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La leyenda del Banquete de las Castañas, la mayor orgía vaticana

En el galimatías que representaba Italia en el Renacimiento, una familia de origen español fue una de las grandes protagonistas: los Borgia. Si bien no eran mejores ni peores que otras familias nobles de la época y el lugar, como los Orsini, los Sforza o los Medici, la leyenda negra de esta familia, acrecentada por la literatura posterior, los ha retratado como un cúmulo de maldades. Su fama de asesinos, envenenadores e incestuosos les ha perseguido a lo largo de los tiempos (en gran parte debido a libelos escritos por sus rivales) y ha dejado de lado, por ejemplo, su mecenazgo a las artes, su magnífica administración de los asuntos financieros de la Iglesia o su liderazgo político. No en vano, uno de los modelos de “El Príncipe” de Maquiavelo es César Borgia (el otro, curiosamente, es Fernando el Católico).

El Banquete de las Castañas según la serie inglesa "Los Borgia"
Uno de los episodios legendarios que les atribuye dicha leyenda negra es el de “El Banquete de las Castañas” (también conocido como “El baile de las castañas”), una bacanal organizada por los Borgia en la víspera de la fiesta de Todos los Santos del año 1501. El episodio, del que se tienen serias dudas sobre su veracidad, ha pasado a lo largo de los años de boca en boca como la mayor orgía organizada jamás en el Vaticano. Y si bien la mayoría de los historiadores modernos descartan que tal orgía ocurriera (aunque sí admiten que pudo haber un banquete o una fiesta organizada por César Borgia a la que asistieron varios cardenales), la mala fama que ha perseguido a esta familia ha hecho que este suceso se haya repetido hasta la saciedad. Veamos qué hay de cierto en todo estos hechos.

La mala fama de los Borgia

Nombrar a la familia Borgia supone evocar historias de sexo, violencia, asesinato, incesto, simonía y perversión. De todo esto y más se acusó a la familia Borgia a lo largo de su vida e incluso después. Sin embargo, sus acciones no sólo han sido exageradas en el tiempo, sino que no constituyen una excepción en la convulsa Italia del Renacimiento, donde en las familias poderosas a menudo el asesinato era un elemento más para garantizar su poder. No había otra opción en esa época: o matabas o te mataban. A pesar de su fama de mecenas de las artes y de protectores de la cultura, la cosa no era muy diferente para los Medici o los Sforza, por poner dos ejemplos señeros. Incluso dentro de la Iglesia la situación era similar. Para hacernos una idea, el más casto de los Papas entre los dos que dio la familia Borgia fue Pío II, y eso que había tenido un hijo antes de ser nombrado.

Calixto III
La dinastía comenzó con Alfonso de Borja, que fue profesor de Derecho en la Universidad de Lérida. Dice una leyenda que en 1409, cuando el dominico, predicador y filósofo Vicente Ferrer estaba predicando, Alfonso de Borja mostraba tanto entusiasmo que en un momento dado Vicente Ferrer se le quedó mirando y dijo "Tú serás Papa y a mí me harás santo". Y sus palabras se cumplieron: en 1443 fue nombrado cardenal y en 1455 Papa, adoptando el nombre de Calixto III. Durante su papado promovió a su sobrino Rodrigo, nombrándolo cardenal con apenas 25 años, y posteriormente Vicecanciller (el hombre más importante de Roma tras el Papa), cargo que conservó en los papados sucesivos hasta conseguir él mismo la tiara papal en 1492, bajo el nombre de Alejandro VI.

Escudo de la familia Borgia
Rodrigo sentía gran atracción hacia el sexo femenino, y de hecho tuvo varios hijos después de ser ordenado cardenal. Lo escandaloso no era el asunto en sí, ya que todos lo hacían (el cardenal Bartolomeo Bonatti decía "Si todos los niños que nacieran en el término de un año llegaran vestidos como sus padres, es bien cierto que muchos de ellos llegarían vestidos de sacerdotes y cardenales"), sino que los reconociera con toda naturalidad. Dos de esos hijos forman parte de la leyenda negra de los Borgia: César y Lucrecia. César era un ambicioso joven que fue nombrado cardenal poco después de cumplir los 20 años, aunque renunció al cargo (uno de los pocos casos en la Historia) para conseguir el puesto que ambicionaba: capitán general de los ejércitos pontificios. Para ello, estuvo involucrado en el asesinato de su hermano Juan, anterior ocupante del cargo.

Supuesto retrato de Giulia Farnese, amante de Alejandro VI
En cuanto a Lucrecia, se han contado auténticas barbaridades de ella. Desde que era envenenadora hasta que mantenía relaciones incestuosas con su padre y su hermano. La realidad era bien distinta, y fue utilizada como un peón en las complejas alianzas que su padre trató de conseguir para cimentar el poder de la familia. Gran parte de la mala fama de esta mujer proviene de una obra de Victor Hugo, que dio lugar a una ópera escrita por Gaetano Donizetti. Para hacernos una idea, en la escena final se produce el asesinato de su propio hijo (junto a otras cinco personas). Alejandro Dumas padre abundó en la idea en su obra "Les crimes celebres", donde se refiere a Lucrecia como una mujer "de imaginación desenfrenada, atea por naturaleza, ambiciosa e intrigante" y afirma que fue amante de su padre y de su hermano que, según sus propias palabras, constituían "un trío diabólico".

Alejandro VI, Lucrecia y César Borgia
En este trasfondo histórico sucedió el hecho que narramos aquí, pero no debemos olvidar que la imagen que sus enemigos querían transmitir de los Borgia (y que ha llegado hasta nuestros días) era la de una familia que constituía el culmen de la depravación y la maldad. En gran parte, esta mala fama provenía por el hecho de ser españoles en un mundo donde reinaban los italianos. Más concretamente, les acusaban de “catalanes”, que tan mal recuerdo habían dejado durante la expansión militar aragonesa por el sur de Italia y Sicilia. No en vano, el posterior Papa Julio II (el mismo que escandalizó a Lutero por su vida licenciosa) calificaba a Alejandro VI como “un catalán, marrano y circunciso”. Llama la atención que ponga “catalán” al mismo nivel que los otros insultos (que equivalían a llamarlo judío converso).

El Banquete de las Castañas

En la noche del 30 de octubre del año 1501, víspera del día de Todos los Santos, el Papa Alejandro VI y su hijo César Borgia organizaron en el Palacio Apostólico Vaticano una gran fiesta. A dicha fiesta fueron invitados varios cardenales y obispos, además de las autoridades más importantes de Roma. Como era habitual en estas celebraciones, el banquete fue fastuoso y no se reparó en gastos, sirviéndose una gran variedad de comidas y bebidas para solaz de los allí presentes (aunque hay que decir que, debido a la fama de envenenadores de los anfitriones, muchos llevaron a su propio catador de alimentos). No obstante, y a pesar de que las viandas eran fabulosas, lo mejor estaba por llegar.

