradera fue con Marguerite Steinheil, casada con el pintor Adolphe Steinheil, quien consentía la relación a cambio de encargos oficiales (de hecho, varias de sus obras aún pueden verse en edificios públicos de París). No obstante, a la señora no le gustaba ser tildada de amante del Presidente, así que se definía como “consejera” que acudía todos los días a “despachar” con Faure.

Félix Faure
Y como todos los días, el 16 de febrero de 1899 acudió al Palacio del Elíseo a “despachar” con él. Sus encuentros solían hacerse en el Salón Azul, una discreta estancia en la planta baja a la que se entraba directamente desde los jardines. Para avisar que la dama estaba allí, un bedel debía hacer sonar una campanilla. Sin embargo, ese día la campanilla sonó no cuando estaba Marguerite, sino cuando estaba en ella el arzobispo de París. Ajeno al error, Faure se tomó su habitual pastilla excitante (algo parecido a la actual Viagra, pero más tóxica). Cuando entró en la sala, no tuvo más remedio que atender al arzobispo y después también al Príncipe de Mónaco. Cuando finalmente se presentó la señora, Faure se tomó otra pastilla, pues los efectos de la anterior parecían haber pasado.

Unos minutos después, empezaron a oírse gritos. Cuando el personal entró en la sala, vieron a Faure sufriendo un ataque de apoplejía mientras agarraba el cabello de su amante, que hasta hacía un instante le estaba practicando una felación. Los asistentes tuvieron que cortar el mechón de pelo de Marguerite para que pudiera liberarse y salir de allí, presa de un ataque de histeria. Faure seguía vivo, pero murió pocas horas después.

Las circunstancias de la muerte de Faure pronto se hicieron del dominio público, y empezaron a circular bromas y chistes sobre ello. A Marguerite se la empezó a llamar “la pompa fúnebre”, en un juego de palabras con el verbo pomper, que en argot significa “hacer una felación”. Asimismo, y jugando con el mismo significado equívoco, Clemenceau dijo de Faure que “Deseó ser como César, pero terminó como Pompeyo”. E incluso se escribieron obras de teatro satíricas sobre el tema, como “La amante del presidente” de Jean-Pierre Sinapi.

Después de aquello, Marguerite siguió con su estilo de vida. En sus memorias narró que siguió teniendo amante, entre los que se incluyeron al rey Sisowath de Camboya. En 1908 fue acusada del asesinato de su marido el pintor y de su madrastra, que aparecieron asfixiados (y eso a pesar de que la propia Marguerite también apareció atada y amordazada en la escena del crimen), aunque finalmente fue absuelta. Emigró a Gran Bretaña, donde se casó con un barón inglés al que sobrevivió 27 años. Murió finalmente en 1954, en un asilo de ancianos.

¿Y en este artículo no hay muertos de risa?

Pues sí que los hay, como en todas las épocas. Vamos a verlos brevemente en los siguientes párrafos.

La noche del 21 de octubre de 1893, estando en una cena en casa del doctor Lucas de los Santos Lamadrid, el poeta y escritor modernista cubano Julián del casal murió súbitamente cuando uno de los comensales contó un chiste que le provocó un severo ataque de risa. El ataque de risa fue acompañado de una hemorragia y la mortal rotura de un aneurisma.


En 1975 Alex Mitchell, un albañil de 50 años de edad de King’s Lynn, Inglaterra, literalmente se murió de risa mientras miraba un episodio de la serie “The Goodies”. Después de veinticinco minutos de risa continuada, Mitchell finalmente colapsó en el sofá y murió como consecuencia de un ataque cardíaco. Su viuda le envió después una carta a los productores de la serie agradeciéndoles por haber hecho que los últimos momentos de vida de Mitchell hubieran sido tan agradables.

En 1989, el otorrinolaringólogo danés Ole Bentzen murió viendo un programa de televisión. Se estima que su corazón alcanzó un ritmo de 250 a 500 latidos por minuto, antes de que sufriera un ataque cardíaco.

En el 2003 Damnoen Saen-um, un vendedor de helados tailandés, se murió de risa mientras dormía a la edad de 52 años. Su esposa lo intentó despertar pero no tuvo éxito, y finalmente tras dos minutos de risa continua expiró.

Así que ya saben, rían con moderación, que la risa es para vivir mejor, no para morir de ella.

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Mentiras sobre los romanos (que todos creemos)

No creo exagerar mucho cuando digo que la mayor parte del conocimiento del gran público sobre Roma y su tiempo proviene del cine y la televisión. Películas como “Ben Hur”, “Espartaco” o la más reciente “Gladiator”, así como series de televisión como “Roma” o “Spartacus” han hecho calar en el subconsciente colectivo una serie de conceptos que, en muchas ocasiones, nada tienen que ver con lo que pasó realmente. Incluso las producciones que pretenden ser más fieles a la Historia cometen errores que, en gran medida, se deben a hacer más efectista una escena. No las culpo; a fin de cuentas el que va al cine no quiere ver un documental de Historia, sino entretenerse durante un par de horas.

Peter Ustinov en el papel de Nerón en "Quo Vadis"
Hoy trataremos de desmontar algunos de los tópicos que se tienen asumidos sobre los romanos, pero que son falsos. Hay muchos, pero he elegido estos por varias razones. La primera razón es que están muy arraigados en las creencias populares y casi todos los dan por ciertos. La segunda es que de vez en cuando alguien los repite por las redes sociales, ayudando a propagar falsedades por la fuerza de la repetición. La última razón es mucho más prosaica: porque me apetecía escribir sobre estos aspectos concretos, ya que su popularidad es enorme y poner un punto de cordura e historicidad en creencias muy arraigadas (aunque falsas) siempre ha sido una de mis debilidades. Bienvenidos a este acoso y derribo a los mitos sobre Roma.

Calígula nombró cónsul a su caballo

El Emperador romano Calígula ha pasado a la Historia como un ejemplo de gobernante loco. De él se cuentan hechos delirantes, como que mantenía relaciones incestuosas con sus hermanas y las obligaba a prostituirse, o que emprendió una campaña militar contra el dios Neptuno, obligando a sus legiones a apuñalar el agua del mar y haciendo que recogieran luego conchas de la playa como botín de guerra. Pero sin duda, en el imaginario popular ha quedado un acontecimiento que se pone como ejemplo de locura en un gobernante: el nombramiento de su caballo Incitatus para el puesto de cónsul. El consulado era la más alta dignidad de la República romana, y aunque en la época imperial su autoridad era más bien simbólica, seguía constituyendo un alto honor.

