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La estafa de los Duros Sevillanos

A lo largo de la Historia se han producido muchas estafas. Un buen número de ellas se han desarrollado con la aquiescencia de los distintos estados (como el famosos crack del 29, sin ir más lejos), e incluso se han dado casos de estafas de los distintos estados contra sus propios ciudadanos (como el caso de la Compañía de los Mares del Sur británica en el siglo XVIII). Lo que no es nada usual es que los ciudadanos de ese país respondan a la estafa con otra del mismo tipo y aún mayor. Este es el caso del episodio que vamos a tratar hoy: los “duros sevillanos” (también llamados “duros de Covián”).

Duros Sevillanos
A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, coincidiendo con la pérdida de las últimas colonias de ultramar y la bajada del precio de la plata, el gobierno español empezó a emitir monedas de cinco pesetas (conocidas como duros) con una cantidad de metal equivalente más o menos a la mitad de su valor nominal. Cuando se dieron cuenta de la estafa, muchos ciudadanos empezaron a falsificar dichos duros (en algunos casos, consiguiendo monedas con más plata que la que contenían los oficiales). La locura acabó en 1908, cuando el gobierno de Antonio Maura decidió retirar todas las monedas de duro del mercado. Esta es la historia de la enorme (y por momentos simpática) estafa de los “duros sevillanos”.

Los duros de plata

A mediados y finales del siglo XIX la economía española era un caos. A la pérdida de gran parte de las colonias americanas había que añadir el intermitente estado de guerra civil en todo el país a consecuencia de las Guerras Carlistas y la continua inestabilidad interna, tanto política como social. Este panorama llevaba a que a la grave caída de ingresos se sumara el aumento vertiginoso del gasto, lo que hacía que las cuentas del Estado estuviesen siempre cogidas con alfileres. Uno de los métodos usados para cuadrar los números era la emisión de deuda fuera del país, poniendo como garantía la isla de Cuba (todavía perteneciente a la corona). Un aval así aseguraba que se prestara dinero a España, pues la riqueza en materias primas de la isla era inmensa; pero también hacía que los distintos gobiernos de la Restauración tendieran a gastar más de lo que tenían. En resumidas cuentas, más o menos como hoy.

Duro falso
Eran unos tiempos en los que las monedas tenían que estar respaldadas por su valor nominal en metales preciosos. Así, una moneda de una peseta debía contener esa misma cantidad en oro o plata (ya desde 1874 se utilizaban los billetes, pero éstos eran considerados un certificado de depósito por su valor en oro custodiado a buen recaudo en las cámaras acorazadas del Banco de España). Sin embargo, la grave carestía de oro hizo que en 1876 se emitiera una Real Orden que establecía que las principales monedas debían ser acuñadas en plata (aunque un año después se autorizaron algunas emisiones en oro). Así pues, los famosos duros (monedas de 5 pesetas) pasaron a acuñarse en ese metal.

Viñeta satírica sobre la pérdida de Cuba
Y poco después la diosa Fortuna vino a visitar a los gobiernos (también al español): se descubrieron nuevos y abundantes yacimientos de plata en México y Estados Unidos. Este golpe de suerte hizo que la producción de este metal aumentara hasta niveles insospechados. Y como es natural, a medida que la producción crecía, el precio de la plata fue bajando. La nueva situación le vino como anillo al dedo a dichos gobiernos, ya que fabricar monedas les costaba cada vez menos. Esto hizo que el Gobierno español empezara a emitir más y más moneda para sufragar los gastos del Estado. Sólo en 1898, año en que se perdieron los últimos restos del imperio de ultramar, se emitieron doscientos millones de duros de plata (un total de mil millones de pesetas), una cantidad exorbitante para la época y más que en cualquier otro año del siglo XIX.

Duro auténtico
Pero a pesar de todo el precio de la plata seguía bajando, lo que hacía que los duros tuvieran un valor nominal de cinco pesetas pero su valor real fuera de aproximadamente dos pesetas y media. Como es natural, esto beneficiaba enormemente a las arcas públicas, ya que hacer una moneda costaba más o menos la mitad de lo que se podía comprar con ella. Aprovechando la situación, se emitía más y más moneda a fin de inyectar liquidez en el sistema, muy maltrecho tras la pérdida definitiva del imperio. Claro que, estrictamente hablando, emitir moneda con un valor facial mayor que el valor del metal con el que estaba hecha significaba que el gobierno estaba cometiendo una estafa (legal, pero estafa a fin de cuentas), por lo que los gobernantes se guardaron mucho de informar de nada de esto a los españoles.

Aparecen los duros sevillanos

A pesar del secretismo que rodeó todo el asunto por parte del gobierno español, hubo gente que se dio cuenta de todo, entre ellos algunos falsificadores. Y es que la caída del precio de la plata no sólo beneficiaba al gobierno, sino también a quienes se dedicaban al rentable pero peligroso negocio de falsificar moneda. A partir de ese momento podían dejar de utilizar calamina o cobre bañado en plata para sus negocios y usar plata de verdad, la misma que el gobierno utilizaba para fabricar la moneda auténtica. Y del mismo modo que el gobierno ganaba dos pesetas y media por cada duro que fabricaba, ellos ganaban la misma cantidad por cada moneda falsa que colocaban en la calle. Acababan de nacer los “duros sevillanos”.

Imagen actual del Banco de España
El nombre de “sevillanos” vino de la leyenda de que un noble de Sevilla estaba detrás de su acuñación con el beneplácito de las autoridades, y a que se pensaba que en esta ciudad era donde más cecas (fábricas de moneda) ilegales había. En cualquier caso, tenemos constancia de donde aparece por primera vez ese nombre de forma oficial; en una sesión del Parlamento, un diputado por Gerona se quejó amargamente de que en su provincia había aparecido una ceca ilegal de “moneda sevillana”, lo que provocó la ofendida respuesta de un diputado por Sevilla, que dijo que además de la moneda esa afirmación significaba también “falsificar el apellido”.

Billete de 1.000 pesetas de 1895
En cualquier caso, el nombre prendió. Y también la práctica, que empezó a extenderse por toda España e incluso cruzó el Atlántico. Había fábricas de moneda ilegales por toda la geografía española, pero sobre todo en Cataluña, Alicante y por supuesto en Sevilla. Se llegó a detectar una partida de duros falsos acuñados en México que, curiosamente, contenían más plata que las monedas auténticas. Y naturalmente, las monedas falsas empezaron a circular por todo el territorio nacional a velocidad de vértigo. Algunas falsificaciones eran tan buenas que ni el mismo Banco de España era capaz de distinguirlas de las monedas auténticas. De vez en cuando la policía descubría alguna ceca ilegal y detenía algún grupo de falsificadores, pero en la práctica las autoridades eran incapaces de atajar el problema.