Palacio Apostólico Vaticano en el siglo XVI
Y es que una vez terminados los postres, y ante la sorpresa de los invitados, César Borgia dio orden de que se recogieran las mesas y se dispusieran varios candelabros por el suelo. Acto seguido, entraron en la estancia unas cincuenta cortesanas (eufemismo por aquel entonces para prostitutas de lujo) que empezaron a danzar de forma sensual en torno a ellos. Conforme iban bailando, se fueron desnudando lentamente y al compás de la música, mientras sus alargadas sombras se proyectaban por las paredes de la sala. Sin embargo, y a pesar de que el ambiente se iba caldeando, la cosa no había hecho más que empezar.

Alejandro VI
César Borgia ordenó que ataran las manos de las mujeres a la espalda, y a continuación mandó arrojar un buen número de castañas al suelo. Los frutos quedaron esparcidos entre los candelabros, y César ordenó a las cortesanas que los recogieran tal y como estaban; es decir, con las manos atadas a la espalda. Esa circunstancia obligaba a las mujeres a recogerlos con la boca, de forma que tenían que adoptar posturas lascivas ya que al agacharse enseñaban sus grupas a los invitados. Todo esto hizo que la temperatura se caldeara aún más de lo que ya estaba. Tanto se calentó el ambiente, que los más excitados no pudieron refrenarse y se lanzaron a por las prostitutas.

César Borgia
Esa fue la señal de salida. Comenzó entonces una orgía de proporciones bíblicas (si se me permite la expresión). Durante varias horas, todos los presentes (incluidos los cardenales y los obispos) se entregaron a la fornicación más extrema. Para rizar el rizo, el Papa anunció que habría grandes premios (lujosos zapatos, caros ropajes y joyas) para aquellos que fueran capaces de yacer con más cortesanas. Para evitar que nadie hiciera trampa, un grupo de criados llevaba la cuenta de cuantas veces había eyaculado cada uno de los invitados. La bacanal duró hasta bien entrada la madrugada, de forma que el Papa no pudo asistir al día siguiente a las ceremonias del Día de Todos los Santos; esto hizo que el escándalo se acrecentara aún más.

Las fuentes y su dudosa veracidad

Si bien el acontecimiento es lo bastante atractivo como para que haya ido pasando de boca en boca a lo largo de los siglos, y que es muy probable que los Borgia hayan participado en eventos parecidos en el transcurso de sus vidas, parece ser que es falso (o al menos bastante exagerado). Y esta afirmación se basa en que las dos fuentes que recogen el episodio tienen una veracidad más que dudosa. Por una parte, tenemos la llamada “Carta a Salvelli”, una misiva anónima supuestamente enviada a un noble romano en la corte austriaca. Por otra parte, contamos con el “Liber Notarum”, una especie de dietario y registro secreto de celebraciones papales escrito por Johann Burchard, sacerdote y maestro de ceremonias del Vaticano en aquella época, y que apareció misteriosamente en América mucho tiempo después.

Cena de Alejandro VI
Por lo que respecta a la “Carta a Salvelli”, un documento anónimo aparecido en Tarento y al parecer dirigido a Silvio Salvelli, un noble romano refugiado en la corte austriaca, baste decir que también se la conoce como “Lettera Antiborgiana” (Carta contra los Borgia), ya que narra multitud de episodios donde pone de manifiesto la maldad y la depravación de esta familia, comparándolos literalmente a Calígula y Nerón. Sin duda alguna es uno de los ataques más despiadados contra los Borgia, de entre todos los panfletos y libelos contra ellos que circularon por Europa en esa época. Parece ser que la carta buscaba desprestigiar a la familia Borgia ante la corte austriaca y evitar que se produjera una alianza entre estos y el emperador Maximiliano I.

Banquete de las Castañas, según Milo Manara
Para ello, en la misiva (supuestamente compuesta por el literato napolitano Gerolamo Mancione) se exageran e inventan todo tipo de acciones, desde esta y otras orgías hasta los supuestos incestos de Alejandro VI y César Borgia con Lucrecia. Durante mucho tiempo se consideró una fuente fidedigna y fue uno de los principales sustentos de la leyenda negra contra los Borgia. Con respecto a este banquete, señala:

“¿Quién no se escandaliza al escuchar los relatos de la monstruosa lujuria que se practica abiertamente en el Vaticano, desafiando a Dios y a toda la decencia humana? ¿Quién no siente rechazo por la perversión, el incesto y la obscenidad del hijo y la hija del Papa y de las hordas de cortesanas que hay en el palacio de San Pedro? No existe casa de perversión o burdel que no sea menos respetable. El primero de noviembre, la Fiesta de Todos los Santos, cincuenta cortesanas fueron invitadas a un banquete en el palacio pontificio y su actuación ahí fue de lo más repugnante. Rodrigo Borgia es un abismo de vicios y un destructor de toda justicia, humana o divina.

No obstante, su veracidad es más que dudosa, ya que muchos de los hechos que narra están desmentidos por fuentes contemporáneas y posteriores. Además, algunos de los episodios que cuenta son posteriores a su fecha (15 de noviembre de 1501), como la marcha de Lucrecia a Ferrara o la conquista de Urbino y Camerino por César Borgia, por lo que es imposible que el autor los supiera. La teoría más aceptada hoy en día es que esta carta fue un libelo encargado por los Colonna, familia rival de los Borgia.

Lucrecia Borgia y Alejandro VI
En cuanto al “Liber Notarum”, es importante señalar que su autor, Johann Burchard, era un enemigo declarado de los Borgia. En el libro se exageran (o directamente se inventan) acusaciones de toda clase contra la familia del Papa, y se incluyen descripciones de las supuestas fechorías de todos los miembros de la familia. Y si bien incluye una muy vívida y detallada descripción de este banquete, la opinión más general es que muchas de las cosas que se cuentan son exageradas. Es revelador lo que su sucesor escribía de Burchard:

(…) Les pido que en este comienzo, mientras estoy escribiendo y explicando las acciones de tantos prelados, los detractores malintencionados no se rían de mis escritos, especialmente mi colega Johannes Burchard, que es mucho más un asociado en mi oficina que mi amigo en la caridad, de la que no hay nada en él. Porque cuando se dio cuenta de que yo aspiraba a su trabajo, desde ese momento (…) se esforzó por hacer que me despidieran.

