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¿A quién se le ocurre morirse así? Segunda parte

En un artículo anterior hablábamos de algunas muertes absurdas de personajes de la Edad Antigua. Continuamos ahora relatando cómo murieron algunos personajes de la Edad Media, siempre con el denominador común de que el tránsito a mejor vida se produjera de forma extraña, chocante o incluso cómica. Y es que, como dijimos en la anterior entrega, no todos mueren de la misma forma, y a menudo la forma de morir no hace justicia a los méritos que en vida tenía el difunto. Pero las cosas son así, y muchas veces se recuerda a alguien más por su extraña muerte que por las acciones en vida.


Sancho II de Castilla, el rey que murió cagando

Además de la muerte, hay otra gran igualadora: las necesidades corporales. Como dice la vieja canción, “en esta vida señores/ sin cagar nadie se escapa/ caga el rico, caga el pobre/ caga el rey y caga el Papa”. Lo difícil es que estas dos grandes igualadoras se presenten al mismo tiempo. Difícil pero no imposible, ya que, según la leyenda, al menos existe un caso en que parece que así ocurrió: la muerte de Sancho II de Castilla.

Todo comenzó con la muerte del rey de León Fernando I en la Nochebuena del año 1065. Según su testamento, el reino sería partido entre sus cinco hijos: al mayor Sancho le correspondió el Condado de Castilla (ascendido desde entonces a reino), al segundo (y favorito) Alfonso le dejó el reino de León, a su otro hijo varón García le legó el reino de Galicia (que entonces comprendía también el norte de Portugal), y a sus dos hijas Elvira y Urraca las ciudades de Toro y Zamora (para una descripción más detallada, véase mi artículo “Consuegra, la batalla donde murió el hijo de El Cid”). Claro está que este testamento no le gustó nada a Sancho, que pensaba que le correspondía todo el reino por derecho de primogenitura. Pero dejó estar todo el asunto mientras su madre, la reina Sancha, viviera.

Muerte de Sancho II, obviando la incómoda posición que adoptaba
En 1067 Sancha pasó a mejor vida, y su hijo mayor se lanzó a reconquistar lo que consideraba suyo. Primero se alió con su hermano Alfonso para derrotar al tercer hermano, García. Tras la victoria (el pobre García tuvo que exiliarse al reino musulmán de Sevilla), volvió sus armas contra Alfonso, al que también derrotó y exilió al reino de Toledo. Su hermana Elvira rindió de buen grado la ciudad de Toro, bien porque estaba de acuerdo con Sancho, bien porque veía cómo se las gastaba su querido hermano mayor. Ya sólo quedaba Zamora para restituir el reino a su antigua extensión. Pero su hermana Urraca iba a ser un hueso duro de roer.

El 1 de marzo de 1072, Sancho comienza el asedio a Zamora. Tras siete meses y seis día de duro cerco (lo que dio lugar a la frase “Zamora no se ganó en una hora”), Sancho estaba desesperado por encontrar una forma de conquistar la ciudad. En tiempos convulsos, no es buena política mantener al ejército inmovilizado largo tiempo ante una plaza. Fue entonces cuando uno de sus hombres de confianza, Vellido Dolfos, que había desertado de las filas zamoranas un par de meses antes (aunque en realidad todo era un plan de la maquiavélica Urraca), se ofreció a mostrarle una pequeña puerta que nunca se cerraba. Desde allí, las tropas de Sancho podrían entrar en la ciudad y poner fin al largo sitio.

Sancho y Vellido Dolfos fueron al sitio donde se encontraba la supuesta puerta. Fue entonces cuando al rey le dio un aprieto, es decir, que sus tripas pedían un vaciado urgente. Dejó a Dolfos su lanza y se dispuso a hacer lo que el cuerpo le pedía. Ese fue el momento en que el zamorano aprovechó para atravesar al rey de parte a parte. Acto seguido, huyó a la ciudad, que lo acogió con los brazos abiertos. De este modo tan poco decoroso encontró la muerte el primer rey de Castilla. Tras el luctuoso suceso, las tropas castellanas levantaron el sitio y el reino, nuevamente unido, fue heredado por Alfonso, que volvió de su exilio de Toledo.

La puerta donde todo ocurrió fue llamada “Puerta de la Traición”, hasta el año 2009 en que se cambió el nombre a “Puerta de la Lealtad”. En cualquier caso, hay que decir que el relato de la muerte de Sancho II no está del todo claro, pues toda esta historia sólo se recoge en los cantares de gesta y no en las crónicas del reino. Pero, como dicen los italianos, “se non é vero é ben trovato”.

El nauseabundo funeral de Guillermo el Conquistador

Cuando en enero del año 1066 moría sin descendencia el rey de Inglaterra Eduardo el Confesor, se desató una lucha por el trono. De una parte, Harold de Wessex había sido nombrado rey por Eduardo en su lecho de muerte, pero el duque de Normandía Guillermo aducía que el trono debía ser suyo, pues el difunto, que era primo suyo, se lo había prometido en el pasado. Guillermo, conocido en esa época como El Bastardo, se preparó entonces para invadir Inglaterra, y el 14 de octubre de 1066 ambos ejércitos se encontraron en Hastings. Guillermo consiguió la victoria y fue coronado rey de Inglaterra en la Navidad de ese mismo año. El Bastardo pasó a ser llamado El Conquistador.

Sin embargo, la vida no se volvió más tranquila para el nuevo rey. Hasta el final de su vida tuvo que combatir a consecuencia de los numerosos problemas en sus dominios ingleses y franceses. Además, tuvo enfrentamientos con su hijo mayor, que se sentía poco valorado y exigía más poder y respeto. Todos estos quebraderos de cabeza causaron mella en la salud del monarca, que hacia el final de su vida empezó a engordar de manera considerable. Esta obesidad, unida a su gran altura para la época (medía alrededor de 1.80 metros de estatura) le convirtieron en blanco de burlas, tanto de sus enemigos como de la propia corte. Aun así, continuó combatiendo hasta el fin de sus días.

Guillermo el Conquistador
Y ese fin llegó en el año 1087. Mientras asediaba Mantes, cerca de Ruan, su caballo se paró en seco y Guillermo se golpeó en su oronda barriga con el pomo de la silla de montar. Dicho golpe le provocó una peritonitis. La infección consiguiente se fue propagando, y después de varios días de agonía, falleció el 9 de septiembre. La noticia de su muerte provocó algunos disturbios, por lo que los que le acompañaron en su lecho de muerte corrieron a defender sus propios intereses. Esto fue aprovechado por sus sirvientes, que le quitaron al cadáver todo cuanto de valor llevaba encima (incluso las ropas, con lo que el cuerpo apareció desnudo). Finalmente, el clero de Ruan lo trasladó a Caen para recibir sepultura.

Cuando llegó a la Abadía de los Hombres de Caen, el cuerpo de Guillermo era una masa hinchada y deforme producto del pus y de los gases de la descomposición. Durante su funeral, trataron de meter el cadáver en un sarcófago de piedra, pero el tamaño del cuerpo hacía que no cupiera. Los presentes lo empujaron hacia el interior, y entonces sucedió lo inevitable: el cadáver estalló. Todos los que estaban alrededor se vieron salpicados de una fétida masa de carne y pus, y un olor pestilente inundó la iglesia (según los fieles, ese olor duró meses). Sin duda, el funeral más nauseabundo de la Historia.

Cuando las caries del enemigo muerto mataron a un jefe vikingo

Los vikingos marcaron una importante huella en la Historia durante más de cinco siglos. Sus correrías les llevaron por toda Europa, desde Escandinavia hasta la Península Ibérica, desde Islandia hasta Kiev. Pero no se limitaron al Viejo Continente, también pisaron América y llegaron hasta Constantinopla y las puertas del califato de Bagdad. Montados en sus barcos (a los que equipaban con ruedas para desplazarse entre los ríos navegables), su presencia se hizo notar con fuerza en el mundo que surgió tras la caída de Roma. Naturalmente, tanto ir y venir trajo consigo multitud de historias épicas, pero también muchas absurdas o sencillamente ridículas.