Viñeta satírica sobre los duros sevillanos
Y es que el gobierno se encontraba atado de pies y manos, ya que reconocer el desfase entre el valor nominal y el valor real de los duros pondría en evidencia que los primeros que habían iniciado la estafa habían sido ellos, con el peligro de que la moneda dejara de circular y se colapsara la economía. Así pues, prefirió guardar silencio, esperando que el gobierno siguiente solucionara el problema. Se produjo entonces la confirmación de una ley económica enunciada tres siglos antes por el economista Thomas Gresham: “la moneda mala acaba por desplazar a la buena”. Y es que cuando un español detectaba que le habían colado un duro sevillano, lo separaba e intentaba colocárselo a otro. Se formaron entonces dos mercados de duros, los buenos y los malos. Lo más curioso es que tanto unos como otros estaban adulterados en la misma medida.

La situación se descontrola

Tan buenas eran algunas falsificaciones que la Casa de la Moneda llegó a publicar un libro de instrucciones de ¡750 páginas!, en las cuales se descubrían todas las artimañas de los falsificadores y se enseñaba al público a identificar los duros malos. Fue en vano. El mercado quedó, literalmente, saturado de duros. De los casi 1.500 millones de pesetas en ese tipo de monedas que había en España, se calcula que más de 400 millones estaban en duros falsos. Esta situación hizo que el gobierno dejara de acuñar esta moneda en 1899, pero ni de este modo se arregló la situación. La cantidad de duros en la economía era tan grande que literalmente perdieron todo su valor. Se había producido lo que en Economía se conoce como “repudio de la moneda”. La gente no quería duros, ni buenos ni malos. Los niños jugaban con ellos en la calle y la mayor utilidad que se les podía dar era calzar alguna mesa.

Antonio Maura despachando con Alfonso XIII
En 1905 los obreros se negaban a cobrar en duros y exigían su salario en pesetas. Para otros pagos, se utilizaba el papel moneda que, como hemos dicho, se consideraba un depósito legal de oro en el Banco de España. La compañía de ferrocarriles (por entonces en manos privadas) no admitía el pago con duros en sus taquillas, e incluso los bancos dispensaban monedas falsas entre las buenas (y además no atendían reclamaciones al respecto). Era imposible comprar con duros porque todo el mundo los rechazaba, ya fuesen buenos o malos. Ante la caótica situación, el 16 de julio de 1908 el gobierno presidido por Antonio Maura decidió retirar todas las monedas de duro del mercado, confiando así en poder solucionar de una vez por todas el problema. Una esperanza vana, como veremos. Al menos en principio.

La solución al caos

He dicho que la esperanza fue vana porque en la Real Orden del 16 de julio de 1908 se especificaba que a las personas de “notoria buena fe” se les canjearían los duros falsos por un recibo con su valor de mercado en plata; es decir, que por cada duro falso el ciudadano recibiría dos pesetas y media, la mitad de su valor. El resultado fue fulminante: los duros dejaron de circular. Dándose cuenta de la metedura de pata, el gobierno rectificó al día siguiente con otra Real Orden (e incluso hubo una tercera del 29 de julio), por la que el canje se haría por el valor nominal (5 pesetas) en moneda de curso legal. Fue entonces cuando la situación empezó a reconducirse.

Canje de duros
Sólo el primer día se recogieron en Madrid 47.258 monedas falsas, y en 15 días se habían canjeado más de 13 millones. No obstante, no faltaron los problemas: largas colas, trifulcas y peleas, canjes mal hechos en los que se daba un duro falso a cambio de otro duro falso… Pero lo más curioso es que mucha gente decidió quedarse con las monedas y no canjearlas, ya que a fin de cuentas estaban hechas de plata buena y mantenían su valor al peso. Se calcula que, de los 80 millones de monedas falsas que llegaron a circular, los españoles guardaron en el colchón unos 3 millones de duros sevillanos.

Colección de duros sevillanos
A partir de entonces el gobierno tomó una decisión que debió haber tomado mucho antes: regular las importaciones y el mercado nacional de la plata. Se confiaba así en que no se repitiera la situación de picaresca que había iniciado el gobierno y de la que después se habían aprovechado los demás. Además, se consolidó el papel moneda como medio de pago, ya que era un valor seguro al considerarse una garantía de depósito en oro, bien guardado en las cajas fuertes del Banco de España. Las monedas dejaron de acuñarse en metales preciosos y de tener valor intrínseco, considerándose desde entonces del mismo modo que un billete: una garantía de depósito. En los años 20 del siglo XX se hicieron comunes las acuñaciones en níquel, un metal que no valía la pena adulterar ya que no tenía demasiado valor en sí mismo.

Cola para canjear duros
Los metales preciosos se reservaron para las monedas conmemorativas, los duros sevillanos se convirtieron en unas cotizadas piezas de coleccionistas (y de hecho, aún lo son) y durante algún tiempo se popularizó la expresión “eres más falso que un duro sevillano”. Con el tiempo, se abandonó el patrón oro para la acuñación de moneda, con lo que los gobiernos de todo el mundo respiraron aliviados: a partir de ese momento podían emitir cuanta moneda quisieran sin el respaldo de ninguna reserva en metales preciosos. Podían literalmente crear dinero de la nada y gastarlo como quisieran, sin más freno que la inflación. Y en ello siguen: creando dinero de la nada y gastándolo a manos llenas.

Los náufragos olvidados de Tromelin

No creo arriesgar mucho si digo que la inmensa mayoría de los lectores de este blog no conoce la isla de Tromelin. Yo mismo no oí hablar de ella hasta hace pocas semanas. Y no les estoy llamando ignorantes, es que este islote aislado de menos de 4 kilómetros cuadrados está en el Océano Índico, en medio de la nada, y no tiene ninguna importancia salvo para la observación meteorológica, como lugar de cría de tortugas marinas y como sitio de paso para las aves. Nadie lo conocería en la actualidad de no ser por un trágico suceso ocurrido allí en el siglo XVIII: el naufragio de un barco negrero y el posterior abandono de los esclavos que transportaba a su suerte. 

La isla de Tromelin azotada por las olas
Y es que quizá no haya peor crimen que un ser humano pueda realizar que esclavizar a otros seres humanos. Sin embargo, la esclavitud ha estado presente en la Historia desde la más remota antigüedad. No obstante, no se crean que esta horrible práctica es sólo cosa de los tiempos pasados; por ejemplo, Mauritania la prohibió en el no tan lejano 1981 y hasta 2007 era legal allí poseer un esclavo. Hoy en día se calcula que existen 24 millones de seres humanos en condiciones de esclavitud, más que en cualquier otro momento de la Historia humana, y es triste que a veces la vida humana no valga más que lo que el precio que alguien quiera ponerle. Es por eso que contaremos hoy la historia de supervivencia y resistencia de los olvidados náufragos de la isla de Tromelin.

