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La pesadilla de los náufragos del Batavia

Durante el siglo XVII, Holanda dominó el comercio mundial de las especias a través de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Esta organización (llamada VOC por sus siglas en holandés) constituía un estado dentro del estado, con sus propios funcionarios, buques y ejército. Para satisfacer la creciente demanda de especias en Europa, la VOC debía traer los productos desde Insulindia (nombre que recibía por entonces el archipiélago malayo) en una peligrosa travesía de 8 meses. Naturalmente, los naufragios eran algo relativamente común, y se calcula que uno de cada 50 barcos no llegaba a su destino (y uno de cada 20 que volvía no alcanzaba las costas holandesas). De uno de esos naufragios trataremos hoy aquí.

La masacre de los supervivientes del "Batavia"
En la madrugada del 3 al 4 de junio de 1629, el buque “Batavia” naufragó en el archipiélago de los Abrolhos, al oeste de Australia. Aunque la mayoría de las personas que iban a bordo sobrevivieron al naufragio, el verdadero horror vino después. Uno de los supervivientes, ayudado por sus secuaces, instauró un reino de terror y durante tres meses se sucedieron las violaciones, torturas y asesinatos. La pesadilla sólo acabó cuando un buque de rescate llegó al lugar, apresó a los responsables y liberó de la sangrienta tiranía a los pocos que quedaban. Esta es la historia de los supervivientes del “Batavia”.

El comienzo de la travesía

El 2 de octubre de 1628 partía hacia Java un gigante de los mares. El buque “Batavia”, de 50 metros de eslora y capaz de desplazar 1.200 toneladas, comenzaba una travesía que debía llevarle a la isla de Java, donde debía cargar especias y otras mercancías y regresar a Holanda en un viaje que duraría 8 meses. Por aquel entonces, la ruta que seguían los convoyes holandeses hacia Insulindia pasaba por Cape Town (en la actual Sudáfrica), donde se hacía la única escala. Desde allí, los barcos se dirigían hacia el sur para aprovechar los fuertes vientos del este que aparecían a partir del paralelo 40 (los llamados “Rugientes 40”) hasta que se consideraba que se había alcanzado la longitud prevista; entonces se viraba hacia el norte, donde los alisios empujarían los barcos hacia su destino.

Reconstrucción del "Batavia"
Sin embargo, calcular el punto exacto donde se debía virar hacia el norte no era una tarea nada fácil, pues los marinos no tenían forma de calcular la longitud (no pudieron hacerlo hasta la invención del cronómetro marino, un siglo más tarde), por lo que la decisión se fundamentaba en gran medida en las intuiciones del capitán, que a su vez se basaban en el número de días que llevaban de travesía y la fuerza aparente del viento. Por supuesto, los errores de cálculo eran frecuentes, y a veces las consecuencias eran fatales, pues un retraso en tomar  la decisión llevaba a las naves a la costa australiana, una de las más inhóspitas de la Tierra por entonces.

Bandera de la VOC
Las normas de la VOC (y de su homóloga para los mercados occidentales, la WIC) establecían que los barcos debían estar mandados por un sobrecargo, alguien con competencias comerciales y administrativas pero sin conocimientos marineros. Bajo su mando se encontraba el patrón, quién sí disponía de esos conocimientos y se encargaba de las responsabilidades puramente náuticas, aunque subordinado a las decisiones del sobrecargo. En el “Batavia” el sobrecargo se llamaba Francisco Pelsaert, un hombre austero y responsable, y el capitán era Ariaen Jacobsz, un buen marino pero bebedor y mujeriego. Ambos se conocían de tiempo atrás, cuando habían tenido un incidente en la India, por lo que no tenían una buena relación. Si a eso añadimos los roces que se producían como consecuencia de la peculiar cadena de mando, el conflicto estaba servido.

Posesiones de la VOC y la WIC
El “Batavia” transportaba doce cofres de monedas y lingotes de plata (los proveedores de especias sólo aceptaban el pago en metales preciosos), además de joyas y un pórtico desmontado para una iglesia de Yakarta. A bordo del buque iban 341 personas, entre pasajeros, marineros y soldados. Dos personas destacaban entre los pasajeros, y serían fundamentales para lo que pasó luego. Por un lado, una bellísima dama llamada Lucretia van der Mijlen, que viajaba a Java para reunirse con su marido, y que iba acompañada de una criada llamada Zwaantie. Por otro, un boticario arruinado dotado de una personalidad magnética llamado Jeronimus Cornelisz, que se había empleado hacía poco tiempo en la VOC y que se embarcó para huir de la justicia, pues era seguidor del pintor Torrentius, recientemente condenado por satanismo y brujería (y cuyo único cuadro conservado es de una perfección inquietante).

"Naturaleza muerta con brida", obra de Torrentius
Las personas que iban a bordo se hacinaban en el reducido espacio del buque. En el castillo de proa iban los marineros, los soldados y los pasajeros de escasos recursos, mientras que en los compartimentos de popa viajaban los oficiales y los pasajeros más pudientes. Éstos tenían alguna comodidad más que los demás (por ejemplo, eran servidos con 3 comidas calientes diarias, mientras que el resto se tenía que conformar con tocino frío), pero en cualquier caso la vida a bordo era incómoda y desagradable por la fetidez, la promiscuidad, la falta de aire y de espacio, la perpetua humedad, el calor, el frío, las ratas, los parásitos, la mugre (para economizar el agua dulce, los marineros se veían obligados a veces a lavar su ropa blanca con su propia orina), los víveres estropeados, enmohecidos o rebosantes de gusanos, el agua estancada, la grosería de los compañeros de a bordo, la ferocidad sádica de la disciplina y la amenaza perpetua y aterradora del escorbuto. Este ambiente enrarecido sin duda contribuyó a los acontecimientos posteriores.