Tal es el caso de la muerte de Sigurd Eysteinsson. Este caudillo vikingo gobernaba las Orcadas, un archipiélago al norte de las Islas Británicas, pero no se conformó con eso. Trató de expandir sus dominios por Escocia, llegando a conquistar los condados de Caithness y Sutherland. Este empeño le valió el título de El Poderoso. Sus campañas fueron de una crueldad  extrema, pues ni los vikingos ni los escotos (pueblo que vivía al norte de Escocia) tenían la costumbre de hacer prisioneros. Es más, ambos pueblos solían cortar las cabezas de sus enemigos y colgarlas de sus monturas a modo de trofeo. Y fue esta macabra costumbre la que provocó la absurda muerte de Sigurd el Poderoso.

Representación imaginaria de Sigurd el Poderoso
El caudillo vikingo retó a Máel Brigte, un jefe escoto, a un combate donde cada uno podría llevar un máximo de 40 hombres. Máel, cuyo apodo era “Dientes Salidos”, aceptó el desafío y allí se presentó junto a sus 40 hombres, sólo para ver que había sido traicionado por Sigurd, que se presentó a la batalla con 80 soldados. El escoto no se echó atrás, y arengó a sus hombres para que combatieran con valor y al menos mataran a uno de los dos enemigos a los que tocaban, pero el resultado fue el esperado: la superioridad numérica de Sigurd decantó la batalla. No quedó ningún escocés vivo.

Fieles a la costumbre, los hombres de Sigurd empezaron a cortar las cabezas de sus enemigos para colgarlas de su silla de montar como trofeo. El jefe vikingo se reservó la cabeza de Máel Brigte, que fue colgada de su montura. A medida que cabalgaba, los dientes salidos de su enemigo se fueron clavando en la pierna del vikingo de forma que se le hizo una pequeña herida. A resultas de la falta de higiene bucal de la época, la herida se infectó, provocándole a Sigurd una septicemia que le causó la muerte a los pocos días. Fue enterrado con todos los honores, como si hubiese muerto en combate, y su tumba se encuentra ignorada a día de hoy. Y es que hay que tener cuidado con la venganza de los enemigos muertos.

Martín el Humano, otro muerto de risa

En el artículo anterior vimos algunos casos de personajes que murieron a causa de un violento ataque de hilaridad. Hoy veremos aquí el caso de Martín I de Aragón, llamado El Viejo para distinguirlo de su hijo Martín el Joven, y El Humano, por su gran afición a las Humanidades y a los libros. Rey de Aragón, Valencia, de Cerdeña, de Sicilia y Conde de Barcelona, tuvo un final poco acorde con su extraordinaria vida.

Martín I el Humano
Este rey tuvo una existencia convulsa. En principio sólo había heredado el reino de Sicilia, y con muchas dificultades (los Anjou también aspiraban a ese trono), pero la muerte de su hermano Juan sin descendencia le dio también el resto de títulos. Su reinado se vio marcado por el Cisma de Occidente, donde tomó partido por el Papa de Aviñón Benedicto XIII (al que llegó a rescatar de un asedio y acogerlo en Peñíscola). Pero no contento con todo esto, lanzó dos cruzadas contra el norte de África (en 1398 y 1399), favoreció las artes y las letras y se vio envuelta en luchas internas de las noblezas aragonesas y valencianas. En resumen, una vida de película. Lástima que su muerte no estuviera a la altura de esta vida.

Y es que el 31 de mayo de 1410, después de haberse comido un ganso entero, se encontraba descansando cuando entró en la habitación su bufón. El rey le preguntó dónde había estado y el bufón le contestó: “En los viñedos, cuando vi un joven ciervo que colgaba por el rabo de un árbol, como si alguien le hubiera castigado por robar higos”. Posiblemente el chiste no le haya hecho al lector la más mínima gracia, pero parece ser que al rey sí, y mucha. Empezó a reír de forma descontrolada, lo que unido a la indigestión que tenía, le provocó un ataque al corazón. Y es que los chistes malos deberían haberse prohibido hace mucho. 

Las extrañas inundaciones

La RAE define inundación como “la acción por la que se llena o cubre un lugar de agua u otro líquido”. Y en efecto, cuando evocamos esa palabra nos imaginamos un terreno anegado del que sobresalen algunos árboles y el tejado de algún que otro edificio donde algunas personas piden ayuda, y además suponemos que la causa de la catástrofe ha estado en las incesantes y fuertes lluvias, en la crecida de algún río o en la rotura de una presa. En resumen, siempre que evocamos una inundación, nos imaginamos que ha sido de agua. Pero la clave de la definición está en las palabras “u otro líquido”.

Imagen de la inundación de melaza de Boston
Porque no siempre las inundaciones han sido de agua. En 1814 se produjo en Londres una inundación de cerveza causada por la rotura de una inmensa barrica, y en 1919 un barrio de Boston quedó anegado de melaza tras la rotura de un tanque. En principio podría parecer que la primera habría sido el sueño de cualquier borracho y la segunda la fantasía de un goloso, pero los 9 ahogados de Londres y las 21 víctimas mortales de Boston quizá no habrían estado de acuerdo. Esta es la historia de estas extrañas inundaciones.

La inundación de cerveza de Londres

La fábrica de cerveza Meux, fundada en 1764, había ido creciendo a lo largo del tiempo adquiriendo otras pequeñas cervecerías, de forma que a comienzos del siglo XIX era una de las más importantes de Londres. Una de las cervecerías que había adquirido era la Horse Shoe Brewery, situada en la confluencia de las calles Oxford y Tottenham Court Road. Este lugar se encontraba en un barrio llamado St. Giles in the Fields, en esa época uno de los más pobres de la capital británica. El lugar estaba lleno de casas donde las familias vivían hacinadas en una sola habitación, en sótanos y en desvanes.

Cervecería londinense en el siglo XIX
La parte superior de la fábrica la ocupaban varias cubas enormes, donde la cerveza se dejaba fermentar. Una de esas cubas era realmente gigantesca. Medía 6,6 metros de altura y su diámetro era de unos 20 metros, por lo que podía almacenar hasta 610.000 litros de cerveza (el equivalente a 3.555 barriles normales). La cuba era tan descomunal que, cuando se inauguró en 1795, el periódico The Times la había calificado como un "barril de dimensiones casi increíbles". Y en efecto, dicho barril era tan grande que en ocasiones se habían dado en su interior fiestas en las que cabían holgadamente 200 personas.

Barrio de St. Giles hacia 1755
En el mes de octubre de 1814, la cerveza llevaba ya varios meses dentro de los barriles fermentándose. El 17 de octubre, uno de los operarios se dio cuenta de que uno de los 29 grandes aros metálicos del gran barril se había soltado. Sin embargo, no le dio importancia, ya que en otras ocasiones había sucedido algo similar y no había pasado nada, arreglándose el desperfecto cuando se sacaba la cerveza y el barril quedaba vacío. No obstante, esta vez la cosa sería distinta. La madera del inmenso tonel empezaba a dar signos de fatiga con los años, y la rotura del aro iba a ser el golpe de gracia. A eso de las 6 de la tarde, la cuba explotó derramando todo su contenido en un torrente imparable.

Cuba de cerveza como la rota en Londres
La explosión se oyó a 8 kilómetros de distancia. Además, la violencia con la que salieron el más de medio millón de litros de cerveza hizo que otros barriles adyacentes también cedieran y derramaran su contenido. Más de un millón y medio de litros de cerveza salieron a la calle, formándose una ola de casi 5 metros de altura que arrasó todo a su paso. La cerveza inundó los sótanos y derribó dos casas en su camino. La fuerza de la ola fue tal que echó abajo la pared de una taberna a varias calles de distancia sepultando a una persona. La gente corría despavorida intentando trepar a un sitio alto: tejados, pisos superiores de las casas, árboles…

Etiqueta de la cerveza de Meux
George Crick, el oficial de guardia en aquel momento, ofreció esta declaración para un periódico de la época: “Me encontraba en una plataforma a aproximadamente diez metros del tonel que explotó. Escuché un estruendo y corrí inmediatamente al almacén. El accidente causó una devastación terrible en el lugar. Entre 8 y 9 grandes barriles de cerveza fueron perdidos”. En un principio se calculó que entre 20 y 30 personas habían perdido la vida por la riada de cerveza, aunque luego el número de víctimas se redujo a 8 (eso sin contar los muchos que perdieron lo poco que tenían). Y aún hubo suerte, porque si el desastre hubiera pasado una hora más tarde, cuando los obreros salían de las fábricas y se iban a las tabernas, estaríamos quizá hablando de una catástrofe sin precedentes.