La travesía de “L’Utile

El 17 de noviembre de 1760 partió del puerto francés de Bayona el navío “L’Utile”. Este barco pertenecía a la Compañía Francesa de las Indias Orientales, una empresa comercial fundada en 1664 para comerciar por todo el Océano Índico y hacer la competencia a sus homónimas inglesa y holandesa. “L’Utile”, comandado por el capitán Jean de La Fargue, llevaba una tripulación de unos 142 hombres, entre marineros y oficiales. Después de hacer una corta escala en el puerto de Pasajes (Guipúzcoa), puso rumbo a Madagascar. Allí debía cargar sus bodegas, continuar hasta Mauricio (llamada por entonces Île de France) y posteriormente dirigirse hacia las factorías francesas en la India.

Escudo de la Compañía Francesa de las Indias Orientales
Una vez llegados a Foulpointe, en la costa oriental de Madagascar, el capitán decidió que el viaje sería mucho más provechoso si incluía en la carga algo de contrabando; y la mercancía elegida fueron esclavos malgaches. La esclavitud estaba en vigor por aquel entonces en Francia (no fue abolida hasta 1794, tras el triunfo de la Revolución Francesa; aunque Napoleón la restableció en 1802 y no fue definitivamente eliminada hasta el año 1848). Sin embargo, el comercio de esclavos era monopolio del Estado y se necesitaba de un permiso especial para realizarlo, algo de lo que carecía “L’Utile”. No obstante el riesgo, compraron y cargaron a unos 150 esclavos y los embutieron en las bodegas, esperando venderlos en Mauricio y sacar pingües beneficios.

Disposición de los esclavos en un barco negrero
Claro que llevar contrabando de una mercancía que era monopolio del Gobierno era una labor peligrosa. Cualquier barco de guerra podía abordar a “L’Utile”, requisar a los esclavos y detener a toda la tripulación, de modo que decidieron no ir por la ruta convencional hasta Mauricio. Esta decisión les llevó a escoger una ruta menos transitada, algo peligroso dado los precarios mapas de la época, a la navegación nocturna y a que las fechas (julio de 1761) eran las de pleno invierno austral, y la mar no estaba para muchas bromas. Y en esas condiciones, pasó lo que muchos temían: el barco naufragó en medio de la nada.

El naufragio y la balsa

El 31 de julio de 1761, el barco chocó contra los arrecifes de la isla de Tromelin y embarrancó. El fuerte oleaje hizo el resto y “L’Utile” tardó poco en irse a pique. Alrededor de 70 esclavos (encerrados en las bodegas) y más de 20 miembros de la tripulación murieron en el naufragio, pero el resto logró llegar hasta la isla. Durante los siguientes días, lograron sacar del pecio gran parte del material que podía ser reutilizado, como velas, madera, provisiones y agua. Estos útiles les permitieron construir un precario refugio, encender un fuego y cavar un pozo, algo fundamental puesto que la isla no tenía fuentes naturales de agua.

Informe sobre las circunstancias del hundimiento
Tromelin, la isla en la que habían naufragado, no se llamaba así por aquel entonces. Había sido descubierta en 1722 por un marino francés llamado Jean Marie Briand, y bautizada como Île des Sables, que traducido significa Isla de la Arena. Y es que básicamente sólo hay arena en ella, además de unos pocos arbustos. El islote, totalmente rodeado de arrecifes y golpeado continuamente por los vientos alisios, apenas medía 4 kilómetros de largo y unos 700 metros de ancho. Su punto más alto apenas alcanzaba los 7 metros sobre el nivel del mar, y huelga decir que no había fuentes de agua potable en toda la isla. A más de 450 kilómetros de la tierra habitada más próxima, los náufragos se encontraban en mitad de ninguna parte, y sobrevivir allí iba a ser una dura tarea.

Situación de la isla de Tromelin (en la A)
Pero parece ser que en la supervivencia también hay clases. Los suministros rescatados del pecio se reservaron exclusivamente para los blancos. A los esclavos apenas se les dio agua y comida, teniendo que arreglárselas por su cuenta. Unos y otros sobrevivieron a base de pescado, tortugas y aves marinas, y en el cuaderno de bitácora se puede leer que “unos 20 negros murieron al no recibir agua”. Aun así, el primer oficial Barthelemy Castellan du Vernet (que había asumido el mando tras perder la cordura el capitán en el naufragio) logró involucrar a todos en la construcción de una balsa; a los blancos con la esperanza de escapar, y a los negros con la promesa de volver a rescatarlos y dándoles un escrito por el que los liberaba de la esclavitud.

Sello francés sobre la isla
Tras 6 meses de trabajos, la balsa finalmente estuvo terminada. Como era de esperar, no todos cabían, así que se embarcaron en ella los 123 blancos supervivientes. Los esclavos fueron dejados a su suerte con algo de agua, algunos víveres y la promesa de que pronto vendrían a por ellos. 60 personas quedaron abandonadas en la isla con la esperanza de que serían rescatados en un breve plazo. La esperanza fue vana, y los pocos que quedaron estuvieron en Tromelin otros 15 años.

El olvido

Poco más de 4 días después de partir, la balsa llegó a Mauricio. Castellan avisó a las autoridades de la situación, pero el gobernador se negó a enviar barcos para rescatar a los que habían quedado en la isla. Por una parte, estaba furioso de que se hubiesen desobedecido sus órdenes de vender esclavos; por otra parte, tenía una razón práctica: se estaba produciendo la Guerra de los Siete Años entre Francia e Inglaterra, y un bloqueo inglés a la isla podía hacer que tuviera demasiadas bocas que alimentar si traía a los esclavos de vuelta. Durante los siguientes meses, Castellan abogó insistentemente por enviar un barco de rescate, pero la negativa del gobernador era firme.

Fotografía actual de la isla
Finalmente, en agosto de 1762 Castellan regresó a Francia. La noticia de que 60 personas habían quedado abandonadas en Tromelin y las autoridades se negaban a rescatarles causó una cierta polémica en los círculos intelectuales de París, pero pronto el asunto quedó en el olvido ante las noticias de la guerra contra Inglaterra y la quiebra de la Compañía de las Indias Orientales, una de las mayores estafas de la Historia. Los esclavos dejados atrás quedaron abandonados a su suerte, sin alimentos, sin agua y sin madera, en una isla donde no había nada, y todos los dieron por muertos poco tiempo después.