La escala en Cape Town

Tras seis meses de navegación, el barco dobló el Cabo de Buena Esperanza y llegó a Cape Town. A lo largo de la travesía hasta allí, las tensiones se fueron agudizando a causa de la pasajera Lucretia. Ya hemos dicho que era una mujer de gran belleza, de modo que tanto el patrón como el sobrecargo trataron de obtener sus favores. No obstante, la dama se resistió a ambos, de modo que quedó bajo la protección galante del sobrecargo. Este hecho enfureció al patrón, que para resarcirse sedujo a la criada de la dama, lo que provocó que dicha criada empezara a comportarse de forma insolente. Además, el boticario Cornelisz también aspiraba a los amores de Lucretia, aunque no se atrevía a poner sus cartas boca arriba. Lo que sí hizo fue hacerse amigo del patrón.

Mapamundi del siglo XVII
La escala en Cape Town, en lugar de aligerar el ambiente, sirvió para enrarecerlo aún más. El patrón cogió un bote y junto a su amante Zwaantie y el boticario Cornelisz desembarcaron con ánimo de divertirse. Sin embargo, la fiesta acabó en una trifulca con otros marineros y el sobrecargo reprendió públicamente al patrón por su comportamiento delante de toda la marinería. Este incidente alimentó el resentimiento que sentía hacia el sobrecargo, y junto al boticario empezaron a tramar la forma de provocar un motín y hacerse con el control del barco. Para ello, bastaría con convencer a una veintena de decididos marineros, hacerse con las armas y eliminar al sobrecargo Pelsaert. Con la fortuna que guardaba el barco en sus bodegas, el futuro estaría asegurado para todos.

Ruta del "Batavia"
El “Batavia” partió de nuevo para dirigirse a su destino final. El sobrecargo, que había contraído una enfermedad durante su estancia en la India que le volvía periódicamente, tuvo un ataque de fiebre que le dejó postrado en la cama durante un mes. Cuando se restableció, los conjurados le tendieron una trampa: realizar una acción tan intolerable que provocara un castigo desmedido por parte del sobrecargo, lo que atizaría el descontento de la tripulación. Para ello, una noche atacaron en cubierta a Lucretia, le alzaron falda y enaguas y la embadurnaron con alquitrán y excrementos. Sin embargo, aunque Pelsaert realizó una exhaustiva investigación del asunto, no aplicó ningún castigo a nadie, a pesar de sospechar del patrón. Tal vez pensó que sería mejor aplazar el asunto hasta estar otra vez en la seguridad de la tierra firme.

El naufragio

Durante la noche del 3 al 4 de junio de 1629, el vigía detectó lo que parecían olas rompiendo contra un bajío. El patrón no hizo mucho caso, pues estimaba que estaban lejos de la costa, pero se equivocaba. Unos minutos después, el “Batavia” quedó empalado contra un arrecife. Acababan de chocar contra los corales de los Abrolhos, archipiélago descubierto apenas 10 años antes y bautizado así por el peligro que suponía para la navegación (Abro olhos, en portugués, significa “Abre los ojos”). Tratando de aligerar peso, se tiraron los cañones por la borda e incluso se serró el palo mayor, pero todo fue inútil. Al alba, observaron cerca unos pequeños islotes; el barco disponía de un bote y una pequeña embarcación de dos palos llamada yola, y en ellas se fueron embarcando los náufragos para llegar a tierra. En varios viajes, lograron desembarcar a 180 personas con víveres y una pequeña provisión de agua. En el barco quedaron otras 70 personas, miedosas de ahogarse y confiadas a la falsa seguridad que ofrecía el navío, entregadas a una borrachera continua (habían asaltado las bodegas del barco y se habían hecho con todo el alcohol). Entre ellos estaba el boticario.

Naufragio del "Batavia"
El islote donde estaban (que fue rápidamente bautizado como “Cementerio del Batavia”, aunque hoy recibe el nombre de Isla del Faro) carecía de alimentos y agua. En los siguientes días, el comendador hizo una rápida exploración de las islas vecinas, llegando a la conclusión de que ninguna disponía de una fuente de agua ni de víveres (aunque esta conclusión se revelaría equivocada, como veremos luego). Así pues, la única esperanza de los náufragos era que un grupo partiera en los botes hacia Yakarta, a 1.800 millas, y enviar un barco de rescate. El sobrecargo y el patrón decidieron embarcar a la élite de la tripulación e intentarlo. Para evitar que todo el mundo quisiera subir a bordo mantuvieron su plan en secreto, y en la noche del 8 de junio se hicieron silenciosamente a la mar con el bote y la yola. Cuando el resto de los náufragos se dieron cuenta, montaron en cólera y bautizaron el islote vecino como “Isla de los Traidores”.

Isla del Faro. Al fondo, la Isla de los Traidores
Nueve días después de naufragar, el mar terminó de hundir lo que quedaba del “Batavia”. De los 70 que estaban a bordo, sólo unos 20 consiguieron llegar a tierra. Entre ellos se encontraba el boticario Cornelisz. Los náufragos del islote, que habían formado un comité de notables para tomar decisiones, lo acogieron con agrado y, en vista de su cargo de ayudante del sobrecargo (y por tanto la máxima autoridad ahora que el sobrecargo y el patrón se habían ido), le nombraron presidente de dicho comité. Al principio actuó bien: organizó el trabajo, hizo inventario de los recursos disponibles y reinstauró la disciplina. Sin embargo, al poco tiempo reemplazó a todos los miembros del comité y los sustituyó por secuaces suyos. La primera decisión de dicho comité fue arrestar y condenar a muerte a un soldado acusado de robar vino, sentencia que se ejecutó en el acto. El primer paso hacia su reino del terror se había dado.

El reino del terror del boticario

Cornelisz trató de conseguir la absoluta lealtad de los náufragos. Para ello, y contando con la ayuda de aquellos que se habían sumado a su intento de motín, tomó varias decisiones. La primera fue confiscar todas las armas y balsas de la isla bajo su control. La segunda, advirtiendo que su grupo era aún minoritario, fue deshacerse de todos aquellos que consideraba que no se sumarían a su causa. Así pues, envió un pequeño grupo a las islas de alrededor, la Isla de los Traidores y la Isla de las Focas (con la esperanza de que se murieran de hambre y sed), y ordenó a un grupo de soldados (sin armas, agua ni comida) a que fueran a explorar la isla mayor (llamada Isla Alta) con la orden de que hicieran señales de humo si encontraban agua y alimentos, aunque confiaba en que tampoco sobrevivieran. Este grupo, al mando de un soldado llamado Hayes, era la única oposición que tenía a sus planes. Poco después, se deshizo en secreto de otros varios hombres ahogándolos y les contó al resto que habían partido para reforzar la expedición a la isla mayor.