En resumen, es muy probable que en la víspera de Todos los Santos de 1501 se celebrase un festín en el Palacio Apostólico Vaticano, y que incluso hubiera en él cortesanas que amenizaran la velada con música y danza; pero es muy improbable que una orgía como la descrita se produjera, y que el acontecimiento sólo sea un episodio más de la leyenda negra contra una familia que suscitaba envidias por su poder y riqueza, pero sobre todo por ser española (para ellos, catalana) en un avispero lleno de italianos.

El Titanic y la teoría de la conspiración

Todas las generaciones han vivido episodios que les han hecho sentir que la Historia del mundo se dividía en un antes y un después. Son hechos que marcan a una gran cantidad de gente, hasta el punto de que las personas recuerdan con exactitud qué estaban haciendo justo en el instante en que se enteraron del acontecimiento. En mi caso, quizá el momento más impactante fue el ataque a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, pero otras personas de más edad tal vez recuerden como si fuera ayer la llegada del hombre a la Luna. Y si nos remontamos un poco más allá en el tiempo, sin duda un acontecimiento de este tipo fue el hundimiento del Titanic.

El Titanic a la salida de puerto
La fascinación que este barco ejerce sobre el imaginario colectivo es enorme. A más de 100 años de su hundimiento seguimos devorando todas las nuevas noticias que salen sobre él. Cada 14 de abril, los medios tradicionales e internet se inundan de artículos rememorando la tragedia. Pero como no podía ser de otro modo, también aparecen distintas teorías de la conspiración que tratan de explicar a su modo el porqué del hundimiento. No es algo nuevo: cualquiera de los otros acontecimientos que he nombrado antes comparte esas mismas características y casi los mismos chiflados que afirman que la versión oficial es falsa y vivimos engañados. En este artículo repasaremos algunas de las más desatinadas hipótesis que se han dado sobre el tema.

La culpa fue de una momia

Una de las teorías más delirantes sobre el naufragio del Titanic es la que afirma que todo se debió a la maldición que pesaba sobre una momia egipcia que viajaba en el barco. La momia en cuestión era la de una princesa-sacerdotisa llamada Amen-Ra que vivió en tiempos de Akhenaton, y cuyo sarcófago fue descubierto a finales de la década de 1890 en Luxor por cuatro personas. Dicho sarcófago tenía una inscripción con la figura de Osiris y un texto con una terrible maldición para los que osaran perturbar su descanso:

Despierta de tu postración y el rayo de tus ojos aniquilará a todos aquellos que quieran adueñarse de ti

Y parece ser que esta maldición se puso pronto en marcha, ya que todos los que entraron en contacto con el sarcófago sufrieron alguna inexplicable calamidad. Uno de sus descubridores se adentró en el desierto y nunca apareció, otro recibió el disparo accidental de un sirviente y perdió un brazo, otro se arruinó, y el que quedaba sufrió una extraña enfermedad y acabó sus días vendiendo cerillas en la calle.

Noticia del hundimiento
El sarcófago fue entonces adquirido por un empresario que sufrió también una desgracia tras otra: tres miembros de su familia tuvieron un terrible accidente de tráfico y murieron, y la casa en que vivía ardió. Así que decidió donarlo al Museo Británico para librarse de ella, pero ni aun así se acabaron las tragedias: el camión que lo transportaba se puso en marcha de forma accidental y atropelló a un transeúnte, uno de los operarios que lo llevaba se rompió una pierna y otro murió a los pocos días aquejado por una enfermedad desconocida. Una vez colocado en la sala egipcia del museo los vigilantes escuchaban gritos, golpes, arañazos y sollozos que venían del interior del sarcófago y que rompían el silencio de la noche.

Sarcófago de Amen-Ra
Pero no acaba aquí la cosa: los objetos, amanecían cambiados de sitio, uno de los vigilantes nocturnos murió e incluso uno de los visitantes del museo que se había atrevido a tocar el sarcófago perdió un hijo al día siguiente de la visita. Para terminar, uno de los conservadores falleció de forma fulminante y su ayudante enfermó gravemente. Ante tal cúmulo de desastres, el Museo Británico la puso a la venta y la compró un particular, que consultó a la famosa ocultista Madame Blavatsky. Blavatsky le dijo que la momia estaba maldita y conminó al dueño a que se deshiciera de ella, así que dicho particular se la vendió a un arqueólogo y coleccionista norteamericano, que la embarcó en el Titanic. Pero la momia siguió haciendo de las suyas y en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 realizó la travesura definitiva: hundió el barco para descansar por fin a 4.000 metros de profundidad en mitad del Atlántico.

Madame Blavatsky
Una bonita y terrorífica historia, como pueden ver. Lo malo es que es absolutamente falsa. Para empezar, Madame Blavatsky murió en 1891, así que es imposible que pudiera echarle un vistazo a la momia. Para continuar, no existe en el manifiesto de carga del Titanic ninguna referencia a un sarcófago o a una momia (ni a un tesoro, como dicen algunas variantes de la leyenda). Y para terminar, contamos con el testimonio de alguien que vio lo que pasó en realidad. Al parecer, un periodista (y aficionado al espiritismo) llamado William T. Stead inventó una historia sobre una momia maldita del Museo Británico. Dicho periodista viajaba en el Titanic, y en la cena del 12 de abril la relató en el contexto de una velada en la que se contaron historias de miedo. A partir de aquí, la imaginación de algunos hizo el resto.

William T. Stead
Y no me resisto a contarles lo que afirma la versión más absurda de la leyenda: después de que el Titanic se hundiera, el contenedor que contenía el sarcófago flotó y fue recogido por un barco, que lo trasladó a Estados Unidos. Como quisieron devolverlo al Museo Británico, lo cargaron en el buque Empress of Ireland, que casualmente también naufragó con gran número de víctimas. Lo más increíble es que el sarcófago volvió a flotar, fue recuperado y comprado por un alemán que se lo regaló al Kaiser. Pocos días después se declaró la Primera Guerra Mundial. Y es que hay maldiciones más tercas que una mula.

El Titanic fue hundido por un submarino alemán

Otra teoría sobre el hundimiento del Titanic afirma que el trasatlántico fue torpedeado y hundido por un submarino alemán. Dicha teoría dice que Gran Bretaña estaba preparándose para la inminente guerra con Alemania y envió a Estados Unidos un cargamento de lingotes de oro en el Titanic. El oro tendría como finalidad comprar armas y persuadir voluntades para que los norteamericanos se sumaran a su causa. Los alemanes se enteraron de todo el asunto y no podían consentirlo, así que enviaron a uno de sus flamantes submarinos U-Boats para hundir el trasatlántico y desbaratar todo el tinglado. A favor de esta teoría están los testimonios de algunos supervivientes que afirman que oyeron explosiones después de chocar contra el iceberg, y de marineros del RMS Californian que dicen haber visto luces de un barco a poca distancia del Titanic antes de que ellos llegaran.