Restos arqueológicos en Tromelin
Sin embargo, los náufragos estaban decididos a sobrevivir. Con la poca madera que les quedaba y los arbustos de la isla encendieron una hoguera en el centro del islote que se mantuvo viva a lo largo de los años. Cazaron aves y tortugas y pescaron marisco y peces. Fabricaron herramientas y recipientes para almacenar el agua de lluvia, y construyeron refugios con corales y arena apelmazada que les permitieron refugiarse de las tempestades y de las subidas de la marea (que a veces inundaba toda la isla). Pero no todos aceptaban estar allí; algunos empezaron a construir pequeñas balsas con las que poder salir de Tromelin. Se conocen al menos dos intentos, de los que nada más se supo. Otros se dejaron ir agarrados a un trozo de madera, y no hace falta decir cuál fue su destino.

Portada del cómic sobre el episodio
En 1773 un barco que pasaba cerca de la isla vio el fuego de los náufragos, pero no pudo acercarse y siguió su ruta. Cuando llegó a la Isla de Francia informó de la situación, pero no se le hizo mucho caso. Más de un año después, otro barco llamado “La Sauterelle”, logró hacer llegar a un marinero en un bote hasta la isla, pero el bote quedó destrozado y el marinero se convirtió en un náufrago más. “La Sauterelle” no logró acercarse debido al mal estado del mar, y debió abandonar las proximidades de Tromelin. El nuevo náufrago, junto a algunos de sus compañeros, construyeron una balsa que salió a la mar en 1776; en ella se embarcaron, además del marinero, 3 hombres y 3 mujeres. La balsa logró llegar a Mauricio, donde la noticia corrió como la pólvora y se dispuso un barco de guerra para acudir al rescate.

El rescate

El 29 de noviembre de 1776 el Caballero Bernard Boudin de Tromelin, al mando de la corbeta “La Dauphine”, llegó a la isla para rescatar a los náufragos que quedaban. Habían pasado más de 15 años desde el naufragio, y ya sólo quedaban 14 personas (incluido un bebé de 8 meses que había nacido allí y que sobrevivió junto a su madre y su abuela). En honor del caballero, la isla de las Arenas pasó a llamarse isla de Tromelin. Los supervivientes, que iban vestidos con plumas trenzadas, fueron recogidos y llevados a Mauricio. El nuevo gobernador de la isla, Jacques Maillart, declaró a todos los náufragos hombres libres, ya que habían sido esclavizados ilegalmente. Se les ofreció también llevarlos de vuelta a Madagascar, pero ellos se negaron.

Nicolas de Condorcet
Maillart hizo algo más: adoptó al bebé como suyo y le puso el nombre de Jacques Moyse (Moisés). Además, cambió el nombre de la madre a Eva (su nombre malgache era Semiavou, que se traduce como "alguien que no está orgulloso") y el de la abuela por Dauphine, en honor del barco de rescate. Todos fueron acogidos en casa de Maillart hasta el fin de sus días. Años más tarde, en 1781, Nicolas de Condorcet, en su obra “Reflexiones sobre la esclavitud de los negros”, narró la epopeya de los náufragos olvidados de Tromelin y abogó por la abolición de la esclavitud.

Restos de un refugio
Actualmente, la isla de Tromelin pertenece a Francia y en ella se encuentra una estación meteorológica. El personal acude en avioneta desde la vecina isla de Reunión. En el año 2015 se editó el cómic “Los esclavos olvidados de Tromelin” (Les Esclaves oubliés de Tromelin) de Sylvain Savoia, que narra el episodio. Asimismo, cuatro expediciones arqueológicas patrocinadas por la UNESCO se han llevado a cabo desde 2006 para tratar de comprender cómo los náufragos sobrevivieron quince años sin apenas medios. Han encontrado restos de un pozo de cinco metros de profundidad, un horno comunal, utensilios de cobre reparados muchas veces, herramientas varias, enterramientos y las casas que construyeron y donde se refugiaron. Por cierto, los sobrevivientes transgredieron así una costumbre malgache según la cual las construcciones de piedra estaban reservadas para las tumbas; pero cuando se trata de sobrevivir en contra de toda esperanza, ninguna costumbre o religión puede vencer al espíritu y al ingenio humano.

Juicios contra animales en la Edad Media

En el año 1457, en Savigny (Francia), se colgó hasta morir a la culpable del asesinato de un niño de cinco años que respondía por el nombre de Jean Martin. Los hijos pequeños de la condenada también habían sido hallados cubiertos de sangre en el lugar del crimen, pero no fueron condenados porque no pudo probarse su participación en los hechos. Hasta aquí, una historia triste pero relativamente normal en esa época; de no ser por dos detalles: el primero es que a la rea de muerte se la colgó de los pies después de hacerle varios cortes en las piernas, por lo que murió desangrada. El segundo, y más importante, es que la condenada (y sus hijos pequeños) no eran humanos, sino cerdos. 

Parodia del juicio a un cerdo
Y es que durante la Edad Media, e incluso en épocas posteriores, los juicios contra animales de todo tipo eran cosa común. Pero no se crean que estos juicios se basaban en supersticiones de gentes incultas, sino que se fundamentaban en un sistema lógico. Tanto San Agustín como Santo Tomás de Aquino sostenían que los animales tenían alma (aunque no inteligencia), y por lo tanto podían ser juzgados por las mismas leyes que los hombres. Con el paulatino abandono de esta creencia, los juicios fueron desapareciendo y el Derecho Penal se fue centrando en el único animal capaz de delinquir voluntariamente: el ser humano. Sin embargo, y como veremos a continuación, hasta bien entrado el siglo XVII se celebraron vistas judiciales (y ejecuciones) contra animales.

Los juicios contra las plagas

El autor E. P. Evans, en su obra de 1906 “The Criminal Persecution and Capital Punishment of Animals”, distinguía entre dos tipos de juicios contra los animales. Los primeros eran los que se realizaban contra bestias individuales por alguna acción criminal, mientras que los segundos iban dirigidos contra las plagas que afectaban a la agricultura. La diferencia no es menor, ya que los primeros los dirimían los tribunales civiles, mientras que los segundos eran competencia de los tribunales eclesiásticos. Y la razón de ello estribaba en que se consideraba que las plagas eran causadas por la intervención directa de Satanás, que poseía de forma periódica a algunas especies para desgracia de los humanos. No es que ratones, topos, orugas o langostas devoraran las cosechas, sino que el Diablo se servía de estos animales para su malvado plan.

Obispo excomulgando cochinillas en Suiza
Dichos juicios eclesiásticos observaban todas las formalidades legales: acusación, nombramiento de un defensor, proceso, discurso de la acusación, discurso de la defensa y sentencia. Si los animales eran encontrados culpables, la sentencia en principio era una admonición, que servía de advertencia para que la plaga cesara. Si aun así ésta continuaba, se producía la excomunión. En cualquier caso, ambas sentencias no iban dirigidas contra los animales en sí sino contra el espíritu maligno que los había poseído obligándoles a comportarse de esa manera. Además, la excomunión colocaba a los animales fuera de la ley de Dios, por lo que podían ser exterminados sin sentimiento de culpa alguno.