Isla Alta
Sin embargo, sus planes se torcieron. Veinte días después de haber desembarcado a los soldados en Isla Alta, estos encontraron agua y animales que cazar, e hicieron las señales de humo convenidas. La esperanza se adueñó de los náufragos, pero el boticario se encargó de cortarla de raíz; mandó matar a todos los que intentaron llegar a Isla Alta y unirse a los soldados. El boticario se había quitado la careta. Inmediatamente ordenó que todos le prestaran juramento de fidelidad, y a los que se negaron los mató. Poco después asesinó a los inválidos y a los enfermos. Y siguió matando personas arbitrariamente, sólo por capricho. Por ejemplo, mandó asesinar a 6 de los 7 hijos de un predicador que viajaba en el barco mientras cenaba con él (sólo se salvó la hija mayor, que quedó como concubina del lugarteniente de Cornelisz). Se reservó para él a la hermosa Lucretia, y se hizo llamar desde entonces Capitán General.

Ataque a Isla Alta
No obstante ser un hombre que no vacilaba en ordenar la muerte de sus semejantes, él mismo era incapaz de la más mínima violencia. En cierta ocasión, los llantos de un bebé le molestaban, así que lo cogió y le administró veneno. Como el bebé no moría, ordenó a uno de sus esbirros que lo degollara porque no era capaz de hacerlo él mismo. Asimismo, ante las negativas de Lucretia a concederle sus favores, no insistió. En lugar de eso, le contó el asunto a su lugarteniente, que se encargó de hablar con la mujer dejándole claro lo que le pasaría si no colaboraba; desde ese momento, Lucretia se convirtió en su amante. A excepción de Lucretia y de la hija del predicador, el resto de mujeres fueron declaradas “de servicio común” y violadas repetidamente todos los días.

Fuerte construido por los hombres de Hayes
El único problema que tenía el boticario era el de los soldados de Isla Alta, comandados por Hayes. Estos hombres, que se habían visto reforzados por algunos que habían logrado escapar, contaban con abundante agua y alimentos, y además se habían fabricado armas improvisadas y construido un pequeño fuerte. Así pues, intentó primero un acercamiento negociador y, en vista de que eso no funcionaba, intentó asaltarlos. A primeros de agosto intentó dos desembarcos sucesivos, pero sus hombres fueron rechazados. Cornelisz intentó entonces ir a la isla con cinco ayudantes a intentar convencerles de que se le unieran. Los soldados de Hayes no sólo no se le unieron, sino que apresaron al boticario y mataron a los ayudantes. El resto de sus hombres intentó liberarlo el 17 de septiembre lanzando un nuevo asalto a la isla. En pleno asalto, una vela apareció en el horizonte. Los hombres de Hayes hicieron señales de humo para atraer la atención del barco. El rescate había llegado.

El rescate

La expedición del sobrecargo había conseguido llegar a Java y avisado a la VOC del naufragio. Inmediatamente se mandó un navío (el “Sardam”) a rescatar a los náufragos y lo que se pudiera de la carga del “Batavia”. La tripulación del barco, nada más llegar, apresó al boticario y a todos sus hombres, y allí mismo los sometió a juicio. Primero les torturó para arrancar confesiones y finalmente los condenó, en su mayoría a muerte. A Cornelisz y seis de sus lugartenientes se les aplicó la sentencia allí mismo (sus hombres pidieron que ejecutaran a Cornelisz el primero), y el 2 de octubre fueron ahorcados en un patíbulo levantado en la Isla de las Focas (previamente al boticario se le cortaron las dos manos). La noche antes de la ejecución consiguió veneno, pero su ingesta no fue todo lo eficaz que él suponía, de modo que pasó su última noche entre vómitos y diarreas. Sus últimas palabras fueron: “Venganza, venganza”.

Llegada del "Sardam"
El 15 de noviembre el “Sardam” partió de nuevo hacia Yakarta. En él iban los 54 supervivientes del horror y los 16 cómplices de Cornelisz encadenados. A dos de ellos se les abandonó en la costa australiana (territorio inexplorado por entonces) y nada más se supo de ellos. De los otros 14, cinco fueron inmediatamente ahorcados y al resto se les sometió a suplicios variados. Hayes, que había liderado la resistencia al boticario, fue ascendido a alférez de marina y su pista se pierde para siempre. La hermosa Lucretia se enteró al llegar a Yakarta de que se había quedado viuda, y poco después volvió a casarse con un militar; se dice que murió en Ámsterdam en 1681. El sobrecargo Pelsaert nunca llegó a recuperarse y murió en 1630, dejando escrito en su diario: “El conjunto de todas las tragedias ha sido volcado sobre mis hombros”. En cuanto al patrón Jacobsz, acabó sus días en una cárcel de Java tras haber sido acusado de intento de motín en el “Batavia”.


Ahorcamientos en la Isla de las Focas
Acababan así 105 días de terror. La noticia del suceso corrió como la pólvora por Europa, aunque con el tiempo cayó en el olvido. En 1963 se descubrió el pecio del “Batavia”, y recientes excavaciones han sacado a la luz esqueletos de algunas de las 170 víctimas de la furia homicida del boticario. Esperemos que este artículo contribuya a que esta tragedia no vuelva a caer en el olvido, porque no podemos permitir que se cumpla lo que dice el verso clásico: “El mar lava todos los crímenes de los hombres”.

John Rykener, un transexual en el siglo XIV

Estamos en Londres; la fecha, el 18 de diciembre de 1395. Ese día compareció en juicio un hombre llamado John Britby. Unos días antes había sido sorprendido en Soper’s Lane (una calle del barrio de Cheapside, en la capital inglesa) teniendo sexo con una prostituta llamada Eleanor Rykener, entre las 8 y las 9 de la noche. Ambos fueron arrestados y encerrados en la cárcel de la ciudad a la espera de ser juzgados. Sin embargo, la acusación que pesaba sobre ellos no era la de fornicación o prostitución sino la de ejercer el “illud vitium detestabile, nephandum, et ignominiosum” (“vicio detestable, innombrable e ignominioso”); es decir, se les acusaba de sodomía y de mantener relaciones sexuales entre hombres.