Calígula montando a Incitatus
Incitatus era un caballo hispano por el que Calígula sentía un extraño amor. Para empezar, le cambió su primitivo nombre de Porcellus (cerdito) por el más aguerrido de Incitatus (impetuoso). Era tal la admiración por él, que le hizo construir una caballeriza de mármol con un pesebre de marfil, donde el caballo comía avena mezclada con finos copos de oro. Poco después, le mandó edificar una villa donde era servido por 18 criados. Calígula le hacía correr en las carreras, donde sólo perdió una vez; y esa vez le salió cara al auriga rival. Se cuenta que el Emperador le hizo ejecutar haciendo hincapié en que la muerte debía ser muy dolorosa. Además, ordenaba un silencio total la noche antes de la carrera (bajo pena de muerte) a fin de que Incitatus descansara adecuadamente. Y por último, lo nombró cónsul.

Jonh Hurt en el papel de Calígula en "Yo, Claudio"
Lo malo de todas estas historias es que están sacadas principalmente de dos historiadores, Suetonio y Dion Casio, que son muy posteriores. Además, ambos eran fervientes republicanos, por lo que sentían un especial desprecio por la familia imperial. Las relaciones entre el Emperador y el Senado no eran nada buenas (se narra que una vez humilló a un grupo de senadores que querían audiencia con él haciéndoles correr detrás de su carruaje), por lo que las fuentes senatoriales tendían a presentar a Calígula como peor de lo que era. Lo que sí parece cierto es que se burlaba de los senadores diciéndoles que Incitatus sería mucho mejor cónsul que cualquiera de ellos, y lo presentaba siempre en público vestido de púrpura y engalanado con joyas para mofarse del Senado. ¿Llegó realmente a nombrarlo cónsul? Los historiadores están divididos ante la cuestión, pero se tiende a pensar que todo fue una exageración. Probablemente, y a tenor de las fuentes clásicas, nunca lo sabremos a ciencia cierta.

Los romanos se agarraban los testículos al jurar

Uno de los tópicos más extendidos sobre los romanos es que se agarraban fuertemente los testículos con la mano derecha cuando prestaban algún juramento, sobre todo en los juicios. De este modo, venían a decir que comprometían tan delicada parte si mentían. Según se dice repetidamente, esta era la forma en que se hacía hincapié en que lo que se dijera a continuación sería la verdad y toda la verdad. La cuestión se remata diciendo que de esta peculiar forma de jurar se deduce que la palabra “testificar” proviene de “testículos” (algunos lo dicen al revés; es decir, que “testículos” proviene de “testificar”). Cada poco tiempo se cuelga en internet esta historia sin faltar quién se la cree a pies juntillas y luego la va repitiendo por ahí.

Supuesto romano jurando
Ni que decir tiene que todo es falso. Es cierto que ambas palabras provienen de “testis” (testigo), pero mientras testificar sería el resultado de la unión de testis y facere (con lo que su significado sería “hacer de testigo”), testículo proviene de agregar a testis el sufijo culus, usado como diminutivo (por lo que su significado sería “pequeño testigo”). Pero ahí acaba toda semejanza. Son dos palabras que evolucionaron de forma diferente, si bien en español testigo y testículo se pronuncian de forma parecida.

Recreación de un juicio en el foro
Dicho todo esto, ¿cómo juraban los romanos? En realidad no había una única forma de jurar, aunque sí se sabe que se hacían ante cualquiera de sus dioses y el juramento cambiaba dependiendo de la época o del tipo de juicio. Sí se sabe que los hombres solían jurar por Hércules y las mujeres por Cástor y Pólux. Asimismo, en los juicios militares se juraba sobre la espada. Además, hay testimonios de que algunas mujeres juraban sobre su cabellera. En definitiva, los juramentos eran muy variados, pero debemos tener claro que nunca se hacían apretándose los testículos.

Palpado testicular de un Papa
Curiosamente, este bulo tuvo una segunda versión en el seno de una institución que ha llegado a nuestros días: la Iglesia Católica. Según la leyenda urbana, cuando alguien es elegido Papa, un cardenal le palpa los testículos para atestiguar que es un hombre y no una mujer. Una vez comprobada la masculinidad del Papa, el encargado de realizar dicha tarea (el palpati) debía decir "testiculos habet" (tiene testículos) o "habet duos testiculos et bene pendentes" (tiene dos testículos y cuelgan bien). Dicho esto comenzaba toda la liturgia de coronación del nuevo Sumo Pontífice. Por supuesto, todo es falso.

Los romanos vomitaban para poder seguir comiendo

Una de las imágenes que han calado con más fuerza cuando nos imaginamos el mundo de los romanos es el de sus bacanales. Si le pedimos a alguien que nos las describa tal y como él cree que fueron, nos hablará de enormes mesas repletas de los más exóticos platos, de comensales recostados comiendo y bebiendo sin cesar, y de insinuantes bailarinas danzando ligeras de ropa al ritmo de las flautas. Además, es muy probable que nos cuente que, en virtud de la gran cantidad de comida, los romanos vomitaban para poder seguir comiendo más. Lo malo es que al menos esta última parte es falsa. La confusión viene de un escrito de Cicerón, que narraba que en cierta ocasión Julio César se había librado de un intento de asesinato cuando, sintiéndose enfermo en una cena, en lugar de ir a las letrinas (como sus asesinos esperaban) fue al vomitorium.

Banquete romano
De ahí surgió la idea de que los romanos tenían una habitación especial donde vomitaban el exceso de comida. Sin embargo, los vomitorios eran en realidad otra cosa: unos grandes pasillos que se encontraban bajo las gradas de los teatros, anfiteatros y circos para permitir la salida rápida de un gran número de personas. Incluso ahora podemos encontrarnos el término en algunos países referidos a los pasillos de salida de los estadios modernos o de algunos teatros. A la confusión ayudaron textos de Suetonio y Dion Casio, que narraban que el emperador Claudio vomitaba el exceso de la cena antes de irse a dormir o que Vitelio (véase mi artículo “El año de los cuatro emperadores”) daba cuatro festines diarios y entre uno y otro vomitaba ayudado de una pluma de ave que se introducía en la garganta. Pero estos eran casos aislados y no una práctica habitual.

Vomitorium de un anfiteatro romano
Para terminar, sí que es cierto que las clases pudientes daban (y se daban) fastuosos banquetes. Así, por ejemplo, se cuenta que el emperador Maximino en una sola comida llegaba a ingerir hasta 16 kg. de carne y 32 litros de  vino, o que el emperador Albino fue capaz de comer durante un desayuno 500 higos, 10 melones, 100 melocotones, 48 ostras y 2 kg. de uvas. Sin duda son cifras exageradas, pero dan una idea de lo comilones que fueron algunos emperadores. Se cuenta también que eran famosos los festines que Lúculo daba a sus amigos e invitados. Pero la palma se la lleva sin duda el banquete que Julio César dio para celebrar sus conquistas en Oriente, considerado el mayor de la historia; se dice que duró varios días, y que en él 260.000 personas comieron los alimentos que estaban repartidos en 22.000 mesas.