Submarino de la Primera Guerra Mundial
Ni que decir tiene que la teoría hace aguas (nunca mejor dicho) por todos lados. En primer lugar, Gran Bretaña fabricaba todas las armas que necesitaba y no había razón alguna para comprarlas en Estados Unidos. En segundo lugar, si los alemanes hundían el Titanic para evitar que Estados Unidos entrara en guerra contra ellos, lo más probable es que consiguieran justo el efecto contrario (tal y como se demostró cuando el hundimiento en 1915 del Lusitania por parte, esta vez sí, de un submarino alemán, provocó en Estados Unidos una gran reacción antialemana que significaría a la postre su entrada en la guerra). En tercer lugar, una explosión producida por un torpedo habría sido lo bastante fuerte como para haber sacudido el barco de tal manera que no cabría duda alguna de que estaban siendo atacados.

RMS Californian
Queda el asunto de las luces del barco misterioso a poca distancia del Titanic. Los partidarios de esta teoría dicen que eran las del submarino alemán, que habría salido a explorar si su ataque había tenido éxito. En realidad, y según se supo bastantes años después del naufragio, las luces pudieron provenir del barco ballenero Samson, que andaba por la zona dedicándose a la caza ilegal de focas y ballenas. Cuando los tripulantes del ballenero vieron las bengalas del Titanic, creyeron que era la Guardia Costera de Estados Unidos y huyeron del lugar pensando que les confiscarían el cargamento. Al parecer, su capitán Henrik Naess confesó la verdad poco antes de morir.

La novela premonitoria

En 1898, el escritor Morgan Robertson publicó una novela titulada “Futility, or the wreck of the Titan” (Futilidad, o el hundimiento del Titán), en la que se narra un naufragio parecido al que sufriría el Titanic 14 años más tarde. Las similitudes entre los barcos no acaban en el nombre, ya que en la novela el Titán tiene unas características técnicas similares al Titanic: 243 metros de largo (el Titanic tenía 268), 40.000 caballos de potencia (frente a los 46.000 del Titanic), y 2 mástiles, tres hélices y capacidad para 3.000 pasajeros (estos tres datos son idénticos en ambos barcos). Además, el Titán se hunde después de chocar con un iceberg en mitad del Atlántico mientras realizaba su viaje inaugural, lo mismo que el Titanic.

Portada de la novela
Pero no acaban aquí las coincidencias: ambos barcos naufragan en una noche de abril, navegando a una velocidad similar (25 nudos el Titán, 23 el Titanic), los botes salvavidas eran menos de la mitad de los necesarios y tanto uno como otro eran considerados insumergibles (aunque como cuenta Jesús García Barcala en este artículo, éste era otro mito más atribuido al Titanic). La historia se redondea con la afirmación de que el autor de la novela era espiritista y solía escribir en estado de trance (algo que por cierto no le sirvió para aumentar la calidad literaria de su obra, bastante aburrida de leer. De hecho, la novela estaría en el rincón del olvido de no ser por las increíbles coincidencias antes narradas). No cabe duda de que estamos ante una casualidad imposible, al menos a simple vista.

Morgan Robertson
Y es que, además de que ambos naufragios son muy parecidos pero no exactamente iguales (el Titán se hunde en condiciones meteorológicas adversas y el Titanic no, uno iba de Europa a Estados Unidos y el otro en dirección contraria,…), cuando empezamos a rascar un poco las cosas se van aclarando. Para empezar, el 17 de septiembre de 1892 se publicó en el periódico The New York Times una nota en la que se anunciaba que la compañía White Star Line había encargado la construcción de un gran trasatlántico que recibiría el nombre de Gigantic y enumeraba sus características técnicas. Estas características resultaron ser similares a las que posteriormente tendría el Titanic. Nombres como Titán o Titania eran comunes en grandes barcos de la época, por lo que la elección del nombre en la novela no es tan extraño (Por ejemplo, el 4 de noviembre de 1880, The New York Times informaba de que un vapor de nombre Titan había llegado a Halifax tras encontrarse con “un terrible huracán”).

Nota de The New York Times sobre el Gigantic
Además, las alertas por iceberg eran usuales en el Atlántico Norte en aquella época del año, debido al deshielo del Ártico en primavera. Como bien dice el matemático y lógico Martin Gardner, la compañía White Star Line solía acabar los nombres de sus barcos en “ic” (en 1898 tenía en servicio el Oceanic, el Britannic, el Teutonic y el Majestic), por lo que un nombre lógico para un futuro buque sería Titanic. De hecho, en 1902 se publicó otra novela titulada “A twentieth-century cinderella or $20,000 reward” (Una cenicienta del siglo XX o la recompensa de 20.000 dólares), en la que el escritor William Winthrop habla de un Titanic de la compañía White Star Line (aunque el barco no naufraga). Como ven, el nombre no era tan difícil de adivinar. Queda el asunto de los botes salvavidas, pero baste decir que el barco cumplía la normativa de la época (es más, dicha normativa le exigía menos botes de los que llevaba). Así pues, más que una profecía, la novela parece una consecuencia lógica de las circunstancias de la época.

La traca final: el Titanic NO se hundió

He dejado para el final la madre de todas las conspiraciones, la que niega la premisa mayor. Esta teoría afirma nada menos que el barco que se hundió en la madrugada del 14 al 15 de abril de 1912 no era el Titanic, sino su gemelo Olympic. Esta descabellada teoría, fruto de la imaginación del “investigador” Robin Gardiner, afirma que se produjo un cambio de barcos durante la estancia del Olympic en Belfast. Pero vayamos por partes.

El Olympic y el Titanic juntos
Todo comenzó el 20 de septiembre de 1911, cuando el Olympic (comandado por el capitán Edward John Smith, el mismo del Titanic) tuvo un incidente con el buque de guerra HMS Hawke, que se acercó demasiado a las turbulencias de la hélice del trasatlántico y acabó chocando con él. La investigación oficial determinó que la culpa de todo la tenía el Olympic, de modo que el seguro se negó a hacerse cargo de los gastos de reparación. Así pues, la compañía decidió hacer trampa y cobrar lo que el seguro le negaba. Y para ello, nada mejor que cambiar los dos barcos, hundir el Olympic (camuflado como el Titanic) en mitad del Océano Atlántico y a otra cosa.