Quema de sodomitas por la Inquisición
Y es que la tal Eleanor Rykener resultó ser un hombre llamado John que se vestía de mujer para ejercer la prostitución. Britby, creyendo que era una mujer, había contactado con ella y, después de acordar el precio, se habían retirado tras un puesto ambulante. Allí fueron sorprendidos por las autoridades y detenidos. Fue poco después cuando se descubrió el verdadero sexo de la prostituta, que en un interrogatorio contó lo que le había llevado a esa vida. En su declaración, el cliente Britby siempre negó saber que estaba con un hombre, y sostuvo que creía estar practicando sexo con una mujer. Las actas del juicio, en latín medieval y no en inglés medio (ya que el latín, a diferencia del inglés, es un idioma con género gramatical) aún se conservan y fueron descubiertas en 1995 por investigadores ingleses. Esta es la narración de la vida de John Rykener contada por él mismo.

La bordadora

La historia de cómo John Rykener llegó a ser la prostituta Eleanor comienza unos años antes, cuando encontró a una mujer llamada Elizabeth Brouderer (apellido que significa “bordadora”). Esta mujer puede ser identificada como Elizabeth Moring (en esa época era habitual que las personas adoptaran su oficio como apellido). No sabemos quién contactó con quién, pero el caso es que en poco tiempo Rykener se encontraba vestido de mujer, siendo llamada Eleanor y trabajando en su taller. Sin embargo, el negocio de Brouderer no se limitaba al bordado; parece ser que contactaba con jóvenes aprendices a las que luego prostituía. De hecho, una de las prostitutas a sus órdenes era su propia hija Alice.

Supuesto retrato de John Rykener
La llegada de Rykener abrió una nueva vía de negocio para la bordadora. La cosa era como sigue: Elizabeth Brouderer ofrecía a los clientes pasar la noche con Eleanor. Cuando alguno aceptaba, el cliente era llevado a una habitación a oscuras; sin embargo, en la cama no aguardaba Eleanor, sino que Alice, la hija de la bordadora, la sustituía. Una vez pasada la noche, Alice salía temprano de la habitación, y Elizabeth y Eleanor entraban en ella. Elizabeth revelaba la verdadera naturaleza masculina de Eleanor y chantajeaba al cliente, ya que la sodomía se castigaba más duramente que la fornicación. Los clientes, convencidos de que habían pasado la noche con un hombre, se avenían a pagar con tal de no ser denunciados.

Esta forma de chantaje redondeaba las ganancias de Brouderer, y además permitía que la reputación de su hija se mantuviera intacta (algo crucial para poder casarse luego) mientras que la mala fama recaía sobre Eleanor en su totalidad. De la declaración de Rykener ante el tribunal se desprende que esta Alice hacía todo esto por placer (“por el gusto de la lujuria”, dice textualmente la confesión) y no por dinero, aunque su madre sacara beneficio económico con ello. No obstante, y según se deduce de lo que se declaró a continuación, Eleanor no ejercía realmente todavía el oficio de la prostitución. Eso le fue enseñado poco después por una mujer llamada Anna.

A la manera de una mujer

Rykener debió pensar que, ya que tenía la mala fama de ser prostituta, lo mejor sería hacer honor a dicha fama y empezar a ganar dinero con ello. Fue así como conoció a una tal Anna, que le enseñó a tener relaciones con hombres “modo mulieri” (“a la manera de una mujer”, según se recoge en el acta del interrogatorio). Poco sabemos de esta Anna. En la declaración de Rykener se la describe como “meretrix quondam cuiusdam famuli domini Thome Blount” (“la meretriz de un antiguo sirviente de Sir Thomas Blount”). Esta frase puede significar tanto que esta mujer era una prostituta frecuentemente visitada por este sirviente como que ambos vivían amancebados. En cualquier caso, esta descripción da pie a una curiosa teoría que veremos al final.

Con estos conocimientos recién adquiridos, y viviendo aún con la bordadora, empezó a trabajar como prostituta. La declaración de Rykener recoge que un hombre llamado Philip, rector de Theydon Garnon, fue su primer cliente. No sabemos si por no estar satisfecha con el pago o por otra razón, Rykener se apropió de varios vestidos de Philip. Cuando éste exigió que se los devolviera, Rykener lo acalló afirmando que ella tenía un marido que la defendería en los tribunales. No sabemos cuánto tiempo más estuvo bajo el techo de Brouderer pero no debió ser mucho, ya que en la declaración se afirma que poco tiempo después se trasladó a Oxford.

Interrogatorio de John Rykener
En Oxford, Rykener trató de establecerse como bordadora (probablemente siguiendo el mismo negocio que Elizabeth Brouderer), a la vez que continuaba ejerciendo la prostitución. Según se relata en la declaración, Tuvo relaciones con al menos tres eruditos de la Universidad (incluso sus nombres aparecen reflejados: uno Sir William Foxlee, otro Sir John y el tercero Sir Walter), y según las actas mantuvo relaciones con los tres varias veces en un pantano (la palabra es textual de la declaración). Sin embargo, no debieron irle muy bien las cosas ya que a las cinco semanas se trasladó a la vecina localidad de Bunford.

Allí Rykener trabajó como tapster (un oficio a medio camino entre camarera y prostituta) en una taberna llamada “Swan”, propiedad de un tal John Clerk. En la declaración se afirma que mantuvo relaciones con al menos nueve hombres, aunque parece ser que sólo cuatro le pagaron. Desconocemos si no le pagaron porque Rykener estuvo con ellos por placer o porque le engañaron. En cualquier caso, hay varios detalles curiosos de esta etapa de su vida. Uno es que tres de esos hombres eran frailes (y de hecho uno de ellos, un franciscano, le pagó sus servicios con un anillo de oro) y los otros seis eran extranjeros. El otro detalle curioso es que la tarifa de Rykener no era fija, ya que variaba entre los 10 peniques y los dos chelines (24 peniques). En cualquier caso, su paso por Bunford también fue efímero, ya que estuvo allí sólo seis semanas.