Nerón tocaba la lira mientras Roma ardía

El 19 de julio del año 64 Roma ardió por los cuatro costados. Según Tácito, el fuego duró al menos 5 días y se quemaron totalmente cuatro de los catorce distritos de la ciudad. Además, otros siete fueron severamente afectados. Algunos de los monumentos más representativos de la ciudad fueron totalmente destruidos por las llamas. Los cristianos fueron culpados por ello y sometidos a una intensa persecución, aunque en el imaginario popular ha arraigado la idea de que el verdadero culpable fue Nerón. Incluso se le representa tocando la lira (otras fuentes dicen la cítara) mientras contempla cómo la ciudad arde. A esta explicación contribuyó el hecho de que el emperador mandara construir su palacio (llamado Domus Aurea, la casa dorada) y una gran estatua suya (llamada Coloso de Nerón) en el terreno que las llamas habían devastado. Curiosamente, en el lugar donde estaba dicha estatua Vespasiano ordenó levantar años después un gran anfiteatro, que recibió el nombre de Coliseo en honor del Coloso de Nerón.

Incendio de Roma
La verdad es que a día de hoy sigue sin haber acuerdo entre los historiadores sobre cuáles fueron las causas del incendio, aunque el consenso generalizado es que se inició accidentalmente en alguno de los locales de comida que pululaban alrededor del Circo Máximo. No obstante, Nerón fue acusado casi inmediatamente de ser el causante, aunque dichas acusaciones provenían de círculos aristocráticos y senatoriales, que detestaban al emperador (por el contrario, la plebe le adoraba, según recoge Tácito). Además, parece ser que en el momento de iniciarse el incendio Nerón se encontraba en Anzio, a 50 km. de Roma, y que nada más enterarse de la noticia se personó en la ciudad para hacerse cargo de la situación. Así, ordenó a su guardia pretoriana que colaborara en las tareas de extinción del fuego, abrió los jardines de Mecenas y Lúculo para los afectados y mandó que se les distribuyeran alimentos.

Cristianos sacrificados en un anfiteatro
La creencia popular de que Nerón contempló el incendio desde su palacio mientras tocaba la lira proviene nuevamente de los historiadores posteriores Suetonio y Dion Casio, muy próximos a la nobleza senatorial y que por tanto detestaban el poder imperial. No obstante, hay que decir que Nerón quiso sacudirse las sospechas que empezaron a recaer sobre él buscando un chivo expiatorio, y lo encontró en un grupo que empezaba a ser pujante en la ciudad: los cristianos. La historiografía cristiana posterior contribuyó a la imagen depravada de Nerón y mitificó a los cristianos que fueron martirizados por el emperador, aunque esa no fue la primera persecución que sufrieron (unos ocho años antes de Nerón, los cristianos fueron expulsados de Roma por su predecesor Claudio). No obstante, Tácito, el único historiador importante contemporáneo de los hechos del que nos ha llegado su versión, descarta totalmente la implicación de Nerón en los hechos. Pero mucho me temo que esta creencia está tan arraigada que será imposible erradicarla.

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¿A quién se le ocurre morirse así? Tercera parte

En anteriores artículos hemos narrado muertes absurdas de la Edad Antigua y la Edad Media. Continuaremos en este contando más fallecimientos estúpidos o ridículos de personajes de la Edad Moderna. Porque por más que avance el hombre y más adelantos se tengan, ocurren casos en que la forma de morir mueve más a la risa o al asombro que a la pena. Y es que, por desgracia, uno no suele elegir la forma de abandonar el mundo de los vivos. Recordemos ahora a aquellos que han pasado a la Historia más por su forma de morir que por su forma de vivir.



Adolfo Federico de Suecia, el rey que comió hasta morir

Adolfo Federico de Suecia llegó al trono en 1751 a través de una serie de carambolas que incluían la muerte de su primo y la adopción de su sobrino por parte de la emperatriz rusa Isabel I, y todo tras una acalorada discusión en el Parlamento sueco, que no veía muy claro que fuera una buena decisión convertirlo en heredero. Suecia era por aquel entonces mucho más extensa de lo que es en la actualidad, e incluía Finlandia y algunas partes de Alemania. Era una de las grandes potencias europeas, rivalizando directamente con Rusia por el control del Báltico.

Está considerado uno de los monarcas más débiles de la historia sueca. No sólo tuvo que enfrentarse a tensiones separatistas en sus posesiones alemanas (tensiones que no sólo no logró atajar sino que se recrudecieron a lo largo de su reinado), sino que su enemistad con los partidos políticos del Parlamento (que tenían los curiosos nombres de Partido de los Sombreros y Partido de los Gorros) hizo que su capacidad de decisión fuera nula. De hecho, el Parlamento hizo un duplicado del sello del rey, de forma que cuando éste no quería aprobar alguna ley, se sellaba con el duplicado, aprobándose igualmente.

Adolfo Federico de Suecia
El intento de crear un Partido de la Corte para defender sus intereses ante el Parlamento se saldó con un rotundo fracaso, así como una intentona de golpe de Estado para darle el poder absoluto. Y tras cada intento de aumentar su poder, el efecto era el contrario: disminuía cada vez más. Particularmente en sus dos últimos años de reinado, su posición era simplemente simbólica, pues no detentaba poder ni influencia alguna. De este modo, Adolfo Federico se dedicó a sus aficiones, entre las que se encontraban hacer cajas de rapé o el arte. Y sobre todo comer. Comer abundantemente. Y fue esta última afición la que le llevó a la muerte.

Y es que el 12 de febrero de 1771 se dispuso a dar buena cuenta de un fastuoso banquete. Se cuenta que comió langosta, caviar, chucrut, sopa de repollo y ciervo ahumado, todo ello regado con 4 botellas de champán. Para redondear la comida, se sirvió su postre favorito: semla, un dulce típico sueco que contiene leche y mazapán. Quizá si se hubiera servido dos o tres raciones la cosa no habría acabado como terminó, pero el monarca se comió ¡14 raciones! Aquella misma noche, el rey empezó a sentir dolores intestinales y no tardó mucho en morir. Desde entonces, se le conoció como “el rey que comió hasta morir”, y con esa frase se enseña su figura en las escuelas suecas.