Calle de St. Giles
Cuando la ola pasó, el barrio quedó salpicado de grandes charcas de cerveza (se dice que su hedor duró meses). Como la noticia corrió como la pólvora por todo Londres, pronto una multitud de gente llegó a las calles armada de cacerolas, teteras y hasta macetas para recoger y beber toda la cerveza que pudieran. Los hubo incluso que recogían la cerveza con las manos o se la bebían directamente de los charcos. Esta conducta provocó una muerte más, aunque esta vez la causa fue intoxicación etílica. No obstante, varios historiadores afirman que en realidad no pasó así y que la gente del barrio se volcó en ayudar a los heridos, y los relatos de multitudes recogiendo cuanta cerveza pudieran es una leyenda muy posterior a los hechos.

Vecinos de Londres recogiendo cuanta cerveza podían
Sea como sea, y mientras todo esto pasaba en las calles, al hospital iban llegando los primeros heridos. El olor a cerveza que desprendían era tan fuerte que los demás enfermos creyeron que la estaban repartiendo gratis a los recién llegados, organizándose una tremenda trifulca. Pero no acabó la cosa aquí. Días después, los familiares de los ahogados exhibían los cadáveres en las casas, cobrando por verlos y visitar después el sótano aún lleno de cerveza. Los curiosos se agolparon en tal número, que en una de esas casas el suelo se hundió y cayeron todos al sótano inundado. El incidente provocó que la policía clausurara todas estas exposiciones. Los funerales de las víctimas, finalmente, fueron pagados por los habitantes del barrio.

Dominion Thetre en la actualidad
Naturalmente, una catástrofe de esas características provocó que la cervecera Meux fuera llevada a los tribunales. Después de un breve juicio, el juez dictaminó que la inundación había sido un acto fortuito (literalmente, se escribió en la sentencia que había sido un “acto de Dios”) y exoneró de toda responsabilidad a la compañía. Se consideró que todo fue un desafortunado accidente que no pudo ser previsto y mucho menos evitado. Sin embargo, el desastre hizo que la cervecera quedara en una difícil situación económica al perder una gran cantidad de su cerveza almacenada (unas 23.000 libras de la época, equivalentes a 1.250.000 libras actuales). Así pues, presentó una solicitud para que se le devolvieran los impuestos que se habían pagado de antemano por la mercancía. El Parlamento accedió a su petición y la compañía pudo seguir con su actividad. Y la continuó hasta el año 1961, en que fue vendida a Friary, Holroy and Healy´s Brewery. No obstante, el antiguo edificio donde todo pasó fue demolido mucho antes, en 1922. Parte del terreno lo ocupa en la actualidad el Dominion Theatre. Sin duda un final de comedia para un hecho que, sin duda, no deja de ser trágico.

La inundación de melaza de Boston

Algo más de un siglo después, el 15 de enero de 1919, una catástrofe parecida ocurrió en Boston, pero esta vez la inundación no fue de cerveza sino de melaza. La melaza es un subproducto de la fabricación y refinado del azúcar, tiene forma de un líquido espeso parecido a la miel (lo que hace que se la conozca también como miel de caña), es de sabor dulce, y aunque en ocasiones se emplea para el consumo humano o animal, su principal utilidad era la obtención de alcohol etílico para la fabricación de licores, municiones y explosivos.

El tanque de melaza que estalló
En aquel entonces, una de las principales compañías que destilaba este alcohol era la  Purity Distilling Company. Aunque la planta de procesado se encontraba en la vecina localidad de Cambridge, los tanques donde se almacenaba la melaza usada como materia prima se encontraban en Boston, en el barrio conocido como North End (concretamente en una calle llamada Commercial Street). Uno de estos contenedores era gigantesco: medía 15 metros de alto, 27 de diámetro, y tenía una capacidad de más de 8 millones de litros de este edulcorante.

Imagen del desastre de la melaza
En la mañana del 15 de enero de 1919 los trabajadores del almacén empezaron a oír una serie de extraños sonidos, como de crujidos, procedentes del tanque. Pero la catástrofe sobrevino a eso de las 12,30 del mediodía. Los remaches del depósito empezaron a saltar uno tras otro (produciendo un sonido parecido a una ametralladora), el suelo empezó a temblar y el enorme tanque estalló. Trozos de metal saltaron en todas direcciones (entre ellos un gran pedazo de hierro que impactó en un cuartel de bomberos de las inmediaciones), y el almacén quedó arrasado por la explosión y la metralla. Momentos después, los más de 8 millones de litros de melaza que contenía el depósito se precipitaron por los alrededores.

Estado en que quedó la estación elevada
La melaza formó una inmensa ola de 4 metros de altura que avanzó a 56 kilómetros por hora, anegando y aplastando todo a su paso. Arrastró hombres, animales y vehículos a su paso, dañó edificios e incluso rompió las vigas y levantó las vías de la Boston Elevated Railway, una cercana estación de tren, haciendo que varios vagones descarrilaran. En cuestión de minutos todo el barrio de North End quedó inundado de una capa viscosa de melaza que en algunos puntos alcanzó los 90 centímetros de altura. 21 personas murieron aplastadas o ahogadas por la mortal ola y alrededor de 150 resultaron heridas, además de producirse grandes daños materiales.

Bomberos rescatando víctimas
Las tareas de rescate comenzaron casi enseguida. Además de bomberos, policías y personal de la Cruz Roja, la tripulación del barco USS Nantucket (un viejo cañonero que había sido reciclado a buque escuela, y que se encontraba fondeado en el puerto) colaboró en los trabajos. Todos ellos se vieron obstaculizados por la pegajosa melaza, de modo que algunos de ellos tuvieron a su vez que ser liberados por sus compañeros. Las tareas se prolongaron durante 4 días hasta que todas las víctimas fueron rescatadas, y las tareas de limpieza, principalmente a base de arena y agua salada, tardaron otros 20 días más. Aun así, las aguas del puerto estuvieron de color pardo hasta el final de la primavera siguiente, y durante años rezumaba melaza de las grietas de los edificios en los días calurosos.

Estado en que quedó el almacén
La empresa trató desde el primer momento de eludir sus responsabilidades. Un rumor exagerado afirmaba que los abogados de la compañía llegaron al lugar de la catástrofe casi antes que los equipos de rescate. Uno de estos abogados echó la culpa de lo ocurrido a un atentado de saboteadores anarquistas. Pero lo cierto, tal y como reveló la investigación oficial, es que el tanque tenía numerosas irregularidades. Para empezar, no había pasado las pruebas de presión antes de su entrada en funcionamiento. Empleados del almacén narraron que desde el principio era usual que hubiera fugas, pero la compañía ignoró los avisos y se limitó a pintar el tanque de marrón para que no se notaran. Además, las paredes eran demasiado delgadas y se habían construido con acero de baja calidad.

Vagón descarrilado por la melaza
A todo eso hay que añadir que el tanque se encontraba casi completamente lleno, ya que la empresa estaba aumentando su producción ante la inminencia de la aprobación de la XVIII Enmienda a la Constitución de Estados Unidos (que dio lugar a la conocida como Ley Seca), y que casualmente fue ratificada un día después de la catástrofe. Un inusual aumento de las temperaturas el día anterior (se pasaron de 17 grados bajo cero a 5 sobre cero) favorecieron que se acumularan en el depósito grandes cantidades de gases producto de la fermentación de la melaza. Todas estas causas combinadas dieron lugar al desastre, aunque la empresa insistió durante años en su hipótesis del ataque anarquista.