De vuelta a Londres

Desde Bunford se trasladó a Beaconfield, una ciudad a medio camino entre Oxford y Londres. Fue en esta ciudad donde, según su propia declaración, mantuvo relaciones con dos frailes franciscanos “concubuerunt ut cum fémina” (“como una mujer”); pero lo más curioso es que también mantuvo relaciones como hombre con una mujer llamada Joan, hija de un tal John Matthew. Varios interrogantes se abren aquí: ¿Se acostaba Rykener con Joan como John o como Eleanor? ¿Y con los frailes? Sabemos que la expresión utilizada en la declaración (“como una mujer”) no significa que lo hiciera vestida como tal, sino que hacía los actos propios de las mujeres. Asimismo, desconocemos los detalles de sus encuentros con Joan, de modo que no sabemos qué tipo de relaciones tuvieron.

Situación de Soper's Lane (a la derecha de la imagen)
En cualquier caso, Rykener volvió a Londres y se dedicó a lo único que sabía hacer bien y que le podía dar ingresos: la prostitución. Detalla que prefería a los eclesiásticos porque pagaban más y mejor que los demás. Y hay un detalle revelador: Rykener cuenta que mantuvo relaciones “como hombre” con multitud de monjas y mujeres, tanto solteras como casadas. Además, a las mujeres no les cobraba, cosa que sí hacía con los hombres. En la declaración se narra que mantenía los encuentros con los clérigos en las cercanías de la Torre de Londres, en un callejón detrás de la Iglesia de Santa Catalina. En esa vida estaba cuando fue detenido junto a John Britby, tal y como se contó al principio. La declaración de Rykener acaba aquí y desconocemos el final de la historia. El hecho de haber sido juzgado por un tribunal civil y no eclesiástico nos permite ser optimistas sobre su destino, ya que lo más probable es que saliera libre con una multa (y no quemado en la hoguera, algo que habría sido su destino de caer en manos de un tribunal religioso).

No obstante, existen algunas evidencias indirectas de la suerte de nuestros personajes. Un John Britby era más tarde el vicario de una parroquia pobre y oscura de Yorkshire y un tal John Rykener, vendedor, escapó del obispo de la prisión de Stortford en Londres en 1399. No podemos saber que éstos son los mismos hombres, pero las fechas y los nombres sugieren que podrían ser ellos. Asimismo, William Foxlee, uno de los clientes de Rykener en Oxford, puede haber sido el capellán del Nuevo Colegio del que se tiene constancia algunos años más tarde. La gran incógnita es la identidad de Anna, la mujer que le enseñó cómo contentar a un hombre y de la que sólo sabemos que era una especie de concubina de un criado de Sir Thomas Blount, un importante hombre de la época. Y es justo esta identidad lo que ha dado lugar a otra teoría sobre este asunto.

¿Y si todo fue una sátira?

Como hemos visto, a Anna, la mujer que enseñó a Rykener a tener sexo “como si fuera una mujer”, se la describe como la “meretriz de un sirviente de Sir Thomas Blount”. Es curioso que en la frase aparezca el nombre del empleador y no del empleado, algo que sería más lógico. Sin embargo, el nombre que aparece (de forma gratuita) es de Blount. ¿Por qué? ¿Quién era Sir Thomas Blount? Este caballero formaba parte destacada del séquito del monarca inglés Ricardo II, un rey que en junio de 1392 había nombrado un gobernador para la ciudad sustituyendo al alcalde elegido por los ciudadanos. La excusa era que Londres estaba mal gobernada y había muchos problemas de orden público, aunque la verdadera razón era que el rey estaba furioso porque el Consejo Municipal se negaba a prestarle el dinero que quería. Algunos meses después, la ciudad y el rey se reconciliaron y se restauraron los fueros de la ciudad de forma condicional, de modo que el monarca se reservaba el derecho de abolirlos si se encontraba insatisfecho. Eso significaba que las solicitudes de dinero del rey debían ser cumplidas sin rechistar. Tras el arreglo, Ricardo II fue entronizado en una magnífica ceremonia que culminó con su coronación por un joven que representaba un ángel en la calle principal de Cheapside.

Ricardo II
Bajo esta luz, puede verse el caso de Rykener como una sátira contra el rey disfrazada de acta judicial. El recorrido de la prostituta es revelador. Bunford haría referencia a Sir Thomas Despenser, señor de la ciudad y uno de los favoritos del rey. Oxford podría aludir a Richard Robert de Vere, conde de Oxford y otro estrecho colaborador del monarca. Asimismo, las andanzas de Rykener en Londres se realizan dentro de los muros de la ciudad, donde estaba prohibida la prostitución, en lugar de en la zona de extramuros, donde sí se permitía; y es en estas andanzas donde es arrestado. El mensaje es claro: fuera de los muros de la ciudad Rykener actúa con impunidad, dentro es inmediatamente detenido. La buena gobernanza está dentro de Londres, la mala fuera. La guinda la pone la alusión a Blount. En la breve declaración judicial de Rykener pueden verse referencias a tres de los favoritos del rey, y por añadidura al rey mismo.

Y unas últimas pinceladas. El que la mujer que instruyera a Rykener se llamara Anna (un nombre inusual por entonces y asociado a las extranjeras) puede verse como una referencia a la difunta esposa del monarca (Anna de Bohemia). Y el nombre de Rykener, además de tener resonancias con los verbos del inglés medio que se utilizaban para expresar el significado de “contar historias”, puede verse como una alusión a Rick, diminutivo de Ricardo. Visto de este modo, la sátira es feroz, ya que las andanzas de Rykener pueden verse como una parodia del propio Ricardo II. En este sentido, el rey era conocido por su gusto por los favoritos masculinos, por no tener las inclinaciones guerreras de su padre (algo que se consideraba afeminado), y por su incapacidad para engendrar un heredero; en resumen, se le ve como alguien poco masculino. Lo mismo que Rykener, que se viste de mujer, asume una posición pasiva y tiene sexo con hombres como si fuese una fémina. Lo dicho: una sátira feroz, escrita en latín (idioma inusual para los documentos judiciales) y por tanto sólo accesible para los empleados del gobierno de la ciudad, que odiaban al rey.