Lully, la muerte que vino al compás de la música

Jean Baptiste Lully, nacido en Florencia como Giovanni Battista, fue una de las grandes figuras de la música del Barroco. No sólo fue compositor, instrumentista y director de orquesta, sino que también fue un excelente bailarín que llegó a bailar con el rey en 1653 en el Ballet de la Nuit. Desde que a los 10 años entrara en la corte francesa de la mano del Caballero de Guisa, su influencia y poder se fue acrecentando hasta llegar en 1681 al cargo de Secretario del Rey. Y todo lo consiguió a base de astucia y su buen manejo de las intrigas.

Pero todo eso no quita que fuera un gran compositor. Ya a los 13 años mostró grandes aptitudes para el violín, y a los 20 entró al servicio de Luis XIV como violinista y bailarín. A lo largo de los años ocupó los puestos de Compositor de Cámara y Superintendente de la música de Su Majestad. Fue el creador de varias formas musicales, entre las que destacan el gran Motete, la obertura francesa y sobre todo la “tragédie lyrique”, una adaptación de la gran ópera al modo francés, basada en grandes tragedias clásicas y con grandes espectáculos de danza y coro (a diferencia de la ópera italiana, que daba prioridad al lucimiento de los cantantes). Además, colaboró regularmente con Molière, junto al que creó el género de los “ballets cómicos”.

Jean Baptiste Lully
Su influencia musical fue enorme en toda Europa, debido al gran número de alumnos que llegó a tener y que difundieron sus teorías y formas musicales por todo el continente. Además de todo lo anterior, se enfrentó un escándalo del que salió bien librado al revelarse sus tendencias bisexuales en un oscuro caso que involucró al paje de un marqués. El rey lo defendió (muestra de que le tenía en gran aprecio), pero se sabe que en privado lo reprendió y le instó a cambiar de "costumbres". No consta si lo hizo, pero sí que al menos fue más discreto desde ese momento.

En definitiva, una vida extraordinaria que se vio ensombrecida por las circunstancias de su muerte. El 8 de enero de 1687, con 55 años, dirigió en el Convento de los Bernardos de París un Te Deum para festejar la curación del rey de una enfermedad. Dicho Te Deum había sido pagado por el propio bolsillo del compositor, en una muestra del afecto que sentía hacia el monarca. Por aquel entonces, el compás no se marcaba con batuta, sino con un pesado bastón de hierro que se golpeaba contra el suelo. En uno de los golpes, Lully no calculó bien y se dio en un dedo del pie. La herida no se curó bien, se gangrenó y fue empeorando en los días siguientes. Se negó a cortarse la pierna (le horrorizaba no poder volver a bailar), y la gangrena fue extendiéndose. Falleció el 22 de marzo, y todo por un golpe mal dado y su terquedad en no cortarse la pierna.

Pietro Aretino, otro muerto de risa

Quienes hayan seguido los artículos anteriores sobre muertes extrañas habrá visto que ya se han relatado varias veces la muerte de algunos personajes por un ataque incontrolable de hilaridad. Tal fue el caso de Martín el Humano, de Crisipo o de Zeuxis. Y es que en todas las épocas ha habido muertes por ataques de risa, como la del rey Birmano Nandabayin, que se murió de risa en 1599 cuando le dijeron que Venecia era un estado libre sin rey; o como la del traductor Thomas Urquhart, que se partió al conocer la noticia del ascenso de Carlos II al trono. Y entre carcajadas murió también el poeta italiano Pietro Aretino.

Hijo de un zapatero y una prostituta (gustaba de decir de sí mismo que era “hijo de una prostituta con alma de rey”), nació en Arezzo el 20 de abril de 1492. Comenzó su carrera satírica en su ciudad natal, de donde se trasladó a Perugia y finalmente a Roma en 1517 (se dice que hizo el viaje andando). Allí entró al servicio de Agostino Chigi (el protector de Rafael), aunque terminó abandonando su casa tras cometer algunas indiscreciones. Tras ganarse poderosos enemigos con sus sátiras, abandona Roma y viaja por toda Italia, regresando a Roma en 1523. Su segunda estancia allí tampoco fue tranquila, pues su afilada lengua le valió la enemistad de muchos miembros de la curia. En 1527 se trasladó a Venecia, ciudad con fama de licenciosa, en donde permaneció hasta el fin de sus días.

Retrato de Aretino pintado por Tiziano
Aretino se dio cuenta de que los ricos y poderosos siempre tenían vicios, pero a la vez un gran miedo al escándalo, de modo que se dedicó a atacarles e insultarles con una gran audacia. Se dijo que desafiando todo se podía llegar a todo. A su vez, él no tenía miedo al escándalo, pues nada tenía que perder. Acusado de libertinaje, decía “No sé cantar ni bailar, pero hago el amor como un asno”. Esta forma de atacar a los poderosos le valió no pocas enemistades, pero también el favor de algunos grandes señores que lo acogieron y apadrinaron. Y no sólo tuvo amigos entre los que ostentaban el poder, sino también entre los artistas; Miguel Ángel se jactaba de su amistad y Tiziano le hizo dos retratos.

Los príncipes y los nobles le buscaban para contarle los chismes de sus rivales y pedirle que escribiera sátiras sobre ello, pero también para pedirle que compusiera halagos sobre su persona. Por ambas cosas cobraba, y los que ostentaban el poder le cubrían de regalos. Llegaron a cuñarse monedas en su honor (en una de ellas se leía la leyenda “Los príncipes que reciben los tributos de los pueblos, pagan tributo a su servidor”). Claro que, si consideraba el regalo insuficiente, su afilada lengua no se detenía. Al canciller de Francia, que le envió una suma de dinero que Aretino juzgó escasa, le respondió “No os sorprenda si me callo. He consumido mi voz para pedir; no me queda más para agradecer”.

Autor de los “Sonetos lujuriosos” (de los que se decía que había un ejemplar en cada lupanar de Italia), inspirados en grabados eróticos de Raimondi, de obras satíricas como “La cortesana” (parodia de “El cortesano” de Baldassarre), de comedias y libelos, pero también de sermones y vidas de santos (aunque llenas de una profunda ironía), su muerte no pudo ser más ridícula. Una de sus hermanas le contó una  aventura obscena de la que al parecer se jactaba. Aretino empezó a reír violentamente. A partir de aquí hay dos versiones. Una de ellas dice que sufrió un ataque de apoplejía. Otras fuentes señalan que cayó de espaldas de su silla dándose un golpe fatal en la cabeza. En cualquier caso, una muerte digna de la comedia que llevó por vida.