Animales criminalizados en un grabado medieval
Los ejemplos de procesos contra plagas son numerosos. Así, en 1520 se inició un proceso en Glurns (Suiza) contra unos ratones de campo acusados de comerse las cosechas. Se siguieron todos los formalismos legales (nombramiento de abogados, declaración de testigos, etc.) y finalmente fueron condenados a abandonar inmediatamente el pueblo y nunca más volver, aunque el tribunal guardó alguna consideración con las hembras embarazadas y los ratones lesionados, a los que dio 14 días de prórroga para irse:

Después de haber escuchado a la acusación, a la defensa y a los testigos, el tribunal decretó que las bestias dañinas conocidas bajo el nombre de ratones de campo serán conjuradas a marcharse de los campos y prados de la comuna de Stilfs en el plazo de catorce días, y que se les prohíbe eternamente todo intento de retorno; pero que si alguno de los animales estuviera embarazado o impedido de viajar debido a su extremada juventud, se le concederán otros catorce días, bajo la protección del tribunal… pero los que están en condiciones de viajar, deben partir dentro de los primeros catorce días

Asimismo, en el año 1120 ratones de campo y orugas fueron excomulgados por el Obispo de Laon (Francia) acusados de comerse las cosechas de la zona, en el año 820 los topillos del valle de Aosta (Italia) fueron anatemizados, y en 1451 les tocó el turno a las sanguijuelas de Lausana (Suiza) por el delito de devorar a los peces. Curioso es lo que ocurrió en 1690, cuando un tribunal presidido por un obispo juzgó a las orugas de un valle del Puy de Dome (Francia) y les ordenó retirarse. En vista de que no hicieron caso, recibieron el castigo máximo: la excomunión. El efecto fue fulminante ya que, transformados en mariposas, los gusanos desaparecieron por los aires. En agradecimiento, los pobres campesinos aceptaron pagar “los diezmos e impuestos atrasados” que le debían, justamente, al obispo. Como ven, la picaresca no estaba ausente de todos estos asuntos.

Posible imagen de Chassenée
Pero la palma de lo extraño se la lleva el siguiente caso: en 1522 las ratas de la diócesis de Autun (Francia) fueron llamadas a juicio por comerse las cosechas de cebada. Como exigía el procedimiento se les nombró a un abogado defensor, un tal Bartolomée Chassenée. Como las ratas no acudieron a la primera citación, Chassenée alegó que los roedores no habían recibido citación formal, por lo que se colgó dicha citación en la puerta de la iglesia. Al no presentarse la segunda vez, el abogado adujo que los preparativos para acudir eran laboriosos, ya que se habían convocado a ratas jóvenes y viejas. Al llegar el nuevo día fijado y no acudir de nuevo las ratas, Chassenée argumentó que sus defendidas debían ser protegidas de camino al tribunal de los gatos de los vecinos. Como dicha protección era costosa y las indemnizaciones en caso de muerte de alguna acusada eran elevadas, se postergó la comparecencia nuevamente, esta vez sine die. El juicio sigue sin celebrarse a día de hoy, por lo que podemos deducir que Chassenée ganó.

Pintura satírica del juicio a un burro
A finales del siglo XVI empezaron a surgir dentro de la Iglesia voces que desaprobaban este tipo de juicios. Eveillon, en su “Tratado de las excomuniones”, afirmaba que sólo el hombre bautizado puede ser excomulgado, y que por tanto no tenía sentido lanzar un anatema contra un animal. En su obra se lee “Eran tan simples como para hacer un juicio formal a las bestezuelas, citarlas, darles un abogado para defenderse, abrir una investigación de los daños por ellas causados. Luego conjuraban a los diversos animales, declarándoles que debían salir de todo el territorio y desplazarse a donde no pudiesen causar daño. Si el mal no cesaba con este conjuro, el juez eclesiástico pronunciaba sentencia de anatema y de maldición, y enviaba el auto de ejecución a los curas, sacerdotes y habitantes, invitándolos a hacer penitencia de sus pecados, ya que para su castigo enviaba Dios ordinariamente estas calamidades”. Sin embargo, este tipo de procesos siguieron realizándose hasta bien entrado el siglo XVII.

Los juicios contra los animales individuales

A diferencia de los juicios contra las plagas, que se dirimían en un tribunal eclesiástico, los juicios contra animales individuales acusados de algún crimen eran realizados por tribunales civiles. Eso no significaba que las garantías en el proceso fueran menores ya que, al igual que en los casos anteriores, se seguía un procedimiento reglado con abogados, declaraciones, deliberaciones y sentencia (que a veces era leída al animal con toda formalidad). En ocasiones se torturaba al animal para obtener una “confesión”, y para ello bastaban sus chillidos de dolor ante la tortura. Los reos eran custodiados en las mismas cárceles que los humanos (se registraban por el nombre de su dueño, por ejemplo, “El cerdo de X”), y por supuesto abogados, jueces y verdugos recibían sus honorarios habituales. Además, la cantidad asignada para el mantenimiento del reo era similar a la que se consignaba para sus colegas humanos.

Parodia medieval del juicio a un cerdo
La mayoría de los casos se dieron en Francia, Alemania, Suiza e Italia, pero se sabe por algunas referencias (entre ellas, las obras de Shakespeare) que también se dieron de forma habitual en Inglaterra. La primera sentencia de la que se tiene noticia es de 1266 (contra un cerdo), y la última data de 1692 (contra una yegua). Entre los métodos de ejecución, el más habitual era la horca (por ser considerado vergonzante), pero si el crimen era particularmente grave se recurrían a otros aún peores. Por ejemplo, en 1463 dos cerdos fueron enterrados vivos y en otra ocasión otro cerdo fue condenado a ser descuartizado. La sentencia era ejecutada con el mayor de los formalismos, entre los que se incluían la utilización de guantes por parte del verdugo. No obstante, no todas las sentencias eran a muerte (un carnero fue condenado al exilio en Rusia y un perro a un año de cárcel en Austria). En ocasiones incluso había sentencias absolutorias, como la de un caballo acusado de matar a su dueño que iba borracho. Incluso se dieron casos de perdones reales a animales condenados, como los concedidos por el duque de Borgoña a una piara de cerdos en 1379 en la aldea de Jussey.