"Castigo del sexo ilícito". Grabado medieval
Para terminar, tenemos que volver al principio. John Britby, el hombre arrestado junto a Rykener, acababa de volver de un viaje al oeste de Londres (parodia del viaje de Ricardo a York y luego de vuelta para suspender los fueros de la ciudad). El arresto se realizó en Cheapside (el mismo sitio donde Ricardo II fue coronado). Y finalmente ofrece dinero por sexo (al igual que Londres prestó dinero a Ricardo). El desenlace es que Britby y Rykener son finalmente castigados, quizá como expresión de los deseos de los londinenses de que Ricardo acabara pagando sus excesos contra la ciudad. Tal vez esta teoría sea peregrina, pero es lo bastante atractiva como para reseñarla aquí. Al fin y al cabo, a veces la verdad se esconde detrás de lo menos obvio.

Corrigan, el hombre que se equivocó de dirección

Cuando a eso de las nueve y media de la mañana del 18 de julio de 1938 los empleados del aeropuerto Baldonnel de Dublín vieron aterrizar un destartalado avión en sus instalaciones, corrieron asombrados hacia él. De la cabina del aparato se bajó un hombre que, con acento americano, les dijo: “soy Douglas Corrigan, ¿dónde estoy?”. Los empleados le respondieron que en Irlanda, y el piloto no pudo ocultar una sonrisa de satisfacción. Acababa de cruzar el Océano Atlántico sin escalas, sobre un avión construido por sí mismo, y a pesar de que las autoridades aeronáuticas norteamericanas le habían denegado el permiso. Sin embargo, pronto disimuló su alegría y proclamó que no debía estar en Dublín, sino en Los Ángeles.

Corrigan y su avión
Y es que hasta el fin de sus días Corrigan sostuvo que había llegado a Irlanda porque se había equivocado de dirección. Y aunque las autoridades de aviación estadounidense no creyeron una sola palabra de su historia, pronto se convirtió en un héroe y su vuelo en una hazaña. El recibimiento que le dieron en Estados Unidos fue apoteósico, incluido un desfile por Nueva York. Pronto recibió ofertas para publicar una autobiografía e incluso se interpretó a sí mismo en una película sobre su vuelo, llamada “El irlandés volador”. A partir de ese vuelo se le conoció como “Wrong Way” (“Camino equivocado”), y su fama y fortuna no hicieron sino acrecentarse. Esta es la increíble historia del hombre que se equivocó de dirección.

Mecánico de Lindbergh

Douglas Corrigan nació en 1907 en Galveston, Texas. Pasó la infancia y la adolescencia dando tumbos debido al divorcio de sus padres, y como no era un buen estudiante, dejó la Secundaria para trabajar como obrero de la construcción. Por aquel entonces vivía en Los Ángeles junto a su madre y sus hermanos, y su ambición era poder convertirse algún día en arquitecto. Sin embargo, en octubre de 1925 el veneno de volar se le metió en las venas. Un domingo por la tarde, Corrigan pagó los dos dólares y medio que costaba un paseo en avión de 10 minutos sobre el aeropuerto de Los Ángeles. Tan entusiasmado estaba cuando bajó, que al domingo siguiente empezó a tomar lecciones de vuelo. Los fines de semana se los pasaba en el aeródromo, aprendiendo a volar y ayudando a los mecánicos. Cuando el 25 de marzo de 1926 realizó su primer vuelo en solitario, diría que fue el día más importante de su vida.

Douglas Corrigan
Cuando los dueños del aeródromo de Los Ángeles se trasladaron a San Diego y fundaron una fábrica de aviones (la Ryan Aeronautical Company), le ofrecieron a Corrigan un empleo como mecánico. Allí estaba cuando en febrero de 1927 la compañía recibió un telegrama de un tal Charles Lindbergh preguntando si podrían construir un aparato que pudiera cruzar el Atlántico. Los dueños de la compañía respondieron que podrían tenerlo en un plazo de dos meses y por un precio de 10.000 dólares. Lindbergh aceptó la oferta y la fábrica se puso manos a la obra. Corrigan fue uno de los mecánicos que construyeron el avión (sobre la base de un aparato Ryan M-2), y a él se debió el diseño y ensamblaje de las alas (tres metros más largas de lo normal) y la instalación de los depósitos de combustible y el panel de instrumentos.

Charles Lindbergh
Aunque Lindbergh era de Detroit y el aparato había sido construido en San Diego, los que financiaban el proyecto eran de St. Louis (Missouri), así que el avión fue bautizado como “Spirit of St. Louis”. El 20 de mayo de 1927, el aparato despegó de Nueva York y después de más de 33 horas y media de vuelo aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, en París. Lindbergh había sido el primer hombre en realizar un vuelo trasatlántico sin escalas, y como consecuencia se convirtió en una celebridad, a la Ryan Aeronautical Company le empezaron a llover los pedidos y en Douglas Corrigan empezó a crecer el irrefrenable deseo de emular la proeza.

Un primer intento frustrado

En octubre de 1928 la fábrica decidió trasladarse a St. Louis. Sin embargo, Corrigan decidió quedarse en la costa oeste y emplearse en la escuela de aviación Airtech. Durante los siguientes dos años aprovechaba el poco tiempo libre que tuvo para acumular horas de vuelo y sacarse el título de piloto de transporte, hasta que en 1930 se trasladó a Nueva York donde, junto a un amigo, fundó una compañía que ofrecía traslados de pasajeros entre pequeñas ciudades. No fue hasta 1933 que regresó a la costa oeste para trabajar de mecánico y se compró un viejo avión Curtiss Robin OX-5. Inmediatamente, empezó a trabajar en él para convertirlo en un aparato capaz de cruzar el Atlántico. Ya había decidido que su destino sería Dublín, en homenaje a sus orígenes irlandeses.