Abraham de Moivre, el hombre que predijo su propia muerte

Nacido en Francia en 1667, Abraham de Moivre fue un brillante matemático. Fue conocido por la fórmula de Moivre (que conecta números complejos y trigonometría), además de por sus trabajos en los campos de la probabilidad y la distribución normal. Mantuvo una gran amistad con Newton y Halley, y se contaba que cuando alguien iba a consultar a Newton sobre algún problema matemático, siempre contestaba “vayan con Abrahám de Moivre a consultar esto; él sabe mucho más que yo de estas cosas”.

En 1685, tras la promulgación del Edicto de Fontainebleau por el que sólo se reconocía en Francia la práctica de la religión católico, de Moivre, de religión calvinista, tuvo que huir a Gran Bretaña. Allí entabló amistad con los citados Newton y Halley, y esta amistad le valió para ser elegido miembro de la Royal Society en 1697. No obstante, fue pobre toda su vida, teniendo que conseguir dinero como consultor de sindicatos de seguros y apuestas, dando clases o jugando al ajedrez. Nunca ocupó puesto alguno en la universidad y sus trabajos no llegaron a ser reconocidos por la comunidad científica hasta después de su muerte. Murió ciego y solo.

Abraham de Moivre
Su obra “La doctrina de las suertes” (1718) está considerada una obra maestra de las matemáticas. En ella expone la probabilidad binominal o distribución gaussiana, el concepto de independencia estadística y el uso de técnicas analíticas en el estudio de la probabilidad. Asimismo destaca entre sus obras “Miscellanea analítica” (1730), sobre las soluciones de una ecuación lineal. Estableció muchos elementos del cálculo actual, entre ellos la relación entre números complejos y trigonometría, que plasmó en su famosa fórmula.

En cuanto a su muerte, se dice que observó que cada día dormía 20 minutos más que el anterior (algunas fuentes dicen que 15). Así que de Moivre supuso que moriría cuando su sueño llegara a durar 24 horas. Con ese supuesto en mente, calculó la fecha de su muerte, y tan seguro estaba de su razonamiento que lo anunció. Cuando llegó el citado día (27 de noviembre de 1754), de Moivre fue encontrado muerto en su cama. Tenía 87 años de edad y estaba ciego. Y aunque ninguna fuente contemporánea relata este episodio, por lo que muy probablemente sea una exageración, no deja de ser curioso que en su parte de defunción figure como causa de la muerte “somnolencia”.

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La Paz de las Tres Vacas

Cada 13 de julio se produce en un rincón de los Pirineos una ceremonia sacada de otro tiempo. Representantes de dos valles, uno a cada lado de la frontera hispano-francesa, y bajo la supervisión de las autoridades de Ansó (Huesca), se reúnen para repetir una tradición centenaria. Se pronuncian palabras de paz, se come en hermandad, y lo más extraño de todo: los franceses entregan a los españoles tres vacas. Todo esto se realiza en cumplimiento de una sentencia arbitral de 1375 que daba fin a un conflicto entre vecinos, conflicto que empezó siendo una discusión de dos ganaderos sobre agua y pastos y acabó en una guerra abierta entre los valles de uno y otro lado de la frontera.

Participantes de la ceremonia a principios del siglo XX
La sentencia arbitral que establece esta ceremonia se considera el tratado de paz en vigor más antiguo de Europa. Y aunque en dicha sentencia se certifica su existencia histórica, la mayoría de historiadores afirma que la entrega de estas tres vacas es bastante anterior. Con la excepción de algunos años en los que las circunstancias políticas y bélicas hicieron imposible que las vacas se entregaran, esta tradición se ha venido manteniendo en el tiempo, siendo hoy muy visitada, ya que el Gobierno Navarro la declaró Bien de Interés Cultural en 2011. Esta es la historia de esa ceremonia, de la guerra que la motivó y de la sentencia arbitral que le puso fin. 

Los antecedentes

Las disputas entre habitantes de los distintos valles de los Pirineos por el uso de las fuentes de agua se llevaban produciendo desde tiempos inmemoriales. De hecho, hay constancia escrita de ellas en el siglo XIII. Estas disputas a veces se solucionaban con pactos orales y otras veces con contratos escritos que recibían el nombre de facerías (de ahí que ahora se utilice ese término para designar los contratos que regulan la explotación de un territorio por parte de varios municipios). Pero fue a finales del siglo siguiente cuando los conflictos se enconaron. Por entonces, el vizconde Gaston de Foix había conseguido la independencia práctica del territorio de Bearn de las soberanías francesa e inglesa, y se produjo un acercamiento al Reino de Navarra.

Gastón III de Foix
La mayor parte de las veces los conflictos eran simples reyertas entre pastores, pero hubo ocasiones en que se produjeron batallas campales (aunque eso sí, entre ejércitos poco numerosos). Así, por ejemplo, se cuenta que en la Batalla de Beotivar de 1321 apenas hubo unos 15 muertos y que poco después hubo otra que se saldó con 35 bajas. El reducido número de víctimas era debido a que los bandos contendientes apenas contaban con unos 200 hombres cada uno. Todos estos enfrentamientos dieron lugar a intentos de mediación de los obispos de Bayona, Olorón, Pamplona y Jaca. Sin embargo, todos los esfuerzos fueron inútiles.

La guerra entre los valles

Todo estalló con mayor virulencia en 1372. Un ganadero del valle del Roncal (en la Navarra española) llamado Pedro Karrika y otro del vecino valle de Baretous (en la Navarra francesa) llamado Pierre Sansoler se enzarzaron en una discusión por el aprovechamiento de una fuente de agua en el monte Arlás. El motivo puede hoy parecernos trivial, pero en aquellos momentos el agua era un bien fundamental para los ganaderos de la zona. La discusión pasó a mayores y Karrika mató a Sansoler. La noticia no tardó en extenderse, y un primo de Sansoler, de nombre Anginar, organizó una expedición para vengarse. Él y unos cuantos amigos fueron a la casa de Karrika dispuestos a matarlo, pero allí no estaba. La que sí estaba era su esposa, que se encontraba embarazada. Después de preguntar sin respuesta por el paradero de su marido, los franceses la mataron.

Roncaleses en traje tradicional
Y la espiral siguió creciendo. Karrika y un grupo de convecinos fueron a la casa de Anginar. Allí se encontraban él y sus compañeros de expedición celebrando su éxito. Todos murieron a manos de los españoles a excepción de una mujer y un niño pequeño, que fueron respetados. A pesar de la masacre, pronto se enteraron los habitantes del pueblo vecino, que organizaron una emboscada para el grupo de Karrika en un desfiladero. Gran parte de los integrantes de la expedición de Karrika, unas veinticinco personas, murieron ese día. Para entonces estaba claro que la macabra rutina de venganzas y contravenganzas iría cada vez a peor, por lo que el rey de Navarra y el vizconde de Foix intentaron infructuosamente arreglar la situación. 