Ejecución de la cerda de Falaise
A veces se le simulaban al animal rasgos humanos. Así ocurrió en uno de los casos más conocidos (por lo insólito), el de la cerda de Falaise. Este proceso ocurrió en 1386 y fue documentado por Guiot de Monfort (y por una gran pintura mural en la iglesia de la población). La cerda en cuestión fue detenida y juzgada por haber dado muerte a un niño en su cuna y haberse comido partes de su cuerpo. Condenada a muerte por el vizconde Pierre Lavengin, fue vestida con chaqueta y pantalones y llevada al cadalso atada a una yegua. Una vez en él, se le practicaron incisiones en los muslos y se le cortó el morro, poniéndole acto seguido sobre la cara una máscara humana. Después de haberse hecho esto, se la colgó de las patas traseras, no tardando el animal en morir por la ingente pérdida de sangre. Pero no acaba aquí la cosa: el cadáver fue atado de nuevo a la yegua y arrastrado varias veces alrededor de la plaza del pueblo, para a continuación ser quemado en una hoguera. Lo más curioso es que todos los habitantes del pueblo fueron obligados a asistir acompañados de sus cerdos para que los animales lo vieran todo y les sirviera de escarmiento.

La elefanta Mary ahorcada
Con el tiempo y el cambio de mentalidad, los juicios contra los animales fueron sustituidos por procesos contra sus dueños, al considerarse que éstos eran los responsables de los actos que dichos animales cometían. Eso no quitaba que, en caso de sentencia condenatoria, los animales fueran sacrificados aunque los dueños fueran sólo condenados a multas. Esta práctica llegó incluso hasta el siglo XX, como el caso de la elefanta Mary, que fue ahorcada de una grúa en 1917 en Tennessee por haber matado a su domador. O el de otra elefanta, Topsy, electrocutada el 4 enero de 1903 por haber matado también a tres hombres (incluido a su domador, un borracho que le daba a comer cigarrillos encendidos). Pueden ver un vídeo de su ejecución al final del artículo.

Casos espinosos: zoofilia y animales herejes

Los casos de zoofilia eran particularmente graves en la Edad Media, castigándose con la muerte inmediata e infamante en la hoguera. Sin embargo, los jueces no acusaban al animal directamente sino al humano, al considerar que la bestia no era culpable en este tipo de prácticas. Eso no quitaba que también fueran ejecutados en caso de sentencia condenatoria, ya que se pensaba que debían desaparecer al ser prueba y testimonio de la infamia. Es más, algunos tratados afirmaban que debían ser quemados en la hoguera por haber sido instrumentos del crimen.

Ejecución de un gato blasfemo
En cuanto a los animales herejes, la palma se la llevaban los gatos, especialmente los negros. La razón era que se creía que las brujas podían encarnarse en estos animales para cometer sus crímenes, de modo que los gatos se convirtieron en chivos expiatorios de cualquier desgracia inexplicable para la gente. Más adelante, los gatos se convirtieron en la encarnación del enemigo en las disputas entre católicos y protestantes, ya que ambas partes los consideraban blasfemos si cazaban ratones en domingo; la diferencia es que los católicos los mataban por considerarlos protestantes y los protestantes por considerarlos católicos.

Un mastín hereje en la horca
Pero no sólo los gatos podían ser heréticos: en 1534 un mastín fue condenado a la hoguera por haber ladrado al paso de una imagen de San José, a pesar de que el arzobispo en persona le ordenó que callara. Y para acabar, una curiosidad: no sólo los animales podían ser objeto de juicio y condena en la Edad Media. En el siglo XIV un bosque entero en Alemania fue talado y quemado al ser declarado cómplice de robo. Al parecer, el ladrón se había escapado de los guardias saltando de rama en rama de árbol, por lo que se consideró que había ayudado al criminal además de no haber hecho nada para evitar su huida. No cabe duda de que esos eran malos tiempos para no ser humano. Y qué diablos, también para serlo.

EJECUCIÓN DE LA ELEFANTA TOPSY


Las (falsas) coincidencias entre Lincoln y Kennedy

Vivimos en la era de la información. Jamás en la Historia los seres humanos han tenido a su disposición tanto conocimiento como en nuestros días. Estamos permanentemente conectados unos con otros a través de las redes sociales, y disponemos de acceso infinito a todo tipo de saber mediante la magia de internet. Y sin embargo (o puede que gracias a ello), nunca antes las leyendas urbanas y las noticias falsas han gozado de mayor auge. De vez en cuando aparecen variaciones sobre “la chica de la curva”, “la Coca Cola es corrosiva” o “los huevos se fríen con las radiaciones de los teléfonos móviles”. Y seguirán apareciendo éstas y otras nuevas, ya que el hombre tiende a creer lo que le llama más la atención.
Abraham Lincoln y John F. Kennedy
La Historia no es inmune a este fenómeno. Ya antes se han desmentido en esta página mitos tales como que “Hugo Boss diseñó los uniformes de las SS”, “los romanos vomitaban para seguir comiendo y se agarraban fuertemente los testículos para jurar” o “la muerte de un gladiador se pedía con el pulgar hacia abajo”. Hoy toca desmentir otra leyenda urbana fuertemente arraigada y que se repite con cierta frecuencia: la de las asombrosas coincidencias entre Kennedy y Lincoln. Porque a pesar de que ya a finales de los años 60 del siglo XX se reveló que gran parte de ellas eran exageradas, forzadas o sencillamente falsas, nunca falta quién repita una lista de esas coincidencias. Y es que la mente humana tiende a ver patrones donde no los hay, por mucho que algunos nos esforcemos en hacer prevalecer la verdad.

La lista

Supongo que muchos de los lectores la han visto, ya que de vez en cuando aparece en las redes sociales. Incluso autores de cierto prestigio se han hecho eco de ella. La primera versión apareció en 1964, a raíz del asesinato de Kennedy, aunque una versión reducida había sido publicada un poco antes en el “G.O.P. Congressional Committee Newsletter”. Han circulado diferentes listas a lo largo de los años, algunas más extensas y otras más reducidas. Con el auge de las nuevas tecnologías, la lista fue engordando y difundiéndose a velocidad de vértigo, y aunque ya a finales de los años 60 del siglo XX el matemático Martin Gardner publicó una refutación, ha seguido siendo creída y compartida de unos a otros.

Una de las versiones de la lista
A continuación reproducimos la lista con todas las coincidencias que hemos podido encontrar (aunque como ya hemos dicho, existen algunas listas más reducidas y otras más extensas). Debajo de cada “asombrosa casualidad”, exponemos también su correspondiente refutación:

1.- Abraham Lincoln fue elegido congresista en 1846. John F. Kennedy lo fue en 1946.

En primer lugar, hay que decir que no es más asombroso que dos acontecimientos estén separados por 100 años de diferencia de lo que sería si estuviesen separados por 83 o por 109, salvo por la fascinación que siente el ser humano por los números redondos. En cualquier caso el dato es cierto, sólo que a partir de ahí las diferencias son enormes: Kennedy fue reelegido para el puesto en 1948 y 1950, siendo elegido después senador en 1952 y 1958; Lincoln, por su parte, ni siquiera se presentó a la reelección para la Cámara de Representantes en 1848 y fracasó en las elecciones al Senado de 1854 y 1858.