Otra imagen del desastre
Los residentes de la ciudad presentaron una demanda colectiva que se prolongó hasta 1925. Finalmente, el jurado falló a favor de las víctimas y la compañía se vio obligada a pagar indemnizaciones por valor de más de un millón de dólares. El almacén donde se originó todo fue abandonado y acabó convertido en un garaje para la compañía municipal de transportes. Acababa así una de los desastres menos conocidos de la historia de Estados Unidos, tal vez porque, como dijo el escritor Stephen Puleo en su libro Marea Oscura: La gran inundación de melaza de 1919: “nadie prominente murió ese día. Los supervivientes no se hicieron famosos. En su mayoría eran inmigrantes y trabajadores de la ciudad que regresaron a sus vidas cotidianas”.

¿A quién se le ocurre morirse así? Primera parte

La parca, la llorona, la segadora, la novia fiel, la gran igualadora… La muerte es conocida de muchas formas en distintas culturas, pero algo hay claro: una de las más grandes certezas humanas es que todos habremos de morir algún día. Claro que no todo el mundo pasa ese trance de igual modo. Hay quien muere de forma rápida y quien lo hace de forma lenta. Hay quien pasa a mejor vida sin enterarse y quien lo hace entre grandes sufrimientos. Y hay quien realiza el tránsito de forma gloriosa y quien lo hace de forma chocante, y en algunos casos de manera directamente ridícula.


De este tipo de muertes hablaré en esta serie de artículos: personajes históricos de los que las crónicas o las leyendas narran una forma de morir que mueve al asombro (cuando no a la risa). Me centraré en este primer artículo en aquellos que vivieron durante la Edad Antigua. He de resaltar que no pretendo ser exhaustivo, sino que se han elegido aquellos que a este humilde articulista más han llamado la atención, bien por la forma de morir, bien por lo que le pasó a su cadáver. Pasen, vean, asómbrense y, en algún caso, diviértanse, que la risa elimina todos los pensamientos funestos.

Pitágoras y su fobia a las habas

Poco se sabe con certeza sobre la vida de Pitágoras. La razón de este desconocimiento hay que buscarla en que no dejó nada escrito y que no existen documentos contemporáneos suyos que hablen de su vida. Los primeros textos detallados sobre él se escribieron entre 150 y 250 años después de su muerte, y presentan a un Pitágoras rodeado de mitos y leyendas, fruto de la propia naturaleza de la teoría pitagórica (una escuela hermética que consideraba los números como la esencia de todas las cosas). De hecho, en el siglo I solía representarse a Pitágoras como un ser semidivino, capaz de bajar a los infiernos y volver para contarlo.

Las biografías más influyentes que nos han llegado sobre él datan del siglo III, casi 800 años después de su muerte, y están escritas por Diógenes Laercio y Porfirio. Estas biografías guardan poco valor histórico y ensalzan la figura de Pitágoras, afirmando que era el origen de toda verdad filosófica cuyas ideas habían sido copiadas por todos los filósofos posteriores. Así pues, en torno a su figura se entretejieron multitud de mitos, algunos de ellos promovidos en vida por el propio Pitágoras y otros por sus discípulos, de modo que casi todo lo que rodea su figura se viste de leyenda. Y una de esas leyendas se refiere a su muerte.

Pitágoras en "La escuela de Atenas", de Rafael
Todo empezó con la naturaleza de las habas. Según Plinio el Viejo, estas legumbres encerraban el alma de los difuntos y por eso se utilizaban en los ritos funerarios. Sin embargo, Pitágoras iba un paso más allá; sostenía que las propias habas tenían alma, por lo que prohibió dañarlas y por supuesto comerlas. Decía que se parecían a los órganos reproductores femeninos y a las puertas del Hades (sitio que según otra leyenda, también visitó). Y aunque parezca mentira, la evidencia en que se basaba para sostener su afirmación estaba en los gases que se generaban tras comerlas. Según el filósofo, estos gases eran el alma de las habas tratando de escapar del cuerpo humano buscando un lugar de reposo más adecuado.

Con esta filosofía en mente, Pitágoras y sus discípulos huían de unos soldados de Siracusa cuando se toparon con un campo de habas. Coherente consigo mismo, Pitágoras se negó a atravesarlo, aduciendo que si lo hacía dañaría las plantas y por tanto estaría cometiendo un gran crimen. Así pues, él y sus discípulos trataron de rodear el campo pero los soldados les alcanzaron antes, matando al filósofo y a todos los que iban con él. Algunos aseguran que cuando pasó a mejor vida miraba pasmado el  sembrado de habas. Lo que no consta es si su alma se transformó en gas que pudiera ser expulsado por sus captores buscando un mejor sitio para pasar la Eternidad.

Esquilo y la tortuga

Además de ser considerado el predecesor de Sófocles y Eurípides, y por tanto el primer gran representante de la tragedia griega, la vida de Esquilo fue apasionante. Nacido en Eleusis, cerca de Atenas, fue soldado además de poeta y dramaturgo. Participó en las batallas de Maratón (490 a.C.) y Salamina (480 a.C.), y muy probablemente también en la de Platea (479 a.C.), todas ellas contra los persas. Por si todo esto fuera poco, fue acusado de revelar los Misterios de Eleusis, unos ritos de iniciación (considerados los más importantes del mundo antiguo) al culto de las diosas Démeter y Perséfone; juzgado por ello, fue no obstante absuelto. En resumen, una vida de lo más movida.

Esquilo
Y a la altura de su apasionante y curiosa vida estuvo su muerte. Según se cuenta, a Esquilo se le ocurrió hacer una consulta al oráculo de Delfos, un célebre lugar de culto al dios Apolo famoso por sus certeros pero oscuros vaticinios. Sin embargo, esta vez el oráculo fue de lo más cristalino con Esquilo; preguntado acerca de cómo moriría, la respuesta fue “morirás aplastado por una casa”. Ante un vaticinio tan claro, al bueno de Esquilo no se le ocurrió mejor solución para burlarlo que irse a vivir al campo, lejos de casas que pudieran caerse y aplastarlo.

Lo malo es que las profecías del oráculo de Delfos acababan por cumplirse de una manera o de otra. El dramaturgo paseaba tranquilamente por el campo cuando su calva cabeza fue confundida por un quebrantahuesos desde el aire con una roca. Lo peor del asunto es que dicho quebrantahuesos llevaba entre sus garras a una tortuga. El ave soltó a la tortuga sobre la cabeza de Esquilo para que el duro caparazón se rompiera y poder así comerse su contenido, y es de justicia reconocer que lo hizo con una puntería asombrosa. La cabeza del pobre Esquilo sufrió un fuerte impacto que le mató en el acto. Y es que por mucho que algunos traten de correr para eludir su destino, al final siempre acaban yendo a su encuentro.

Zeuxis, el pintor que se murió de risa

A todos nos ha pasado que algo nos ha hecho tanta gracia que decimos que estamos “muertos de risa”. Esta frase hecha fue, en algunas ocasiones, literal. Tal fue, por ejemplo, el caso de Calcante, un adivino que estuvo en la Guerra de Troya. Se dice que otro adivino profetizó que moriría sin llegar a probar el vino de sus uvas. Llegado el día de la vendimia, Calcante invitó a ese adivino a beber y le pidió que repitiera el augurio que le había hecho; al hacerlo, a Calcante le dio tal ataque de risa que falleció asfixiado. O el caso del filósofo Crisipo de Solos, una de las figuras más relevantes del estoicismo. Parece ser que dio de beber vino a un burro y el animal, totalmente ebrio, trató de comerse unos higos. A Crisipo le hizo tanta gracia que empezó a reírse sin control, muriendo poco después. Pero mi favorito es el caso del pintor Zeuxis.

Zeuxis era un afamado pintor siciliano nacido en Heraclea, aunque la mayor parte de su vida la pasó en Atenas. Plinio sitúa su apogeo en el año 397 a.C. (cuarto año de la 95 Olimpiada). En Atenas fue uno de los pintores más cotizados de su tiempo. Alcanzó tal fama entre sus contemporáneos que Plinio señalaba que llevaba en su capa su nombre bordado con letras de oro. Sin embargo, a Aristóteles no le gustaba en absoluto, ya que el filósofo le reprochaba no retratar el carácter de sus personajes y le reprochaba su excesiva composición expresiva. De él se cuentan abundantes anécdotas.