Imagen antigua de la ceremonia de entrega
La escalada continuó imparable, y el conflicto empezó a involucrar a los habitantes de todos los pueblos de ambos valles (y no sólo a los de los dos pueblos de donde eran Karrika y Sansoler). Aparecen entonces en la historia elementos fantásticos. Así, por ejemplo, se cuenta que los franceses estaban siendo dirigidos por un capitán agote de cuatro orejas que ganaba todos los encuentros, hasta que un tal Lucas López de Garde logró atravesarlo con su lanza, haciendo que sus tropas huyeran despavoridas. Finalmente, se produjo la batalla de Aguincea, que se saldó con 53 españoles y 200 franceses muertos. La situación se descontrolaba, así que los habitantes del lado francés pidieron una tregua.

El tratado

En vista de que nadie quería que lo que empezó como una discusión por el agua se convirtiera en una guerra de grandes proporciones, se decidió buscar un mediador que actuara como árbitro en el conflicto. La única condición que se puso fue que dicho árbitro conociera bien las costumbres y las leyes consuetudinarias de ambos valles. Fue así como se eligió para el papel al pueblo de Ansó (Huesca). Como evidentemente todo un pueblo no puede convertirse en mediador, se eligieron “seis omes buenos” (seis hombres buenos) que dilucidarían la cuestión, presididos por el alcalde del pueblo, Sancho García.

Iglesia y balcón de Isaba
Con la autorización del rey de Navarra y del vizconde de Foix, el comité se reunió en la iglesia de San Pedro de Ansó (se pensaba que así estarían inspirados por el Espíritu Santo). Durante tres semanas (entre el 28 de julio y el 18 de agosto de 1375), los seis hombres estudiaron el problema, consultaron los documentos y escucharon a los testigos de una y otra parte. Finalmente llegaron a un acuerdo que fue leído el 16 de octubre en la iglesia de San Pedro. La sentencia a la que se llegó regulaba el uso de las fuentes de agua, establecía los periodos en los que los rebaños de ambos valles podían pastar en el territorio e imponía severas penas a aquellos que incumplieran el tratado. Pero había algo más: establecía la obligación de perdón mutua por las muertes y que cada año, el 13 de julio, los franceses debían entregar a los españoles tres vacas.

Vista de Isaba
Para que todo quedara claro, en la sentencia se especificaba todo sobre las vacas. Habían de ser animales de dos años, no debían tener defectos (“sine macula”) y debían ser iguales (debían tener el mismo “astaje, pelaje y dentaje”, es decir, hasta los cuernos, los pelos y los dientes debían ser idénticos), y no tener tacha ni lesión alguna. Las vacas debían entregarse en la “Piedra de San Martín” (“Pierre de Saint Martin”, en el lado francés). Dicha piedra desapareció en 1858 tras el trazado de límites entre Francia y España, por lo que desde entonces se realiza en el mojón 262 de la actual división fronteriza, junto a la Mesa de los Tres Reyes, cada cual en su territorio. La sentencia especifica que dos de las vacas son para el pueblo de Isaba y la otra se da cada año de forma rotatoria a uno de los tres pueblos del valle del Roncal que participaron en la guerra: Uztárroz, Urzainki y Garde.

Los incidentes en la aplicación del tratado

A pesar de que la sentencia se dictó “por ciento et un aynnos” (lo que en el lenguaje de la época equivalía a decir “para siempre”), el cumplimiento del tratado no ha estado exento de dificultades. Así, por ejemplo, en 1389 hubo de redactarse un complemento tras algunos enfrentamientos entre los vecinos de los dos valles. Asimismo, en 1427 un pavoroso incendio destruyó Isaba (sólo quedaron en pie 25 casas) y los documentos originales se quemaron, por lo que tuvieron que hacerse copias del pacto. Y en 1450 se produjo una nueva crisis cuando los habitantes del Roncal robaron ganado a los baretoneses, que respondieron de igual modo. Asimismo, durante el siglo XVII se produjeron algunas dificultades derivadas de la pérdida de los documentos originales y de la Guerra de los Treinta Años.

La ceremonia despierta gran expectación
En 1793, en plena Revolución Francesa, estalló la Guerra de la Convención (también llamada Guerra del Rosellón) entre España y Francia y la entrega no pudo llevarse a cabo. Sin embargo, los baretoneses estaban dispuestos a seguir la tradición y el 17 de agosto se presentaron con las tres vacas en Isaba. Allí las dejaron junto a una carta en la que afirmaban que la guerra no podía romper el pacto y lo ratificaban con las palabras “Y entre tanto, estamos y correremos con la misma fraternidad o hermandad”. Asimismo, durante la Guerra de la Independencia española fue imposible la entrega, pero se sustituyó por su equivalente en dinero.

Mojón 262 de la frontera
A finales del siglo XIX se empezaron a publicar en los periódicos franceses unas descripciones de la ceremonia que buscaban sublevar a la opinión pública francesa contra este tratado. Así, por ejemplo, “Le Figaro” escribía que todo formaba parte de un tributo de guerra, que los españoles deseaban el conflicto mientras los franceses la paz, que los franceses debían ir descubiertos y sin armas mientras que los españoles iban con fusileros que apuntaban a territorio francés… Todo esto motivó que unas 600 personas subieran para protestar lo que consideraban un insulto. De hecho en 1895, y para evitar males mayores, se intentaron sustituir las vacas por dinero, algo que los roncaleses no aceptaron. Finalmente, las aguas se calmaron cuando los periódicos dejaron el asunto.

Firmando el acta
El último incidente se produjo durante la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes, temiendo que los franceses escaparan a España durante la ceremonia, impidieron que se llevara a cabo. En compensación, y una vez acabado el conflicto, los baretoneses dieron durante unos años cuatro vacas en lugar de tres, para compensar las que no se habían entregado durante esos años. Hay que reseñar que en la actualidad, después de la ceremonia que describimos a continuación, las vacas vuelven a su territorio de origen y se paga con su valor en el mercado.

La ceremonia

Toda la ceremonia sucede en el mojón 262 de la frontera (que sustituye a la desaparecida Piedra de San Martín). Allí llegan los roncaleses con su atuendo tradicional (sombrero roncalés, capote negro, valona y calzón corto) y los baretoneses (con traje de domingo y con la banda tricolor francesa cruzada al pecho). Cada parte se queda en su territorio. A continuación el alcalde de Isaba, que preside el acto, pregunta tres veces a los franceses si van a pagar el tributo y los preguntados responden que sí las tres veces. Seguidamente uno de los alcaldes baretoneses coloca la mano derecha sobre la piedra o mojón, después va poniendo la suya encima un roncalés y así se van alternando los demás representantes. El último en posar la suya es el alcalde de Isaba, que pronuncia las palabras “Pax avant, pax avant, pax avant” (Paz en adelante).