Construcción del "Spirit of Saint Louis"
En 1935 había modificado el avión lo suficiente como para intentar que le dieran permiso para realizar su proyecto. Sin embargo, un inspector federal de la Oficina de Comercio Aéreo sólo lo certificó para vuelos sobre tierra firme dentro del país. Corrigan fue haciendo modificaciones en el aparato intentando adaptarlo a las exigencias burocráticas que se le planteaban. En 1937 volvió a solicitar permiso para realizar el vuelo transoceánico, pero no era un buen momento: Amelia Earhart había desaparecido sobre el Pacífico pocos meses antes y ninguna autoridad parecía dispuesta a dar permisos para nuevas aventuras. Es más, en respuesta a su petición se le negó el certificado de vuelo a su avión. Ya no es que no pudiera volar sobre el Atlántico, es que no podía volar a ninguna parte.

El avión de Corrigan
Corrigan no tiró la toalla. Decidió que intentaría la aventura de todos modos (“No me iban a colgar por volar sin licencia”, escribió después) y planeó volar hasta Nueva York, aterrizar allí de noche cuando todos los controladores se hubiesen marchado a casa, llenar sus depósitos de combustible y despegar de nuevo hacia Irlanda antes de que pudieran detenerle. Sin embargo, la mala suerte se cebó con él. Durante todo el trayecto se encontró un tiempo infernal, y lo que iba a ser un vuelo de algo más de un día se convirtió en una epopeya que duró nueve (tardó dos días sólo en cruzar Texas). Cuando llegó a Nueva York era ya final de octubre y un vuelo hasta Irlanda era demasiado peligroso, incluso para alguien tan osado como Corrigan.

Corrigan saludando
De modo que repostó y regresó hasta Los Ángeles. El vuelo de vuelta tampoco fue fácil, ya que se le formó hielo en el carburador y el viento de cara hizo que no tuviera suficiente combustible. Aterrizó en el aeródromo Adams, del Valle de San Fernando, y allí las autoridades le inmovilizaron el avión. Lo único bueno que Corrigan sacó de aquel viaje frustrado fue haber bautizado a su aparato. Decidió llamarlo “Sunshine” (Rayo de Sol). Tal y como escribió en su autobiografía, “Siempre había considerado a mi avión como un pequeño rayo de sol, así que pinté ese nombre en el carenado”. El primer intento se había saldado con un fracaso, pero Corrigan no estaba dispuesto a rendirse.

La “equivocación”

Durante los seis meses que su avión permaneció en tierra de forma forzosa, Corrigan no se quedó cruzado de brazos. Estuvo volando en otros aviones a fin de seguir sumando horas de vuelo y reconstruyó el motor del “Sunshine”. Cuando terminó la suspensión, solicitó una nueva inspección y el inspector que examinó el avión dictaminó que estaba lo bastante bien para volar dentro del país. El 9 de julio de 1938, Corrigan consiguió un permiso para hacer un vuelo sin escalas desde Los Ángeles hasta el aeródromo Floyd Bennet de Nueva York. Después de un vuelo accidentado, donde tuvo que atravesar una tormenta de arena en Nuevo México y se vio obligado a terminar el viaje con las ventanillas de la cabina abiertas y la cabeza fuera por una fuga de combustible del depósito principal que hacía que todo oliera a gasolina, Corrigan aterrizó en Nueva York. Había volado 27 horas y sólo le quedaban 9 litros de combustible.

Autobiografía de Corrigan
Decidió no reparar el tanque, ya que eso le llevaría semanas, y el 16 de julio presentó un plan de vuelo para volver a Los Ángeles. Las autoridades no desconfiaron, ya que el único mapa que tenía era de los Estados Unidos y tenía la ruta de vuelta perfectamente marcada. Llenó los depósitos de combustible, y a las cuatro de la madrugada se encontraba listo para volar. El gerente del aeródromo le dijo que usara una pista que mirara al este y luego virara, ya que su oficina se encontraba al oeste y no quería ser despertado por el ruido de su avión. A las cinco y cuarto de la madrugada del 17 de julio, Corrigan despegó. Llevaba con él dos barras de chocolate, algunos frutos secos y una buena provisión de agua. Según dijo más tarde, había una niebla espesa y no pudo ver bien la brújula manual que portaba, así que no viró al oeste, sino que siguió volando hacia el este, hacia el Atlántico.

Aeródromo de Baldonnel, en Dublín
Cuando llevaba volando unas 10 horas, la fuga de combustible fue a peor y la cabina empezó a inundarse de gasolina. No podía repararla en pleno vuelo, y para evitar que el combustible llegara a los escapes e incendiara el aparato, hizo un agujero en el suelo con un destornillador para drenarla. Claro que todo esto no es muy coherente con su afirmación de que se dio cuenta de su error de orientación cuando llevaba 26 horas volando, pues si hubiera pensado que estaba sobrevolando tierra habría buscado un sitio donde aterrizar en lugar de drenar la fuga. En cualquier caso, tras 28 horas y 13 minutos de vuelo, Corrigan aterrizó en el aeródromo Baldonnel de Dublín y se produjo el diálogo con el que empezaba este artículo.

Las explicaciones de Corrigan

A Corrigan lo llevaron a la oficina de aduanas, ya que no sólo había volado a Irlanda sin permiso, sino también sin pasaporte. Llamaron al embajador americano Stephen Cudahy, que se reunió con él y le pidió explicaciones. Corrigan contó que el espacio en su avión era tan pequeño que sólo podía ver el suelo por las ventanillas laterales. Como su brújula principal estaba rota había usado una brújula manual, lo que añadido a la niebla y a la poca visibilidad en la cabina, le había hecho perder el rumbo. Cuando 26 horas después de partir las nubes de debajo de su avión se disiparon, pudo ver que volaba sobre el mar y sólo entonces se dio cuenta de que se había equivocado de dirección. Poco después avistó tierra y aterrizó.

Desfile de Corrigan en Nueva York
Cudahy no se creyó una sola palabra de lo que Corrigan le había contado. Además, las autoridades de aviación estadounidenses enviaron un telegrama detallando las normas que se habían infringido. A pesar de que el telégrafo cobraba por cada palabra transmitida, el telegrama en cuestión tenía ¡más de 600! Sin embargo, Corrigan recibió un leve castigo: la suspensión de la licencia de vuelo durante 14 días. Además, su vuelo pronto se convirtió en un acontecimiento, y la embajada americana se llenó de periodistas y fotógrafos (incluso fueron a verle Henry Ford y Howard Hughes).