Capitán Edward John Smith
Ambos barcos eran casi idénticos (de hecho, había un tercer gemelo de nombre Britannic). Sólo el ojo experto podría distinguirlos, ya que tenían la misma estructura, los mismos materiales y un aspecto bastante similar. Así pues, durante la estancia en Belfast del Olympic para ser reparado, se pagó a algunos trabajadores para que cambiaran los rótulos, los botes salvavidas (tenían distintos letreros) y otros detalles. Una vez hecho esto, el falso Titanic partiría a su trágico destino. Gardiner va más allá y afirma que la única misión del Californian (un buque del mismo dueño) era estar preparado para rescatar a los náufragos, pero algo salió mal y su posición no era la prevista. Otros detalles de la teoría afirman que algunos botes salvavidas llevaban inscrito el nombre Olympic y que en el famoso documental submarino de James Cameron que filmó el pecio se observan en el casco las letras M y P (de Olympic).

Comparativa del Titanic y el Olympic
Atractiva teoría, ¿verdad? Lo malo es que las discordancias son abrumadoras. Para empezar, los barcos eran similares pero no idénticos. Existían importantes diferencias entre ellos, como la distribución de las ventanas de los camarotes e incluso su forma (en uno de los buques eran redondas, en el otro rectangulares). Unos cambios demasiado importantes como para que no se notaran. Ni que decir tiene que era muy difícil (por no decir imposible) que todo el cambiazo se llevara en secreto, más cuando tanta gente estaba involucrada. Además, el valor del seguro por hundimiento era de 5 millones de $, inferior a lo que había costado construir el Titanic (7,5 millones de $), y sólo un idiota aseguraría un barco por menos de lo que le costó construirlo si su intención era acabar hundiéndolo. Para acabar, la reputación de la White Star Line después de un  naufragio con tan enorme cantidad de víctimas cayó por los suelos; ¿de verdad merecía la pena hacer algo así sólo para vengarse de una compañía de seguros? Como ven, la lógica más elemental nos dice que esta teoría no es más que una descabellada fantasía.

Pecio del Titanic
Existen muchas más teorías de la conspiración asociadas al Titanic. Aquí sólo hemos reseñado las que nos han parecido más interesantes, pero una rápida búsqueda en internet nos acerca a algunas otras. Eso sí, aguanten la risa, y si les apetece vean después la famosa película de James Cameron. Al menos ahí todo se debió a un iceberg.

Victor Lustig, el hombre que vendió la Torre Eiffel dos veces

Imaginen a alguien con una capacidad asombrosa para aprender idiomas y con una facilidad de palabra rayana en la hipnosis. Imaginen que ese alguien pone esos talentos al servicio de la estafa. Imaginen ahora que esa persona es capaz de vender la Torre Eiffel, y además repite la hazaña poco después. Imaginen también a una persona que se permite el lujo de timar a Al Capone y que además el gángster le queda agradecido después de ser estafado. Imaginen a un hombre que fue detenido justo cuando estaba a punto de hacer colapsar a la economía de los Estados Unidos con billetes falsos. Y ahora dejen de imaginar; porque ese hombre existió, y se llamaba Victor Lustig.

Victor Lustig
Victor Lustig es uno de esos hombres de cuya vida podría hacerse una película de lo más apasionante; lo malo es que por muy fiel que seamos a su biografía dicha película nos parecería sin duda exagerada. Y es que la lista de hazañas de este hombre es interminable, llegando a ser uno de los hombres más buscados de Europa cuando sólo contaba con 30 años. Su biografía desprende ese aura de simpatía que siempre han tenido los pillos para casi todos (naturalmente, el “casi” es porque se excluyen sus víctimas, que no creo que les tengan en mucho aprecio). Sumerjámonos en la increíble vida del hombre que vendió la Torre Eiffel ¡dos veces!

La caja de dinero rumana

El que llegaría a ser el mayor estafador de todos los tiempos nació en 1890 en Hostinné, que actualmente pertenece a la República Checa pero que por aquel entonces formaba parte del Imperio Austrohúngaro. Desde muy pequeño empezó a dedicarse a pequeños hurtos y robos (aunque, según él, únicamente robaba a personas malvadas y avariciosas). Poco a poco fue perfeccionando sus métodos. Fue sobreviviendo con pequeños hurtos y estafas a la vez que aprendió en sus ratos libres trucos de magia con cartas, lo que le permitió sacarse un dinero extra. A los 19 años recibió un navajazo de un novio celoso, lo que hizo que tuviera una cicatriz en lado izquierdo de la cara que, a juzgar por los resultados, le hizo aún más carismático.

Cartel de "Se Busca" de Lustig
Pronto salió de su país y se dirigió a Europa occidental, donde comenzó su carrera como estafador. Su principal campo de operaciones eran los trasatlánticos de vapor que hacían la ruta entre París y Nueva York. Su encanto natural y su facilidad para hablar con fluidez varios idiomas hacían que los pasajeros de clase alta le aceptaran como uno de los suyos, y por tanto se convirtieran en presas fáciles. También actuaba en París y en diversas ciudades de Estados Unidos, siempre presentándose con un alias (a lo largo de su vida llegó a usar hasta 47 distintos). Esta etapa acabó cuando estalló la Primera Guerra Mundial, puesto que se suspendieron las rutas de trasatlánticos entre ambas ciudades.

Interior de la "caja de dinero rumana"
Una de sus primeras estafas era “la caja de dinero rumana”. El timo consistía en presentar una supuesta caja de imprimir dinero en la que Lustig previamente había introducido tres billetes auténticos de 100 dólares. Hacía una presentación a sus víctimas en la que, naturalmente, se producía una copia exacta de un billete. Lustig explicaba entonces que la única pega era que se necesitaban 6 horas para producir cada billete. Los clientes hacían cuentas, y viendo que la máquina se amortizaría en muy poco tiempo, la compraban por un alto precio (normalmente más de 30.000 dólares). Durante las siguientes 12 horas, la máquina producía dos billetes más de 100 dólares, pero después sólo salía papel en blanco. Era el momento en que la víctima se daba cuenta de que había sido estafada; claro que, a esas alturas, Lustig ya había desaparecido con el dinero de la venta.

La compra de la granja

Al finalizar la guerra, Lustig se trasladó a Estados Unidos. Era la época de los felices años 20 y el dinero corría a raudales. Además, la Ley Seca daba grandes oportunidades de negocio a personas que no temieran arriesgarse y carecieran de escrúpulos. Lustig vio enormes oportunidades, y se dedicó a hacer timos por más de 40 ciudades norteamericanas. Entre ellas destacaron estafas tales como las falsas carreras de caballos o inversiones mobiliarias. Todas ellas le dieron grandes dividendos, pero si hay una que destacó fue la compra de la granja de Missouri. Veamos qué pasó.