Examen de las vacas
Es entonces cuando se entregan las vacas, que son examinadas por el veterinario de Isaba para garantizar que cumplen los requisitos del pacto. Finalmente, el alcalde de Isaba entrega un recibo al alcalde de Baretous. Se levanta acta de toda la ceremonia y todo termina con los roncaleses invitando a un banquete a los baretoneses, con cordero al chilindrón como plato fuerte. Todo el acto transcurre en un ambiente festivo, demostrando que la entrega de las vacas ya nada tiene que ver con la antigua enemistad de siglos pasados y sí con el deseo de cumplir con la tradición del que se considera el tratado de paz en vigor más antiguo de Europa. Y aunque algunos historiadores remontan la entrega del ganado a los tiempos de los cimbrios y no a la sentencia arbitral de 1375, toda la ceremonia nos demuestra que, en los Pirineos, el valor de la palabra es muy fuerte.

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¿A quién se le ocurre morirse así? Segunda parte

En un artículo anterior hablábamos de algunas muertes absurdas de personajes de la Edad Antigua. Continuamos ahora relatando cómo murieron algunos personajes de la Edad Media, siempre con el denominador común de que el tránsito a mejor vida se produjera de forma extraña, chocante o incluso cómica. Y es que, como dijimos en la anterior entrega, no todos mueren de la misma forma, y a menudo la forma de morir no hace justicia a los méritos que en vida tenía el difunto. Pero las cosas son así, y muchas veces se recuerda a alguien más por su extraña muerte que por las acciones en vida.


Sancho II de Castilla, el rey que murió cagando

Además de la muerte, hay otra gran igualadora: las necesidades corporales. Como dice la vieja canción, “en esta vida señores/ sin cagar nadie se escapa/ caga el rico, caga el pobre/ caga el rey y caga el Papa”. Lo difícil es que estas dos grandes igualadoras se presenten al mismo tiempo. Difícil pero no imposible, ya que, según la leyenda, al menos existe un caso en que parece que así ocurrió: la muerte de Sancho II de Castilla.

Todo comenzó con la muerte del rey de León Fernando I en la Nochebuena del año 1065. Según su testamento, el reino sería partido entre sus cinco hijos: al mayor Sancho le correspondió el Condado de Castilla (ascendido desde entonces a reino), al segundo (y favorito) Alfonso le dejó el reino de León, a su otro hijo varón García le legó el reino de Galicia (que entonces comprendía también el norte de Portugal), y a sus dos hijas Elvira y Urraca las ciudades de Toro y Zamora (para una descripción más detallada, véase mi artículo “Consuegra, la batalla donde murió el hijo de El Cid”). Claro está que este testamento no le gustó nada a Sancho, que pensaba que le correspondía todo el reino por derecho de primogenitura. Pero dejó estar todo el asunto mientras su madre, la reina Sancha, viviera.

Muerte de Sancho II, obviando la incómoda posición que adoptaba
En 1067 Sancha pasó a mejor vida, y su hijo mayor se lanzó a reconquistar lo que consideraba suyo. Primero se alió con su hermano Alfonso para derrotar al tercer hermano, García. Tras la victoria (el pobre García tuvo que exiliarse al reino musulmán de Sevilla), volvió sus armas contra Alfonso, al que también derrotó y exilió al reino de Toledo. Su hermana Elvira rindió de buen grado la ciudad de Toro, bien porque estaba de acuerdo con Sancho, bien porque veía cómo se las gastaba su querido hermano mayor. Ya sólo quedaba Zamora para restituir el reino a su antigua extensión. Pero su hermana Urraca iba a ser un hueso duro de roer.

El 1 de marzo de 1072, Sancho comienza el asedio a Zamora. Tras siete meses y seis día de duro cerco (lo que dio lugar a la frase “Zamora no se ganó en una hora”), Sancho estaba desesperado por encontrar una forma de conquistar la ciudad. En tiempos convulsos, no es buena política mantener al ejército inmovilizado largo tiempo ante una plaza. Fue entonces cuando uno de sus hombres de confianza, Vellido Dolfos, que había desertado de las filas zamoranas un par de meses antes (aunque en realidad todo era un plan de la maquiavélica Urraca), se ofreció a mostrarle una pequeña puerta que nunca se cerraba. Desde allí, las tropas de Sancho podrían entrar en la ciudad y poner fin al largo sitio.

Sancho y Vellido Dolfos fueron al sitio donde se encontraba la supuesta puerta. Fue entonces cuando al rey le dio un aprieto, es decir, que sus tripas pedían un vaciado urgente. Dejó a Dolfos su lanza y se dispuso a hacer lo que el cuerpo le pedía. Ese fue el momento en que el zamorano aprovechó para atravesar al rey de parte a parte. Acto seguido, huyó a la ciudad, que lo acogió con los brazos abiertos. De este modo tan poco decoroso encontró la muerte el primer rey de Castilla. Tras el luctuoso suceso, las tropas castellanas levantaron el sitio y el reino, nuevamente unido, fue heredado por Alfonso, que volvió de su exilio de Toledo.

La puerta donde todo ocurrió fue llamada “Puerta de la Traición”, hasta el año 2009 en que se cambió el nombre a “Puerta de la Lealtad”. En cualquier caso, hay que decir que el relato de la muerte de Sancho II no está del todo claro, pues toda esta historia sólo se recoge en los cantares de gesta y no en las crónicas del reino. Pero, como dicen los italianos, “se non é vero é ben trovato”.

El nauseabundo funeral de Guillermo el Conquistador

Cuando en enero del año 1066 moría sin descendencia el rey de Inglaterra Eduardo el Confesor, se desató una lucha por el trono. De una parte, Harold de Wessex había sido nombrado rey por Eduardo en su lecho de muerte, pero el duque de Normandía Guillermo aducía que el trono debía ser suyo, pues el difunto, que era primo suyo, se lo había prometido en el pasado. Guillermo, conocido en esa época como El Bastardo, se preparó entonces para invadir Inglaterra, y el 14 de octubre de 1066 ambos ejércitos se encontraron en Hastings. Guillermo consiguió la victoria y fue coronado rey de Inglaterra en la Navidad de ese mismo año. El Bastardo pasó a ser llamado El Conquistador.