Muerte de Zeuxis, por Aert de Gelder
Una de ellas sucedió en el transcurso de una disputa pictórica con Parrasio, cuando pintó unas uvas tan realistas que los pájaros se abalanzaron sobre ellas para comérselas (no obstante, perdió dicha disputa). Otra anécdota fue la del encargo que recibió en Crotona para pintar un retrato de la bella y mítica Helena de Troya, y para realizarlo solicitó a los habitantes de la ciudad que le proporcionaran a las cinco mujeres más bellas para poder pintar de cada una su parte más perfecta y componer así el retrato de la belleza perfecta. Esta leyenda también se cuenta de otra de sus  obras, una tabla destinada al Templo de Juno, en Agrigento.

Pero sin duda, la anécdota definitiva fue su forma de morir. Según Sexto Pompeyo Festo, Zeuxis recibió el encargo de una rica y vieja mujer para pintar un retrato de Afrodita. Dicho retrato debía representar a una diosa del Amor sensual, impúdica e irresistible, de forma que el espectador que viera el cuadro se enamorara de inmediato de ella. El problema era que la viejecita que encargó el cuadro exigió que la modelo que debía posar tenía que ser ella. Según se cuenta, mientras pintaba a la anciana, a Zeuxis le entró tal ataque de risa que murió asfixiado.

Periandro, el maniaco suicida

Tan antiguo como la muerte es el suicidio. El acto que lleva a poner fin a tu vida por tu propia mano es tan viejo como el hombre, y ya Homero narraba cómo Ayax se había suicidado por una cuestión de honor. Sin embargo, del primer suicidio del que se tiene evidencia histórica (es decir, del que se encuentra constancia escrita) es muy posterior, del siglo VI a.C., y su protagonista fue el tirano griego Periandro.

Periandro, además de tirano de Corinto, fue uno de los Siete Sabios de Grecia. Era alguien capaz de lo mejor y de lo peor, y lo mismo abolía impuestos a las clases populares que mataba a algún noble sospechoso de conspirar contra él o porque sencillamente no les caían bien. Entre sus crímenes se narran que, en un ataque de ira, mató a patadas a su esposa Lísida (que estaba embarazada) y después echó la culpa a sus concubinas (decía que lo habían incitado a hacerlo), a las que quemó después como muestra de arrepentimiento. O desterrar a su propio hijo Licofrón a Corcira, ya que no le gustaban las excesivas muestras de dolor que hacía al llorar a su madre.

Periandro
Fue a este hijo Licofrón al que mandó llamar cuando se sintió viejo y cansado, con el fin de entregarle el trono. Su hijo respondió que no pondría los pies en Corinto mientras su padre viviese allí. Periandro entonces decidió irse él mismo a vivir a Corcira para que Licofrón pudiese hacerse cargo del gobierno de Corinto. Claro que a los habitantes de Corcira no les gustó mucho el intercambio, así que decidieron cortar por lo sano: mataron al hijo de Periandro. El tirano montó en cólera y ordenó castrar a todos los hijos de los que habían asesinado a Licofrón. Muchos huyeron a Samos, donde fueron perdonados.

Y viene ahora su suicidio. A Periandro no le hizo mucha gracia que muchos de los hijos de los asesinos de Licofrón estuvieran todavía enteros, así que fue sumiéndose en la depresión hasta que tomó la decisión de suicidarse. Claro que no iba a irse sin hacer ruido. A fin de evitar que sus enemigos encontraran su tumba y profanaran su cadáver, fue con dos soldados hasta un bosque y les ordenó que lo mataran y enterraran allí mismo. Y para evitar que esos soldados se fueran de la lengua, ordenó a otros dos soldados que los acecharan, los mataran y los enterraran. Y a su vez, mandó a otros dos soldados que siguieran y mataran a los dos anteriores, y así sucesivamente. No sabemos cuántas personas murieron aquel día, pero sí está claro que el plan de Periandro tuvo éxito, ya que nunca hallaron su tumba.

Murió así un tirano que mataba con facilidad, y que paradójicamente dejó para la posteridad frases tales como “los que quieran reinar seguros, se protejan con la benevolencia, no con las armas”, o “En las prosperidades sé moderado; en las adversidades, prudente. Serás siempre el mismo para tus amigos, sean dichosos o desdichados”. Y es que está claro que es más fácil hablar que cumplir lo que uno mismo predica.

Disturbios de Niká, cuando la Emperatriz salvó al Emperador

El emperador bizantino Justiniano I fue una de las figuras más importantes de la Antigüedad Tardía. Trató de revivir la gloria del antiguo Imperio Romano (consiguiendo conquistar parte de los territorios perdidos en Occidente) en un ambicioso plan llamado Renovatio Imperii Romanorum (Restauración del Imperio Romano), pero su influencia fue mucho más allá. Revisó y recopiló todo el Derecho Romano existente en el llamado Corpus Iuris Civilis, construyó importantes obras arquitectónicas (como la Iglesia de San Vital de Rávena) y reconstruyó otras (como la iglesia de Hagia Sofía en Constantinopla, destruida en los disturbios que aquí se narran) y patrocinó las artes y las letras. Llamado por algunos historiadores “el último romano” (fue el último emperador en usar el latín como lengua materna), su largo gobierno de 38 años fue muy fructífero.

Justiniano y Teodora
Sin embargo, un acontecimiento al comienzo de su reinado estuvo a punto de dar al traste con todos estos logros. En el año 532 se produjeron unos graves motines en Constantinopla conocidos como los disturbios de Niká, donde incluso se proclamó a un nuevo emperador por parte de los amotinados. Sólo la serenidad de la emperatriz Teodora y la posterior represión llevada a cabo por los generales Belisario, Mundo y Narsés lograron salvar el trono del emperador. Esta sublevación urbana tuvo su origen en la rivalidad entre las aficiones de dos equipos de las carreras de caballos, aunque las causas más profundas eran económicas, religiosas y sociales. Los disturbios dejaron la ciudad de Constantinopla prácticamente en ruinas, y se saldó con más de 30.000 muertos.

La llegada al trono de Justiniano

Alrededor del año 482, en el seno de una familia más bien pobre, vino al mundo en un pequeño pueblo de pastores llamado Tauresio un niño al que pusieron de nombre Petrus Sabbatius (curiosamente, en ese mismo pueblo había nacido en el año 480 otro niño llamado Teodato, que después fue rey godo). Su madre tenía como hermano a Justino, un militar miembro de los excubitores, un cuerpo de élite que era la única guarnición de Constantinopla y que tenía como misión proteger al emperador y a su familia. Justino llegó a ser el oficial al mando de esta unidad (conde de los excubitores), con lo que consiguió gran poder. Adoptó a su sobrino Petrus y éste a su vez tomó el nombre de Justiniano, tal vez en homenaje a su tío. Justino se preocupó de dar a Justiniano una buena educación, aunque se desconocen los detalles de su vida temprana.

Imagen actual de Tauresio
En el año 518, el emperador Anastasio I falleció sin un sucesor claro. En las intrigas que se sucedieron, Justino fue nombrado nuevo emperador con el apoyo de los excubitores, y una de sus primeras medidas fue nombrar jefe de ese cuerpo a su sobrino. Con el nombramiento de conde de los excubitores, Justiniano se convirtió en confidente, consejero y mano derecha de su tío, hasta el punto de convertirse en gobernante de facto del Imperio cuando Justino empezó a mostrar signos de demencia. Fue nombrado co-emperador en el año 527, y poco después Justino fallecía. El humilde pastor de las montañas se convirtió así en el gobernante del mayor imperio de la época.

El Imperio Bizantino en la época de Justiniano. En verde, sus conquistas
Justiniano, que era conocido como “el emperador que nunca duerme” por la energía que desplegó en sus comienzos, gustó de rodearse de colaboradores capaces, elegidos por él en base a su talento y no a su origen noble. De hecho, una de las medidas que su tío promulgó bajo influencia de Justiniano fue una ley que permitía el matrimonio entre personas de clases diferentes. Esto le permitió casarse en el año 525 con su amante Teodora, 20 años menor que él y al parecer una antigua prostituta de lujo. Aunque este matrimonio fue motivo de escándalo, Teodora demostró ser una leal colaboradora de su esposo, y una figura decisiva en los disturbios de Niká.