Billete falso fabricado por Lustig
En 1922, el “Conde Victor Lustig”  llegó a la ciudad y anunció que tenía interés en comprar una granja. La propiedad en cuestión estaba en poder de un banco, que se la había quedado como pago de una hipoteca que no se había saldado. Nadie estaba interesado en la granja, y el banco no sabía qué hacer para quitársela de encima. Lustig relató a los banqueros la triste historia de que su familia en Austria había perdido todas sus posesiones a causa de la guerra y que había emigrado a América deseando comenzar una nueva vida. Esta nueva vida pasaba, según él, por trabajar en el campo y así poder comenzar de nuevo.

Ficha policial de Lustig
Debido a la elocuencia de Lustig, los banqueros se tragaron todo el cuento. Ofreció como pago acciones de la empresa Liberty por valor de 22.000 dólares, y el banco las aceptó sin rechistar, ya que las acciones eran auténticas. Acto seguido, Lustig les pidió que le prestaran 10.000 dólares para poder iniciar su actividad, poniendo como garantía la propia granja que acababa de adquirir, y los banqueros aceptaron nuevamente encantados. No se dieron cuenta de que en el transcurso de la transacción Lustig cambió los sobres, de modo que salió del banco con el dinero en efectivo y con las acciones.

Lustig detenido
Cuando se dieron cuenta de que habían sido timados, los banqueros contrataron un detective privado para encontrar al supuesto conde. Lo más curioso de todo el asunto es que Lustig no intentó escapar; de hecho, el detective lo encontró esperándolo tranquilamente en un hotel de Nueva York. Ambos se embarcaron en un tren con destino a Missouri. Al llegar a la ciudad lo llevaron a entrevistarse con los banqueros, y Lustig les argumentó que si presentaban cargos en su contra, los inversores desconfiarían de un banco que podía ser engañado tan fácilmente y retirarían su dinero. Increíblemente, los banqueros se convencieron y no sólo le dejaron irse, sino que además le dieron más dinero para que no revelara la historia.

La venta de la Torre Eiffel

En mayo de 1925 Lustig regresó a París. La ciudad se encontraba en pleno auge, por lo que el ambiente era propicio para alguien como él. En un periódico encontró un artículo donde hablaba del deterioro que sufría la Torre Eiffel. Este monumento, construido para la Exposición Universal de 1889, no estaba previsto que fuera permanente, pero el alto coste de desmontarla hacía que todavía siguiera en pie (aunque en 1909 estuvo a punto de ser retirada). El artículo explicaba que el coste de la pintura y el mantenimiento era excesivo, por lo que la torre se había convertido en un monumento descuidado, y además los parisinos la veían como algo feo e inútil.

Exposición Universal de 1889
Lustig vio en este artículo una gran oportunidad. Contactó con un falsificador para que le facilitara una serie de documentos que pudiera hacer pasar por oficiales, y a continuación invitó a 6 importantes comerciantes de chatarra a una reunión en el Hotel de Crillon para ofrecerles un negocio. En dicha reunión, Lustig se presentó como director adjunto del Ministerio de Correos y Telégrafos y les explicó que el gobierno había decidido desmontar y vender como chatarra la Torre Eiffel, debido a su alto coste de mantenimiento. Les dijo a los empresarios que habían sido seleccionados en base a su buena reputación, y que todo el asunto debía llevarse en el más absoluto secreto. Acto seguido, llevó a los empresarios a la torre en una limusina para hacer una visita de inspección. Se despidió de ellos recordándoles la obligación de guardar secreto y anunciando que la licitación sería al día siguiente.

Recorte de periódico con Lustig
Sin embargo, Lustig ya había decidido que aceptaría la oferta de André Poisson, un comerciante que deseaba entrar en el círculo de grandes hombres de negocios de París. No obstante, la esposa de Poisson sospechaba de todo el asunto, así que Lustig organizó una reunión sólo con él. En ella le explicó que su sueldo de funcionario no daba para el estilo de vida que quería y que necesitaba ingresos extras, que debía conseguir de forma discreta; en resumen, le estaba pidiendo un soborno. Ante esa afirmación, Poisson desestimó todas sus dudas y no sólo le dio el soborno, sino también el dinero de la licitación de la torre.

Prisión de Alcatraz, donde Lustig murió
Esa misma noche, Lustig partió en tren hacia Viena con una maleta llena de dinero. Confiaba así en escapar de la inevitable búsqueda policial. Sin embargo, y para su sorpresa, en Francia nadie le buscaba. Poisson se sentía tan humillado por haber sido estafado de esa manera que jamás acudió a la policía. De modo que, al cabo de un mes volvió a París dispuesto a repetir la hazaña. Y casi lo consigue, sólo que esta vez la víctima sí que acudió a la policía y Lustig logró escapar por los pelos de ser arrestado. Su siguiente destino serían los Estados Unidos de nuevo.

Al Capone, los billetes falsos y la detención

De vuelta en América, Lustig intentó la que sería su estafa más peligrosa. Contactó con el conocido gángster Al Capone y le propuso un negocio a medias. Le pidió que participara con 50.000 dólares en una estafa que estaba preparando, prometiendo duplicar su dinero en 60 días. Capone le dio el dinero, no sin antes advertirle de lo que le pasaría si intentaba engañarle. Nada más conseguir el dinero, Lustig lo ingresó en un banco y esperó tranquilamente a que pasara el plazo. Cuando los 60 días se agotaron, sacó el dinero y se lo devolvió a Capone, diciéndole que había cancelado la operación porque no le parecía fiable. Capone se quedó tan impresionado por la honradez y la integridad de Lustig, que le regaló 5.000 dólares.

Al Capone
Pero Lustig deseaba dar un golpe que lo pudiera retirar, así que en 1930 se asoció con un químico llamado Tom Shaw, experto en fabricar placas para falsificar billetes. Fabricaron miles de ellos tan buenos que engañaban incluso a los cajeros de los bancos, y ambos organizaron una red para hacerlos circular. La policía se alarmó, pues una falsificación en tan gran escala podía hundir la economía del país. Sin embargo, Lustig se mantuvo en la sombra y ni siquiera sus subordinados conocían su identidad. Tuvo éxito hasta el 10 de mayo de 1935, cuando fue arrestado por agentes federales después de recibir una llamada anónima. Más tarde se supo que dicha llamada había sido realizada por su amante Billy May, que estaba celosa tras descubrir una infidelidad de Lustig.

Lustig siendo interrogado
A Lustig se le encontró una llave, pero se negó a decir qué era lo que abría. Varias semanas más tarde, los investigadores descubrieron que era la llave de una taquilla de la estación de metro de Times Square. En ella, se encontraron 51.000 dólares en billetes falsos y las placas de impresión. Lustig fue llevado a juicio, pero un día antes logró escapar de su celda del centro de detención de Manhattan. Los policías sólo encontraron en la celda vacía una nota con un pasaje de “Los Miserables”. Fue vuelto a capturar 27 días después en Pittsburg, y esta vez sí que fue juzgado. Se declaró culpable y fue condenado a 20 años de cárcel en Alcatraz. Allí murió el 11 de marzo de 1947, dos días después de contraer una neumonía.