Sin embargo, la vida no se volvió más tranquila para el nuevo rey. Hasta el final de su vida tuvo que combatir a consecuencia de los numerosos problemas en sus dominios ingleses y franceses. Además, tuvo enfrentamientos con su hijo mayor, que se sentía poco valorado y exigía más poder y respeto. Todos estos quebraderos de cabeza causaron mella en la salud del monarca, que hacia el final de su vida empezó a engordar de manera considerable. Esta obesidad, unida a su gran altura para la época (medía alrededor de 1.80 metros de estatura) le convirtieron en blanco de burlas, tanto de sus enemigos como de la propia corte. Aun así, continuó combatiendo hasta el fin de sus días.

Guillermo el Conquistador
Y ese fin llegó en el año 1087. Mientras asediaba Mantes, cerca de Ruan, su caballo se paró en seco y Guillermo se golpeó en su oronda barriga con el pomo de la silla de montar. Dicho golpe le provocó una peritonitis. La infección consiguiente se fue propagando, y después de varios días de agonía, falleció el 9 de septiembre. La noticia de su muerte provocó algunos disturbios, por lo que los que le acompañaron en su lecho de muerte corrieron a defender sus propios intereses. Esto fue aprovechado por sus sirvientes, que le quitaron al cadáver todo cuanto de valor llevaba encima (incluso las ropas, con lo que el cuerpo apareció desnudo). Finalmente, el clero de Ruan lo trasladó a Caen para recibir sepultura.

Cuando llegó a la Abadía de los Hombres de Caen, el cuerpo de Guillermo era una masa hinchada y deforme producto del pus y de los gases de la descomposición. Durante su funeral, trataron de meter el cadáver en un sarcófago de piedra, pero el tamaño del cuerpo hacía que no cupiera. Los presentes lo empujaron hacia el interior, y entonces sucedió lo inevitable: el cadáver estalló. Todos los que estaban alrededor se vieron salpicados de una fétida masa de carne y pus, y un olor pestilente inundó la iglesia (según los fieles, ese olor duró meses). Sin duda, el funeral más nauseabundo de la Historia.

Cuando las caries del enemigo muerto mataron a un jefe vikingo

Los vikingos marcaron una importante huella en la Historia durante más de cinco siglos. Sus correrías les llevaron por toda Europa, desde Escandinavia hasta la Península Ibérica, desde Islandia hasta Kiev. Pero no se limitaron al Viejo Continente, también pisaron América y llegaron hasta Constantinopla y las puertas del califato de Bagdad. Montados en sus barcos (a los que equipaban con ruedas para desplazarse entre los ríos navegables), su presencia se hizo notar con fuerza en el mundo que surgió tras la caída de Roma. Naturalmente, tanto ir y venir trajo consigo multitud de historias épicas, pero también muchas absurdas o sencillamente ridículas.

Tal es el caso de la muerte de Sigurd Eysteinsson. Este caudillo vikingo gobernaba las Orcadas, un archipiélago al norte de las Islas Británicas, pero no se conformó con eso. Trató de expandir sus dominios por Escocia, llegando a conquistar los condados de Caithness y Sutherland. Este empeño le valió el título de El Poderoso. Sus campañas fueron de una crueldad  extrema, pues ni los vikingos ni los escotos (pueblo que vivía al norte de Escocia) tenían la costumbre de hacer prisioneros. Es más, ambos pueblos solían cortar las cabezas de sus enemigos y colgarlas de sus monturas a modo de trofeo. Y fue esta macabra costumbre la que provocó la absurda muerte de Sigurd el Poderoso.

Representación imaginaria de Sigurd el Poderoso
El caudillo vikingo retó a Máel Brigte, un jefe escoto, a un combate donde cada uno podría llevar un máximo de 40 hombres. Máel, cuyo apodo era “Dientes Salidos”, aceptó el desafío y allí se presentó junto a sus 40 hombres, sólo para ver que había sido traicionado por Sigurd, que se presentó a la batalla con 80 soldados. El escoto no se echó atrás, y arengó a sus hombres para que combatieran con valor y al menos mataran a uno de los dos enemigos a los que tocaban, pero el resultado fue el esperado: la superioridad numérica de Sigurd decantó la batalla. No quedó ningún escocés vivo.

Fieles a la costumbre, los hombres de Sigurd empezaron a cortar las cabezas de sus enemigos para colgarlas de su silla de montar como trofeo. El jefe vikingo se reservó la cabeza de Máel Brigte, que fue colgada de su montura. A medida que cabalgaba, los dientes salidos de su enemigo se fueron clavando en la pierna del vikingo de forma que se le hizo una pequeña herida. A resultas de la falta de higiene bucal de la época, la herida se infectó, provocándole a Sigurd una septicemia que le causó la muerte a los pocos días. Fue enterrado con todos los honores, como si hubiese muerto en combate, y su tumba se encuentra ignorada a día de hoy. Y es que hay que tener cuidado con la venganza de los enemigos muertos.

Martín el Humano, otro muerto de risa

En el artículo anterior vimos algunos casos de personajes que murieron a causa de un violento ataque de hilaridad. Hoy veremos aquí el caso de Martín I de Aragón, llamado El Viejo para distinguirlo de su hijo Martín el Joven, y El Humano, por su gran afición a las Humanidades y a los libros. Rey de Aragón, Valencia, de Cerdeña, de Sicilia y Conde de Barcelona, tuvo un final poco acorde con su extraordinaria vida.

Martín I el Humano
Este rey tuvo una existencia convulsa. En principio sólo había heredado el reino de Sicilia, y con muchas dificultades (los Anjou también aspiraban a ese trono), pero la muerte de su hermano Juan sin descendencia le dio también el resto de títulos. Su reinado se vio marcado por el Cisma de Occidente, donde tomó partido por el Papa de Aviñón Benedicto XIII (al que llegó a rescatar de un asedio y acogerlo en Peñíscola). Pero no contento con todo esto, lanzó dos cruzadas contra el norte de África (en 1398 y 1399), favoreció las artes y las letras y se vio envuelta en luchas internas de las noblezas aragonesas y valencianas. En resumen, una vida de película. Lástima que su muerte no estuviera a la altura de esta vida.

Y es que el 31 de mayo de 1410, después de haberse comido un ganso entero, se encontraba descansando cuando entró en la habitación su bufón. El rey le preguntó dónde había estado y el bufón le contestó: “En los viñedos, cuando vi un joven ciervo que colgaba por el rabo de un árbol, como si alguien le hubiera castigado por robar higos”. Posiblemente el chiste no le haya hecho al lector la más mínima gracia, pero parece ser que al rey sí, y mucha. Empezó a reír de forma descontrolada, lo que unido a la indigestión que tenía, le provocó un ataque al corazón. Y es que los chistes malos deberían haberse prohibido hace mucho. 

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