Las carreras de caballos en Constantinopla

Tras la instauración del Cristianismo como religión oficial del Imperio por parte de Constantino, se prohibieron los espectáculos en los que hubiera muertes humanas. De esta manera, las peleas de gladiadores en sus distintas variantes desaparecieron y fueron sustituidas por las carreras de cuadrigas, que ya gozaban de una gran popularidad antes. En la época de Justiniano, la vida social giraba alrededor del Hipódromo, que tenía capacidad para unos 40.000 espectadores y cuyo palco daba directamente al Palacio Imperial. Había carreras prácticamente todos los días y asistir a ellas era un acto social, pero también servía como válvula de escape del descontento popular.

Lámina con el Hipódromo
Había cuatro facciones, que se agrupaban en diferentes colores: los verdes, los azules, los rojos y los blancos (si bien las aficiones más importantes eran las de los verdes y los azules, hasta el punto de que los verdes acabaron absorbiendo a los rojos y los azules a los blancos). Esta división no era sólo una cuestión de rivalidad deportiva, sino que cada color agrupaba diferentes gremios y formas de ver la vida. Así, la afición de los verdes estaba formada por comerciantes, artesanos y clases populares que practicaban el monofisismo (una corriente del Cristianismo que sólo reconocía la naturaleza divina de Jesús, pero no la humana). Los azules, sin embargo, tenían sus forofos entre las clases nobles y los cristianos ortodoxos. Tanto Justiniano como Teodora eran partidarios de los azules, así como gran parte de los funcionarios que controlaban el aparato estatal. Ambas aficiones solían enfrentarse en peleas callejeras que a menudo acababa en muertes. Procopio de Cesarea lo narraba así:

La población de las ciudades se había dividido desde hace tiempo en dos grupos, los Verdes y los Azules… sus miembros (de cada facción) luchaban contra sus adversarios… no respetando ni matrimonio ni parentesco, ni lazos de amistad, incluso aunque los que apoyaban a diferentes colores pudieran ser hermanos o tuvieran algún otro parentesco

En el año 532, el ambiente social en Constantinopla estaba bastante enrarecido. Por una parte, la paz con los persas de Cosroes I se había conseguido a cambio del pago de unos cinco mil kilos de oro. Este acuerdo llevó consigo una enorme subida de impuestos, algo que aumentó el descontento de la gente. Además, la popularidad del emperador era baja a causa de su matrimonio con una mujer de clase inferior (algo que no contentaba ni a nobles ni a plebeyos), de su intento de compilación del derecho romano (el  Corpus Iuris Civilis anteriormente mencionado, que tampoco satisfacía a nadie) y de sus intentos de mediar entre los ortodoxos y los monofisitas buscando la unidad religiosa del Imperio. Por otra parte, la meritocracia instaurada por el Emperador hacía que muchos nobles tampoco estuvieran demasiado contentos. Intentando estar a bien con todos, Justiniano no contentaba a nadie, y la ciudad era un polvorín a punto de estallar. Sólo faltaba una chispa, y ésta llegó el 13 de enero del año 532.

La chispa

A finales del año 531, una pelea multitudinaria entre hinchas azules y verdes se había saldado con algunas muertes. Al parecer, los verdes habían pedido al emperador justicia ante el asesinato de algunos de los suyos, muertes que las autoridades no se daban mucha prisa en aclarar. Justiniano los ignoró, y los verdes se enfadaron de tal manera que a la salida organizaron una batalla campal. A consecuencia de todo esto, varios miembros de las dos aficiones habían sido detenidos, juzgados y condenados a muerte. La sentencia debía cumplirse el 10 de enero del año 532; sin embargo, dos condenados (un verde y un azul) consiguieron escapar y refugiarse en una iglesia (algunas fuentes señalan que esos hinchas se salvaron de forma milagrosa al romperse la soga de la horca en la que iban a ser colgados). El caso es que la muchedumbre rodeó la iglesia en la que estaban refugiados impidiendo que fueran a detenerlos y exigiendo que se les perdonara la vida.

Carrera de cuadrigas (William Trego)
En vista del ambiente enrarecido, Justiniano accedió a conmutar la pena de muerte de ambos por la de prisión, y anunció que tres días después habría una gran carrera en el Hipódromo para celebrarlo. Sin embargo, ese día (13 de enero) llegó y el ambiente seguía igual de cargado. Los hinchas ya no se conformaban con que la pena de muerte hubiese sido conmutada, querían la liberación de los reos. La muchedumbre accedió al estadio muy agitada, y conforme pasaba el tiempo se enfurecía más y más. Las facciones ya no se odiaban entre ellas, sino que se habían unido en su odio al Emperador. Las aficiones rivales se convirtieron en una única masa enfurecida que gritaba consignas contra Justiniano. Sin duda estas consignas estaban alimentadas por agitadores enviados por algunos nobles, que vieron en el descontento popular una vía para librarse por fin del odiado Emperador.

Reconstrucción del Hipódromo
Fue entonces cuando el Emperador cometió un grave error; en vista de lo caldeado del ambiente, decidió suspender las carreras. Esto indignó aún más a la masa, que pronto estuvo fuera de control. Justiniano y su séquito se refugiaron en palacio, y la muchedumbre salió del Hipódromo enardecida al grito de “Niká” (Victoria). Comenzaban en ese momento cinco días de furia y destrucción. Los disturbios de Niká acababan de empezar.

La valentía de Teodora

La multitud sometió al Palacio Imperial a un auténtico asedio. Por la tarde, muchos se dirigieron a la prisión exigiendo que se liberaran a los presos, y al no obtener respuesta, la atacaron y mataron a la guarnición, liberándolos ellos mismos. Durante los siguientes cinco días la furia se adueñó de los habitantes de Constantinopla y le dieron rienda suelta quemando y destruyendo edificios oficiales e iglesias (entre ellas Hagia Sofía, la más importante de la ciudad). Procopio de Cesarea, en su obra “Historia de las Guerras”, lo narraba de la siguiente manera:

 “Y la ciudad fue entregada a las llamas, lo mismo que si lo hubiera sido por enemigos. La iglesia de Santa Sofía, los baños de Zeuxipo y, en el palacio imperial, desde los propileos hasta la llamada Casa de Ares, todo eso fue consumido por el fuego

Además, la muchedumbre nombró a Hipatio (un sobrino de Anastasio I, el predecesor de Justino) nuevo Emperador. Este hecho demuestra que la revuelta estaba animada (si no directamente instigada) por elementos nobles contrarios a Justiniano. El Emperador, mientras tanto, trataba de calmar los ánimos destituyendo a algunos de sus ministros, pero sin resultado alguno. Abrumado por las circunstancias, y sin ver salida a la situación, Justiniano tomó la decisión de huir de la ciudad junto a su familia y sus colaboradores más cercanos para salvar la vida.

Teodora y su séquito
Fue entonces cuando la voz de la Emperatriz Teodora se alzó entre todas las demás. Dirigiéndose a su esposo, dijo:

Si la fuga fuese el único medio de salvarse, renunciaría a la salvación. El hombre ha nacido para morir y aquel que reina no debe conocer el miedo. César, escapa tú, si quieres: ahí está el mar, ahí las naves que te esperan y tienes bastante dinero. En lo que a mí respecta, me quedo. Acepto el viejo dicho de que la púrpura es la mejor de las mortajas

Estas palabras serenaron a Justiniano, que decidió quedarse y poner fin a la rebelión.

El final de la revuelta

Los rebeldes se habían vuelto a concentrar en el Hipódromo, donde el joven Hipatio disfrutaba de su nueva condición de Emperador en el palco. Se calcula que había allí unas 40.000 personas. Justiniano ordenó a sus generales que tomaran una fuerza de soldados veteranos de élite, rodearan el Hipódromo y fingieran que querían negociar con los cabecillas rebeldes las condiciones de rendición. Así se hizo, de modo que cuando el ejército entró, empezó a masacrar a los allí congregados. Se cree que murieron 30.000 personas ese día.