Certificado de defunción de Lustig
Sin embargo, aún dejó dos jugadas más después de muerto. La primera era que en su certificado de defunción, en el espacio dedicado a ocupación, se escribió “aprendiz de vendedor”. La segunda ocurrió muchos años después, en 2015; un historiador trató de encontrar algún documento en su ciudad natal en que apareciera. No encontró ninguno, de modo que no hay ninguna evidencia documental de que Lustig existiera (al menos con ese nombre). Fue la última jugada de un hombre que dejó escrito el siguiente catálogo para estafadores:

1.  Escucha con paciencia (por eso, y no por hablar deprisa, triunfan los golpes de un estafador).
2.  Nunca parezcas aburrido.
3.  Espera a que la otra persona manifieste cualquier opinión política, luego muéstrate de acuerdo con ella.
4.  Deja que la otra persona revele sus creencias religiosas, luego afirma tener las mismas.
5.  Insinúa una conversación sexual, pero no la sigas a menos que la otra persona muestre un gran interés.
6.  Nunca hables de enfermedades, a menos que el otro muestre alguna preocupación especial.
7.  Nunca curiosees en las circunstancias personales del otro (al final te lo contarán todo).
8.  Nunca alardees. Sólo deja que tu importancia resulte silenciosamente obvia.
9.  Nunca vayas desaliñado.
10. Nunca te emborraches.

París, 1229; la primera huelga universitaria de la Historia

Durante la Alta Edad Media, el saber en la Europa cristiana se concentró en los monasterios y las abadías. Una de las tareas de los monjes era copiar los antiguos manuscritos para evitar que su contenido desapareciera. Estas instituciones preservaban sus bibliotecas con mucho celo, por lo que era extremadamente difícil que el saber contenido en ellas se esparciera por el mundo. Sólo en las escuelas organizadas alrededor de algunas de estas bibliotecas (como las escuelas catedralicias o las escuelas monásticas) se difundía el conocimiento, evitando que se perdiera. Esta situación cambió a partir del siglo XII, cuando empezaron a fundarse las primeras universidades y a proliferar por todo el continente europeo.

Profesores medievales
Estas instituciones gozaban de una serie de privilegios frente a las ciudades en las que se encontraban ubicadas. Además, la llegada de estudiantes de toda Europa para estudiar en ellas conllevaba no sólo evidentes beneficios económicos para dichas ciudades, sino que también traía como consecuencia tensiones con estudiantes y académicos, con lo que a menudo se producían choques entre los ciudadanos y los universitarios. Uno de esos choques se produjo en París en 1229. A raíz de un tumulto por una cuenta sin pagar en una taberna, se produjeron unos incidentes con varios muertos. Como consecuencia, se convocó una huelga en la Universidad de París que duró dos años. Esta es la historia de la primera huelga universitaria de la Historia.

El origen de las universidades medievales

El término Universidad proviene de la palabra en latín universitas, y en la Edad Media designaba un gremio corporativo. Así, por ejemplo, podemos hablar de la universidad de carpinteros o universidad de zapateros con el sentido de gremio de personas que tenían esos oficios. Uno de esos gremios corporativos era el de los maestros y estudiantes (universitas magistrorum et scholarium), gremio del que se derivaría con posterioridad el empleo del término como sinónimo de institución de enseñanza. En general, estos gremios contaban con privilegios concedidos a través de cartas legales  emitidas por príncipes, reyes, obispos o las propias ciudades en las que se encontraban.

Monjes copistas
Si bien ya había algunos precedentes en el mundo bizantino y musulmán, las universidades tal y como las conocemos fueron un fenómeno genuinamente europeo. Las primeras surgieron a partir del siglo XI, proliferando en los siglos siguientes por todo el continente (particularmente en Italia, Francia, España e Inglaterra). La mayoría nació de una de evolución de las escuelas catedralicias, palatinas y monásticas, aunque luego comenzaron a crearse instituciones, fundadas por autoridades, que ya nacían estructuradas como una institución de enseñanza superior. Los estudios que evolucionaron de escuelas, fueron llamados ex consuetudine; aquellos fundados por reyes o papas eran llamados ex privilegio. Aprovechando que el latín era el idioma común para la enseñanza, los docentes de las más prestigiosas eran animados a dar cursos en otras universidades; algo que se ha perpetuado hasta nuestros días en forma de libre intercambio de información entre universidades.

Mapa de las universidades medievales
Los estudiantes entraban en la universidad más o menos con 14 años, y en un plazo de unos 6 años conseguían el título de bachiller. Si continuaban sus estudios en alguna disciplina concreta podían llegar a graduarse. Sólo después de muchos más años se conseguía el título de doctor. Los estudios universitarios eran costosos y a menudo sólo estaban al alcance de las familias ricas, aunque existía un cierto número de estudiantes becados por algún potentado. La mayoría debía alternar sus estudios con la realización de un oficio que les permitiera pagar su estancia y manutención, además de sus bebidas y vicios. Un gran número de estudiantes se tonsuraban y vestían como monjes, ya que muchos pertenecían a alguna congregación religiosa. Caso particular eran los llamados goliardos, que no eran más que clérigos ociosos de vida licenciosa y estudiantes pícaros que proliferaron alrededor de las universidades, y que nos han dejado una rica muestra de poesía profana (como el Carmina Burana).

Goliardos
Eran frecuentes los conflictos entre estudiantes de distintos colegios y facultades, entre estudiantes procedentes de diferentes países de origen y entre estudiantes y población local. Como privilegio para estas instituciones, tenían un fuero especial que les eximía de los tribunales ordinarios de las ciudades en las que se encontraban, estando todos los miembros de la universidad sometidos a los tribunales eclesiásticos o incluso de la propia institución. Había universidades que contaban con policía propia e incluso cárceles. Esto conllevaba una nueva fuente de conflictos con las autoridades civiles de las ciudades en las que estas instituciones estaban enclavadas, ya que los tribunales de las universidades tendían a ser bastante indulgentes con sus miembros. Esto provocaba que muchos estudiantes (tunos, goliardos, etc.) llevaran una vida disipada sabedores de que podían salir prácticamente impunes de cualquier situación. En este contexto se engloban los disturbios en París que dieron lugar a la primera huelga universitaria de la Historia.