2.- Lincoln fue elegido Presidente en 1860, Kennedy en 1960.

Además de repetir la reflexión hecha en el apartado anterior, el dato no es tan increíble si tenemos en cuenta que las elecciones presidenciales se celebran cada 4 años, y que dos hombres que comenzaron su carrera política con 100 años de diferencia es lógico que lleguen a la presidencia con ese mismo lapso, por la sencilla razón de que no pudieron hacerlo con 99 o con 101 al no haber elecciones en esos años. Por otra parte, Lincoln fue reelegido para un segundo mandato, mientras que Kennedy fue asesinado en el primero.

John Wilkes Booth, asesino de Lincoln
3.- Ambos perdieron la nominación de su partido para la vicepresidencia, Lincoln en 1856 y Kennedy en 1956.

Y volvemos a los 100 años, por lo que me remito a los apartados anteriores. Fuera de eso, decir que ha habido más perdedores de elecciones que ganadores, por lo que tampoco es tanta casualidad.

4.- Ambos presidentes fueron el segundo hijo de sus padres.

Más allá de este dato (que es cierto), decir que Lincoln tenía una hermana mayor mientras que Kennedy tenía un hermano. Y no, no hay 100 años de diferencia en el nacimiento o la muerte de dichos hermanos.

Ficha policial de Lee Harvey Oswald
5.- Los apellidos Lincoln y Kennedy contienen cada uno de ellos 7 letras.

La media del número de letras en los apellidos de los Presidentes de Estados Unidos es de 6,63, por lo que ha habido muchos Presidentes cuyos apellidos tenían 7 letras. Otro dato interesante es que más del 30% de los apellidos en ese país tienen 7 letras. Así pues, no podemos hablar en este caso de una asombrosa coincidencia.

6.- Ambos concentraron sus esfuerzos hasta el último día de sus vidas en los Derechos Civiles.

Y como ellos muchos otros presidentes norteamericanos. No obstante, hay un dato curioso: mientras que Lincoln sí que abogó toda su vida por abolir la esclavitud, Kennedy votó en 1957 (siendo senador) a favor de una enmienda que limitaba la capacidad de los tribunales para perseguir a los que violaban los Derechos Civiles. La enmienda en cuestión impedía que alguien que había conculcado dichos derechos en otra persona pudiera ser condenado por ello. Saquen ustedes sus propias conclusiones.

Además, decir que ambos estaban preocupados por los Derechos Civiles es como decir que Roosevelt y Obama estaban preocupados por la Economía: una obviedad. Tanto Lincoln como Kennedy tuvieron que lidiar con este tipo de problemas debido a circunstancias que les tocó vivir, así que es lógico que estuvieran preocupados por ese tema.

Andrew Johnson, sucesor de Lincoln
7.- Ambos fueron asesinados por balazos en la cabeza desde atrás.

Hasta el día de hoy ha habido 4 presidentes de Estados Unidos asesinados, y los 4 lo fueron por disparos. En cuanto a que la cabeza fuera el objetivo, está claro que si se quiere matar a alguien con un tiro hay que apuntar ahí o al pecho. Y sí que es cierto que los dos fueron disparados por detrás, pero mientras el asesino de Lincoln lo hizo a bocajarro con una pistola dentro de un edificio, a Kennedy le dispararon con un rifle estando en la calle.

8.- Ambos Presidentes fueron tiroteados en viernes.

Cierto, pero habiendo sólo 7 días cada semana la cosa no es para emocionarse, ¿no creen? Hay una posibilidad entre 7 de que dos personas sin ninguna relación mueran el mismo día de la semana (y no 1 entre 49, un error que cometen los neófitos en estadística).

9.- Las esposas de ambos perdieron un hijo viviendo en la Casa Blanca.

Esta es una afirmación con trampa. Es cierto que ambos Presidentes perdieron un hijo mientras ocupaban el cargo, pero si rascamos un poco las discrepancias entre ambos hechos son profundas.

Para empezar, todos los hijos de Lincoln nacieron antes de llegar a la Casa Blanca, y el matrimonio en realidad perdió dos hijos (aunque sólo uno murió durante el mandato de Lincoln como presidente): Edward Lincoln murió de tuberculosis en 1850, justo antes de su cuarto cumpleaños, y Willie, el hijo de once años del matrimonio, sucumbió a la fiebre tifoidea al final de su primer año de mandato. Por otra parte, Kennedy y su esposa eran lo bastante jóvenes como para tener hijos después de entrar a la Casa Blanca, y un niño prematuro nacido en 1963 murió dos días después.

Además, existen otras diferencias: los Lincoln tenían cuatro hijos, todos varones, y sólo uno de ellos vivió más allá de la adolescencia. Kennedy y su esposa tuvieron tres hijos, dos niños y una niña, dos de los cuales sobrevivieron hasta la edad adulta.

Lyndon B. Johnson, sucesor de Kennedy
10.- Lincoln tenía un secretario de apellido Kennedy, que le advirtió que no fuera al teatro donde fue asesinado. Kennedy tenía una secretaria de apellido Lincoln, que le advirtió que no fuera a Dallas.

Rotundamente falso. Lincoln no tenía ningún secretario llamado Kennedy. Además, no consta que Evelyn Lincoln (la secretaria de Kennedy) le hiciera ninguna advertencia sobre el viaje a Dallas. Abraham Lincoln sí que fue advertido de no acudir a actos públicos, pero es que unas semanas antes de morir le habían agujereado el sombrero de un disparo, así que la advertencia era lógica. Esto de las advertencias tiene su gracia, ya que ambos fueron avisados en varias ocasiones de no asistir a eventos públicos, pero después de ir no fueron tiroteados.

11.- Ambos fueron asesinados por individuos que eran sureños.

Resulta curioso que el asesino de Lincoln naciera en Maryland, el estado esclavista más al norte (y que permaneció en la Unión durante la Guerra Civil). De hecho, este hombre se consideraba “un norteño que entendía al sur”. Oswald sí que nació en el sur (en Nueva Orleans), aunque fue dando tumbos por el país a lo largo de su vida. Lo importante del caso es que la filiación regional, que era importante en el siglo XIX, no tenía demasiado sentido en el siglo XX.

12.- Ambos fueron sucedidos en el Gobierno por sureños.

Ambos fueron sucedidos por los que eran sus Vicepresidentes. Cierto que los dos eran sureños, pero es que Lincoln era un republicano del norte en medio de una guerra civil y necesitaba a un demócrata sureño para asegurarse la reelección, y Kennedy era un candidato de Nueva Inglaterra que necesitaba a alguien del sur para atraerse el voto de esa parte del país. No hay nada extraño en ésto.