Belisario
El pobre Hipatio fue capturado vivo. Justiniano estaba dispuesto a perdonarle la vida (al fin y al cabo sólo había sido un peón en un juego que no entendía); sin embargo, Teodora insistió en que debía ser ejecutado, y el Emperador accedió. Con su muerte se acababan los disturbios, y la calma volvió a una ciudad que había quedado prácticamente destruida después de cinco días de una orgía de sangre y destrucción. Justiniano se puso manos a la obra y reconstruyó la ciudad, más espléndida de lo que ya era. De hecho, gracias a él se inauguró la Edad de Oro del Arte Bizantino, con ejemplos tales como la reconstrucción de Hagia Sofía, la Iglesia de San Sergio y San Baco o la llamada Cisterna Basílica, construida bajo una stoa (una especie de soportales, característica de la arquitectura clásica) en forma de basílica que había construido Constantino, y que también sería ampliada por Justiniano.

Hagia Sofía
El reinado de Justiniano duraría 33 años más, periodo en el que el Imperio Bizantino volvió a tener una sombra de gloria de lo que fue el Imperio Romano. Pero todo eso pudo haber cambiado de no ser por las palabras de una mujer valiente que recordaron al Emperador quién era y qué representaba. Una mujer que nunca ha sido debidamente reconocida como lo que fue: una gran gobernante en la sombra. 

Tres falsos mitos de la Segunda Guerra Mundial

La Historia está llena de mitos. Desde la creencia general de que en las Termópilas sólo lucharon 300 espartanos (hubo más de 5.000 griegos en la batalla, incluidos tespios, tebanos, corintios…) hasta que Edison inventó la bombilla (la idea original fue del químico británico Joseph Wilson Swan, y Edison sólo perfeccionó su diseño), pasando por absurdos tales como la aparición del Apóstol Santiago en la Batalla de Clavijo (ni siquiera existió tal batalla) o que Colón sostenía que la Tierra era redonda y los sabios castellanos que era plana (realmente todos pensaban que era una esfera y discutían sobre su tamaño). Todos estos tópicos se han asentado en la cultura colectiva y resulta difícil desmentirlos, pues a pesar de aportarse documentación suficiente, cada cierto tiempo alguien los va repitiendo.

Cartel de la película "Enemigo a las puertas"
La Segunda Guerra Mundial no se libra de esos mitos recurrentes. De hecho, y a pesar de la prolija documentación que existe sobre casi todos los aspectos de este conflicto, aún existen numerosos tópicos que reaparecen una y otra vez. Hoy trataremos tres de los más populares, de esos que cada poco tiempo resurgen por más que se desmientan. Ya se sabe que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad” (Goebbels dixit), y aunque este artículo no pretende zanjar ninguno de estos mitos (ya que por desgracia se seguirán repitiendo hasta la saciedad), si al menos sirve para convencer a alguien que no hay que creerse todo lo que circula por ahí habrá cumplido su propósito.

La carga de la caballería polaca contra los tanques alemanes

El 1 de septiembre de 1939 Alemania invadió Polonia. Dos días después, Gran Bretaña y Francia declaraban la guerra a Alemania, con lo que daba comienzo la Segunda Guerra Mundial. La táctica alemana se basaba en el uso masivo de unidades blindadas y motorizadas que penetraban profundamente en las líneas enemigas desbaratando todo el sistema defensivo. Dicha táctica, conocida como Blitzkrieg (“Guerra relámpago”), tuvo un tremendo éxito y posibilitó que Polonia fuera derrotada en apenas 5 semanas, con la ayuda de la invasión soviética por el este que se produjo el 17 de septiembre. El ejército polaco, anclado en gran medida en las tácticas de la Primera Guerra Mundial, poco pudo hacer ante la tremenda superioridad tecnológica y táctica de sus enemigos.

Ulano polaco con fusil antitanque
Fue en esta invasión donde supuestamente se produjo uno de esos actos de heroísmo que se recuerdan para siempre. El 2 de septiembre la Brigada de caballería “Pomorska” cargó con sus lanzas y sables contra una unidad de tanques alemana. Naturalmente la mayoría de los jinetes fueron masacrados antes de llegar siquiera a los tanques, y el resto poco pudo hacer con sus espadas y lanzas contra el blindaje de los carros. Se cuenta también que este episodio constituyó la última carga de caballería de la Historia, y a partir de entonces se hizo evidente que la época del caballo y el jinete había quedado atrás frente a las unidades motorizadas.

Representación de la supuesta carga de la caballería polaca
Lo malo de toda esta historia de heroísmo y sacrificio es que es falsa. En realidad, el 2 de septiembre la Brigada “Pomorska” mantuvo intensos combates contra unidades de infantería motorizada alemanas protegiendo la retirada de sus propias tropas a lo largo del río Brda. De hecho, su valor provocó que dichas unidades alemanas se replegaran ante la presión a la que los jinetes polacos las estaban sometiendo. Esa tarde, a última hora, tuvo lugar la lucha que dio origen a la leyenda. Tras ocultarse en un bosque, salieron al galope cazando a un batallón de infantería alemana descansando. La carga sorprendió a los alemanes, que se dieron a la fuga dejando bastantes bajas por el camino. Desgraciadamente para los polacos, de pronto aparecieron varios vehículos blindados alemanes de reconocimiento que les atacaron con sus ametralladoras, causándoles 20 muertos y unos 50 heridos. Entre los muertos se encontraba el jefe de los jinetes, el coronel Kazimierz Mastalerz.

Panzer III, uno de los tanques utilizados en Polonia
Al día siguiente, los alemanes llevaron a corresponsales italianos al lugar y les contaron que la caballería polaca había cargado contra los blindados alemanes. El reconocido periodista Indro Montanelli (famoso por la frase "No permitas que la verdad te arruine una buena noticia", entre otras cosas) publicó el 13 de septiembre un artículo en el Corriere della Sera titulado “Cavalli contro autoblindo”, en la que contaba la historia que los alemanes le habían narrado. Este artículo caló entre el público, entre otras razones porque nadie se encargó de desmentirlo: los alemanes porque con él demostraban su superioridad militar y táctica, y los polacos porque así hacían gala de un heroísmo más allá de todo límite. Hasta tal punto está extendida la leyenda, que en el año 2009 un artículo del diario británico The Guardian la daba por cierta (y tuvo que disculparse poco después por ello). Esta historia apareció también en el libro “El tambor de hojalata”, del Premio Nobel Günter Grass. Sin duda, es una de los mitos más extendidos y duraderos de la Segunda Guerra Mundial.

Caballería polaca
Para finalizar, hay que decir que este combate tampoco fue la última carga de caballería de la Historia. Los polacos realizaron un total de 16 cargas de caballería durante la invasión, y algunas de ellas fueron gloriosas, como en Krasnobrod, donde capturaron 100 soldados alemanes incluido su general Rudolf Koch-Erpach, o en Husynne, donde pusieron en fuga a los soviéticos. El honor de ser la última carga de la Historia corresponde a la que realizaron los jinetes italianos del regimiento “Savoia” en agosto de 1942, cuando atacaron a la infantería soviética en Isbuschenskij, en plena invasión de la URSS por parte de Alemania. Y por cierto, tuvieron éxito.

El duelo de francotiradores

El 23 de agosto de 1942 empezó la Batalla de Stalingrado, una de las más importantes de la Segunda Guerra Mundial. El enfrentamiento, que se prolongó hasta el 2 de febrero de 1943, supuso la primera gran derrota de Alemania en la URSS y estuvo llena de actos de heroísmo por parte de ambos bandos. Algunos de esos actos los protagonizaron los francotiradores soviéticos, que en esta batalla adquirieron una enorme importancia. Y no sólo por el número de bajas alemanas que causaron, sino porque sirvieron para levantar la moral de las tropas, pues sus hazañas (magnificadas por la propaganda soviética) inspiraron al resto de los soldados.