Los disturbios

La Universidad de París fue una de las primeras universidades de Europa. Fundada alrededor del año 1150 como complemento de la Escuela de Teología de Notre Dame, pronto alcanzó un gran prestigio por sus estudios en Filosofía y Teología. En el año 1200 fue reconocida por el rey francés Felipe II Augusto en una carta en la que, entre otras cosas, les otorga a sus integrantes el derecho de ser juzgados por un tribunal eclesiástico y no civil. Por cierto, este reconocimiento vino precedido por una amenaza de huelga provocada por unos disturbios parecidos a los narrados en este artículo. Posteriormente, en 1215, el Papa Inocencio III le otorga el título de Universidad mediante una bula. Su colegio más famoso fue el de La Sorbona, fundado en 1215, y que con el tiempo acabó dando nombre a toda la institución académica.

Clase universitaria medieval
Los disturbios comenzaron en el mes de marzo de 1229, durante el martes de Carnaval. Ese día, último de fiesta antes del miércoles de Ceniza y el inicio de la Cuaresma, los habitantes de París daban rienda suelta a su espíritu festivo disfrazándose y consumiendo grandes cantidades de alcohol. Entre ellos se encontraban los estudiantes de la universidad, siempre dispuestos a una buena juerga, tal como lo atestigua esta canción de taberna de la época:

Cuando estamos en la taberna / nos despreocupamos del mundo (…) / Nadie allí teme a la muerte / Y por Baco tientan la suerte” (poesía de estudiante Goliardo)

En una taberna del Barrio Latino de París se produjo una trifulca entre el tabernero y unos estudiantes. El motivo de la disputa, al parecer, era el impago de la cuenta por parte de los estudiantes. La discusión acabó en una gran pelea en la que el tabernero, ayudado por otros vecinos, dio una soberana paliza a los estudiantes y los echó del local. Al día siguiente, los estudiantes apalizados volvieron junto a varios compañeros de estudios armados con garrotes y cuchillos.

Plaza de la Sorbona
Tenían la intención de vengarse del tabernero. Al ser miércoles de Ceniza, la taberna estaba cerrada, pero eso no detuvo a los estudiantes, que forzaron la entrada, agredieron al tabernero y destrozaron el local. No contentos con todo eso, los estudiantes empezaron a destruir otras tiendas y locales aledaños, lo que provocó graves daños en todo el barrio. Los propietarios de los negocios destrozados, sabedores de que los estudiantes no podían ser juzgados por tribunales civiles, y temerosos también de que una acción demasiado enérgica podía desembocar en el traslado de ciudad de la universidad (tal y como había ocurrido con Cambridge, fundada por estudiantes y docentes descontentos de Oxford), elevaron una queja al Obispo de París a través del prior de San Marcel.

Maestros y alumnos en una clase
El Obispo había tenido un encontronazo con la universidad cuatro años atrás, cuando los estudiantes le pidieron que renovase sus privilegios. El prelado, que no estaba de acuerdo con dichos privilegios, convocó a los profesores y, sin darles la oportunidad de tomar la palabra, rompió el sello de la universidad, lo que significaba en la práctica negarle toda autonomía. Los estudiantes y profesores, indignados, asaltaron el palacio episcopal y el Obispo les excomulgó. Un mes después, los ochenta profesores excomulgados fueron absueltos, la autonomía universitaria restaurada y el Obispo puesto en ridículo. Ahora veía la ocasión perfecta para vengarse. Así que decidió quejarse directamente ante la Reina regente.

Blanca de Castilla
Esta reina regente era nada menos que Blanca de Castilla, hija de Alfonso VIII el de las Navas, y una mujer de armas tomar. Su padre había fundado en Palencia la primera universidad española, en 1212, y quizá Blanca de Castilla no conservaba buen recuerdo del bullicio estudiantil en su ciudad natal. Aprovechando que ejercía la regencia durante la minoría de edad de su hijo Luis IX (que luego sería llamado “El Santo” o San Luis), dio órdenes tajantes de que los responsables del tumulto fueran arrestados y castigados. Los prebostes de la ciudad no dieron con ellos, así que tomaron la decisión de buscar un chivo expiatorio como fuera y agredieron con gran violencia a un grupo de estudiantes que se encontraban descansando en las afueras de la ciudad. La agresión tuvo como resultado dos muertos, un estudiante flamenco y otro normando, ambos muy estimados en la universidad, y al parecer inocentes en todo el asunto.

La huelga

Los docentes, al enterarse de la muerte de estos estudiantes, decretaron la suspensión de las clases. Además, a través de un portavoz, pidieron a la reina, al Obispo y al delegado pontificio que se hiciera justicia. Se previno a la reina de que si para la Pascua de abril no se había solucionado todo el asunto, desagraviado a la universidad y castigado a los culpables, se tomaría la decisión de una huelga general. Como fuere que ninguno de los interpelados hizo mucho caso (es más, se tomaron bastante a mal el ultimátum), el cuerpo de maestros decretó la disolución de la universidad por un plazo de seis años. Los estudiantes se fueron. Unos regresaron a su lugar de origen, otros abandonaron los estudios y la mayoría se trasladó a otras universidades como Reims, Orleans, Angers, Toulouse. El rey Enrique III de Inglaterra aprovechó la ocasión para ofrecer facilidades a docentes y estudiantes de París para trasladarse a Oxford y Cambridge.

Monjes escuchando la lección del profesor
Las consecuencias económicas no tardaron en hacerse notar, sobre todo en el Barrio Latino y en la Montaña Sainte-Geneviève, lugares de residencia habitual de los estudiantes, y cuya economía dependía en gran medida de los servicios que les prestaban. Sin embargo, el único que se dio cuenta en un principio de la gravedad del asunto fue el Papa Gregorio IX, antiguo alumno de la universidad. Dirigió una carta a la reina Blanca y al Obispo de París en la que tomaba partido a favor de los estudiantes y profesores y exhortando a ambos para que hicieran los esfuerzos necesarios para que las aguas volvieran a su cauce. La reina hizo caso de la misiva, y empezó entonces una dura negociación para que la universidad de París volviera a abrir sus puertas.

Gregorio IX
Tras dos años de conversaciones, se llegó a un acuerdo y el Papa promulgó la bula Parens Scientiarum el 13 de abril de 1231. En esta bula se renovaban los privilegios de la universidad y se garantizaba la autonomía de la misma ante las autoridades locales, ya fueran seculares o eclesiásticas. Ponía a la institución directamente bajo la autoridad papal, y le confería el título de “Madre de las Ciencias”. Posteriormente, esta bula se ha considerado la verdadera Carta Magna de la Universidad de París. Las clases se reanudaron, los estudiantes y docentes volvieron y todo regresó a la normalidad. Acababa así la primera huelga universitaria de la Historia, tras un pulso que duró dos años y que puso de manifiesto que las universidades, a partir de entonces, se convertirían en una de las instituciones más importantes de Europa. Y a la postre, de todo el mundo.
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