13.- Ambos sucesores se apellidaban Johnson. Andrew Johnson, quien fue el sucesor de Lincoln, nació en 1808. Lyndon B. Johnson, quien fue el sucesor de Kennedy, nació en 1908.

Decir en Estados Unidos que alguien se apellida Johnson es como decir que alguien en España se apellida García. En cuanto a las fechas del nacimiento, me remito a lo dicho en los primeros puntos.

Mary Todd, esposa de Lincoln
14.- John Wilkes Booth, asesino de Lincoln, nació en 1839. Lee Harvey Oswald, asesino de Kennedy, nació en 1939.

Falso. Oswald sí que nació en 1939, pero Booth nació en 1838.

15.- Ambos asesinos fueron conocidos por el mundo con sus tres nombres. Los dos nombres están formados por 15 letras.

Traída por los pelos. Es cierto que ambos fueron conocidos por sus tres nombres, pero sólo después de los asesinatos. Antes de ellos, Booth era conocido como J. Wilkes, y Oswald simplemente como Lee. En cuanto al número de letras, decir que ni sus nombres ni sus apellidos por separado tienen el mismo número de caracteres, así que la coincidencia carece de relevancia.

16.- Ambos criminales huyeron corriendo del lugar de los hechos.

¿Y cómo querían que huyeran? ¿Paseando? De todos modos, a Oswald no se le vio correr saliendo del almacén de libros de Dallas.

17.- Ambos fueron capturados pocos minutos después del magnicidio en el sitio donde se ocultaban.

Los asesinos trataron de huir, por lo que es normal que fueran capturados en el sitio en el que se ocultaban, ¿no? Además, ninguno fue arrestado a los pocos minutos: Oswald no fue capturado hasta pasadas varias horas del magnicidio de Kennedy, y Booth fue capturado ¡3 días después!

Jacqueline Bouvier, esposa de Kennedy
18.- Booth disparó a Lincoln en un teatro y se escondió en un almacén. Oswald disparó a Kennedy en un almacén y se escondió en un teatro.

Bastante inexacto. Booth disparó en un teatro y se refugió en un secadero de tabaco (no en un almacén). Oswald disparó desde (y no en) un almacén de libros y se refugió en un cine.

19.- Ambos homicidas fueron asesinados antes de comparecer en un juicio, y sin haber confesado.

Oswald sí que fue asesinado por Jack Ruby, y siempre negó haber disparado al Presidente. Booth, sin embargo, no fue asesinado, sino que fue abatido por la policía en su escondite y por tanto poco pudo confesar.

20.- Un mes antes de ser asesinado, Lincoln había estado en Monroe, Maryland. Un mes antes de ser asesinado, Kennedy había estado con Marilyn Monroe.

No alcanzo a ver la relación entre un pueblo de Maryland y una actriz, más allá de que se llamen igual. De hecho, esta coincidencia fue sugerida como broma en un concurso. Este es un ejemplo de hasta dónde se buscan coincidencias y patrones donde no los hay.

21.- Ambos fueron capitanes de barcos.

Esto tiene su gracia. Es cierto que Kennedy estuvo al mando de la lancha torpedera PT-109 durante la Segunda Guerra Mundial; Lincoln, sin embargo, todo lo que hizo fue conducir en su juventud una almadía con la que comerciaba.

Kennedy momentos antes del atentado
22.- Ambos estaban con sus esposas al momento de los atentados y ninguna de ellas resultó herida. Ambas sostuvieron las cabezas de sus esposos cuando se encontraban heridos de muerte.

Ambos estaban con sus esposas porque, como tantos otros Presidentes, acostumbraban asistir a los eventos públicos con ellas. Ninguna resultó herida porque los objetivos de las balas eran sus maridos y no ellas. Y ambas les sostuvieron la cabeza porque ese es un comportamiento normal. Así pues, poco misterio hay en ésto.

23.- Lincoln fue tiroteado en el Teatro “Ford”. Kennedy lo fue en una limusina de la marca Ford, modelo “Lincoln”.

Nada se dice del hecho de que el Ford que daba nombre al teatro nada tiene que ver con el Ford que fundó la marca de coches. Y no es cierto que Kennedy fuera en un Ford Lincoln; en realidad iba en un coche de la marca Lincoln, marca de la que era dueña la compañía Ford.

Las demás coincidencias, las bromas y el cuento de nunca acabar

Como hemos dicho, la anterior es una selección de las coincidencias entre ambos Presidentes que pueden encontrarse por internet. Pero no son las únicas, y circulan por ahí listas más amplias. De hecho, en un momento dado se organizó un concurso en el que se pedían más coincidencias entre Lincoln y Kennedy (de este concurso salió lo de Monroe, Maryland y Marilyn Monroe). Dicho concurso dejó perlas tales como que a ambos Presidentes les gustaba sentarse en una mecedora, que ambos citaban a la Biblia o a Shakespeare, que los dos medían más de 1,80 metros y eran corpulentos, que en el momento de los atentados Lincoln se encontraba sentado en el teatro en el balcón 7 y Kennedy se encontraba en el séptimo vehículo de la caravana presidencial, que ambos Presidentes murieron en los lugares donde intentaron salvar sus vidas, cuyos nombres comenzaban con “P” y con “H” (en el caso de Lincoln, murió en “Paterson House” y en el de Kennedy en el “Park Hospital”), que ambas autopsias fueron practicadas por personal médico militar, que ambos mandatarios fueron sepultados en ataúdes de caoba, que los restos de ambos Presidentes descansan muy cerca el uno del otro, o que sus sucesores eran chatos y se peinaban hacia atrás.

Asesinato de Lincoln
También ha habido bromas con respecto a estas coincidencias. Así, por ejemplo, la web humorística Clickhole, añadió a la lista "Lincoln nació en domingo y Kennedy en martes, que es sólo dos días después del domingo". Y en un episodio de la serie “Los Simpson”, Homer habla con Marge de golf y dice “¿Sabías que Lincoln y Kennedy tenían el mismo hándicap?”. En cualquier caso, nada se dice de las diferencias entre ambos presidentes, que son muchas e importantes: Lincoln nació en 1809, Kennedy en 1917; Lincoln murió en 1865 con 56 años, Kennedy en 1963 con 46 años. Ni siquiera murieron el mismo mes, a pesar de que las probabilidades son de una entre doce, que tampoco es tanto. Y estos son sólo algunos ejemplos.

No somos tan ilusos como para creer que este artículo acabará de una vez por todas con la dichosa lista de coincidencias. El ser humano tiende a creer lo que le resulta atractivo, y nada atrae más que una buena conspiración mágica que desafíe a la aburrida lógica. Esto es el cuento de nunca acabar, pero al menos habremos puesto nuestro granito de arena en pro de la verdad.

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