Vasili Záitsev
Siguiendo el modelo que habían desarrollado precisamente los alemanes, el Ejército Rojo empezó a editar folletos y periódicos entre la tropa en los que se magnificaban las hazañas de sus soldados frente a un enemigo que muchos seguían considerando invencible. Uno de esos héroes soviéticos fue el francotirador Vasili Záitsev. Especializado en abatir oficiales alemanes, sus hazañas se hicieron legendarias. La propaganda soviética, naturalmente, exageró el número de enemigos muertos. Ya era una figura heroica, pero faltaba algo que lo elevara a la categoría de mito. Y para eso, el aparato propagandístico soviético ideó un duelo con un francotirador alemán. Y no con cualquiera, sino con alguien excepcional.

Soldados alemanes en Stalingrado
El supuesto rival de Záitsev se llamaba Erwin König, y era Mayor en las SS (aunque otras fuentes señalan que era Coronel y que se llamaba Heinz Thorvald). Estaba destinado en la escuela de francotiradores en Prusia, donde era el jefe instructor. Además, había sido condecorado con la Cruz de Caballero con las Hojas de Roble (nada menos). Para rizar el rizo, se dijo que había sido campeón olímpico de tiro en 1936 y que era miembro de la nobleza, con lo que además de encarnar a los enemigos de la patria representaría la eterna lucha de clases que el comunismo propugnaba: un rancio noble prusiano contra un humilde campesino de los Urales. El personaje de König era perfecto para ensalzar la figura de Záitsev y elevar la moral. Demasiado perfecto.

Ed Harris como el Mayor König en "Enemigo a las puertas"
Y es que demasiadas cosas fallan en el personaje. Para empezar, nunca existió una escuela de francotiradores de las SS, ni en Prusia, ni en Berlín (donde también se la ubicó) ni en ninguna otra parte. Ningún registro alemán tiene constancia de ningún Mayor König (o Thorvald) y ni mucho menos de alguien con ese nombre condecorado con la Cruz de Caballero con Hojas de Roble (y es extraño, ya que era una de las máximas condecoraciones alemanas). El dato de que fue campeón olímpico viene de que Záitsev le quitó la mira telescópica a su rifle cuando lo abatió y en ella ponía “Major König, head of the Berlin Central Snipers School and Olympic shooting champion of 1936” (Mayor König, responsable de la Escuela de Francotiradores de Berlín y campeón de tiro olímpico en 1936), y esa mira puede verse ahora en el Museo de la Guerra de Moscú; pero ese dato tampoco se sostiene. En la Olimpiada de 1936 hubo tres competiciones de tiro (tiro con pistola libre a 25 metros, tiro con pistola rápida a 50 metros y tiro con rifle en posición tendida a 50 metros) y en ninguna de ellas ganó nadie llamado König o Thorvald.

Prisioneros alemanes en Stalingrado
Para terminar, las fuentes soviéticas atribuían a König la cifra de 400 enemigos abatidos (lo que daba a la hazaña de Záitsev un valor especial). Sin embargo, el mejor francotirador alemán de la guerra fue Mätthias Hetzenauer, con 350 enemigos muertos. Pero ni era de las SS (pertenecía al ejército regular), ni coronel ni por supuesto noble. Alguien con más aciertos estaría en algún registro, pero no hay nadie llamado König o Thorvald en ninguno. Otro detalle es que supuestamente Záitsev le quitó la mira telescópica al rifle de su rival, pero no hizo lo mismo con la Cruz de Caballero, que fue recuperada después por un ataque de las fuerzas soviéticas. ¿No es extraño que se le pasara algo así?

Una imagen icónica de Stalingrado durante la batalla
La única prueba de la existencia de König está en las memorias del propio Záisev, que escribió lo siguiente:

Era difícil decir donde se encontraba. Probablemente cambiaba sus posiciones con frecuencia y me buscaba con la misma precaución con la que yo le buscaba a él. Un día el alemán le destrozó el visor óptico del rifle a mi amigo Morózov e hirió a Sheikin. Morózov y Sheikin, los cuales se consideraban francotiradores muy profesionales pues conseguían triunfos en los enfrentamientos más difíciles. Ya no tenía dudas de que se habían tropezado con el superfrancotirador fascista que yo buscaba. Al amanecer, Nikolái Kulikov y yo ocupamos las mismas posiciones en las que el día anterior estuvieron nuestros compañeros. Observando el conocido paisaje y no descubrí nada nuevo. (…). -¿Dónde se oculta?-, le pregunté a Kulikov cuando por la noche abandonábamos nuestro escondite. Por la paciencia que manifestó el enemigo durante el día, adiviné que el francotirador berlinés había estado aquí. Llegó el segundo día (…). Entre el tanque y el fortín hay una plancha de hierro con un montículo de ladrillos rotos (…). A lo mejor se oculta allí, bajo la lámina de hierro en zona neutral. Decidí comprobarlo. Puse una manopla en una tablilla y la levanté. El fascista se dejó engañar. Un impacto directo. Seguro que está debajo de la plancha (…). Por la tarde, nuestros fusiles estaban a la sombra, mientras que sobre la posición del fascista caían directamente los rayos del sol. En un borde de la plancha algo brilló: ¿Un trozo de cristal o el visor óptico? Con mucho cuidado, tal y como solo lo puede hacer el francotirador más experto, Kulikov empezó a levantar el casco. El fascista disparó. El hitleriano pensó que había asesinado por fin al francotirador soviético al que intentaba cazar desde hacía cuatro días y mostró su cabeza. Contaba con ello. Mi impacto fue preciso. La cabeza del fascista bajó y el visor óptico de su fusil, inmóvil, continuó brillando bajo el sol hasta la noche... Al atardecer, nuestros soldados atacaron a los alemanes y en el fragor del combate sacaron de la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro al comandante fascista muerto. Tomaron sus documentos y los llevaron al jefe de división

Un testimonio que huele a propaganda elaborada. La publicación de las memorias de Záitsev, la edición de algunas novelas donde se recoge el nombre del alemán y sobre todo la película “Enemigo a las puertas” han popularizado una historia que han convertido el duelo de francotiradores de Stalingrado en un mito. Porque eso es lo que es: un mito.

Hugo Boss y los uniformes de las SS

Hugo Ferdinand Boss creó en 1923 la empresa que lleva su nombre. En principio se dedicaba a fabricar gabardinas y ropa de trabajo, pero el negocio no iba bien, hasta el punto de que en 1931 estaba a punto de ir a la bancarrota. Fue entonces cuando decidió afiliarse al partido nazi. Esto le supuso que le empezaran a llegar pedidos de uniformes de las SA (la organización paramilitar del partido), lo que salvó a su empresa de la quiebra. Cuando en 1933 los nazis llegaron al poder y empezó la militarización de Alemania, la empresa de Hugo Boss comenzó también a fabricar uniformes para el ejército y las SS.

Uniformes de las SS
En efecto, Hugo Boss era un nazi convencido que, entre otras cosas, aprovechó las proscripciones contra los judíos para quedarse con maquinaria y locales de otras fábricas y utilizó mano de obra esclava (140 prisioneros de guerra franceses y 40 polacos). Sin embargo, no es verdad que diseñara los uniformes de las SS. El diseño de los característicos uniformes negros se debió al oficial de dicho cuerpo Karl Diebitsch y al diseñador gráfico Walter Heck. Hugo Boss fabricó esos uniformes con los patrones que le llegaban desde Berlín, al igual que otros muchos fabricantes de ropa. Tras el conflicto, Boss fue juzgado y condenado por colaborar con los nazis (se le multó y se le privó del derecho al voto), y en 2011 la empresa publicó un comunicado pidiendo perdón por sus actividades durante esos años.

Fotografía de Hugo Boss junto a los supuestos uniformes que diseñó
El caso de Hugo Boss no es distinto al de otras empresas alemanas de la época como Porsche, Bayer o Agfa. Incluso empresas extranjeras como IBM o Coca Cola colaboraron con los nazis a través de sus filiales alemanas. Una figura tan conocida como Coco Channel fue acusada de lo mismo, aunque ella negó durante toda su vida las acusaciones. Lo que no es cierto por mucho que se repita es que Hugo Boss diseñó los uniformes de las SS. Pero nunca faltará quien vuelva a repetir la historia, porque a los humanos nos chiflan las teorías de la conspiración.
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