Primera plana del "New York Post", con el titular
 al revés en homenaje a Corrigan
Al día siguiente visitó al Primer Ministro irlandés Eamon de Valera, que le pidió que contara otra vez su historia. Cuando llegó a la parte en que se equivocaba al leer la brújula, todos empezaron a reír. De Valera no sólo no presentó cargos contra él (“Ha llegado a este país sin ningún papel, y se irá sin ningún papel”), sino que además le agradeció haber puesto a Irlanda en el mapa. Poco después fue a Londres, donde fue recibido por el embajador Joseph Kennedy (el padre del que fuera luego Presidente de los Estados Unidos). Allí le comunicaron que su avión y él regresarían a Estados Unidos a bordo del buque “Manhattan”. El barco llegó a Nueva York el 4 de agosto, justo el día que terminaba la suspensión de su licencia de vuelo.


Cartel de "El irlandés volador"
Corrigan se había convertido en una celebridad. Su desfile por Broadway reunió a un millón de personas (más que el de Lindbergh, que un poco celoso restaba importancia a la hazaña de Corrigan). Su nombre y su proeza salieron en la prensa, y pronto se le apodó “Wrong Way” Corrigan (incluso esta expresión se utilizó durante mucho tiempo para referirse a errores espectaculares, sobre todo en el ámbito deportivo). Escribió una autobiografía (que constaba de sólo un capítulo, varias páginas de fotos y todo lo demás en blanco) y protagonizó en 1939 una película sobre su vuelo que se tituló “El irlandés volador”. Incluso se pusieron a la venta productos con su nombre, entre los que destacaba un reloj que giraba hacia el lado contrario. También se presentó a Senador en 1946, aunque obtuvo sólo el 2% de los votos. Después de ganar en esos años el equivalente al salario de 30 años de mecánico, se retiró de la aviación en 1950, compró una plantación de naranjas y allí vivió hasta su muerte en 1995. Y hasta sus últimos días siguió sosteniendo que todo lo que había pasado es que se había equivocado de dirección
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Esfacteria, cuando los espartanos se rindieron

Regresa con este escudo, o sobre él”. Esta frase atribuida a una madre espartana equipando a su hijo resume de forma extraordinaria la mentalidad de los espartanos en combate. Regresar sin el escudo equivalía a haber huido de la batalla (el escudo de los hoplitas griegos, llamado hoplon, era muy pesado, por lo que lo primero que hacían los que huían era desembarazarse de él), y regresar sobre él era igual que morir en la batalla de forma heroica (en caso de ser herido o morir, y siempre que se encontrasen cerca de su base, el escudo servía de camilla improvisada para transportar el cuerpo, pero esta práctica sólo se aplicaba a los que habían destacado en la lucha). Así pues, la frase que encabeza este artículo equivaldría a “vuelve victorioso o muerto”.

Batalla de Esfacteria
La rendición no era una opción a considerar por los espartanos, pues hacerlo equivalía al rechazo social de sus conciudadanos. Por eso se cree que ningún ejército de Esparta se rindió jamás; pero esa creencia es errónea. En el año 425 a.C., en la isla de Esfacteria, un ejército de hoplitas espartanos se rindió ante los atenienses en los primeros compases de la Guerra del Peloponeso. Y lo más llamativo de todo es que las tropas de Atenas estaban compuestas en su mayor parte por infantería ligera. De este modo, la Batalla de Esfacteria no sólo supuso la primera vez que los espartanos se rindieron, sino que también fue la primera vez que la infantería ligera griega logró vencer a la infantería pesada.

Las estrategias al comienzo de la Guerra del Peloponeso

En el año 431 a.C. estalló la Guerra del Peloponeso por la supremacía dentro del mundo helénico. Por una parte estaban Atenas y sus aliados, coaligados en la llamada Liga de Delos, y por otro Esparta y los suyos se unían en la llamada Liga del Peloponeso. Largos años de desencuentros y rivalidades entre estas dos ciudades desembocaban en una lucha a muerte en la que sólo podría quedar uno. Sin embargo, esta guerra supuso a la postre el fin del esplendor griego en el Mediterráneo. El conflicto devastó regiones enteras, se destruyeron ciudades por completo y marcó una etapa en la que las guerras civiles entre ciudades se convirtieron en algo cotidiano.

Muros de Atenas, uniendo la ciudad con el puerto de El Pireo
La estrategia de ambos bandos en esta primera fase de la guerra (llamada Guerra Arquidámica) era simple y se basaba en sus puntos fuertes. Esparta, sabedora de que su ejército no tenía rival, lanzaba continuas ofensivas en tierra. En sus incursiones en la región de Ática, saqueaban todo lo que podían, devastaban campos y tierras de cultivo y amenazaban a la propia ciudad de Atenas, mientras sus habitantes sólo podían contemplar desde detrás de sus muros cómo sus cosechas eran destruidas. Estas invasiones no duraban mucho, ya que los espartanos debían regresar a sus tierras para la cosecha y para controlar a los ilotas, sus esclavos. Además de usar esta táctica, Esparta se dedicaba a atizar el fuego de la rebelión en las ciudades aliadas de sus enemigos, confiando en que un levantamiento a gran escala debilitara a los atenienses.

Trirreme ateniense
Atenas por su parte, sabedora de que su ejército no era rival para los bien entrenados espartanos, se mantuvo a la defensiva en tierra y confió en su punto fuerte: la flota. Escuadras de barcos atenienses partían sin cesar atacando las costas del Peloponeso, controlando los conatos de rebelión en sus aliados y financiándose mediante el tributo de sus colonias. Continuó con el comercio, a la vez que debilitaba el de sus enemigos. No sufriendo mucho por las invasiones espartanas debido a su corta duración (la más larga apenas se prolongó por 40 días) y a la capacidad de abastecerse por mar, los atenienses confiaban en estrangular la economía de sus enemigos como forma de asegurarse la victoria.

La flota que se refugió de una tormenta

En la primavera del año 425 a.C., y fieles a su estrategia, los espartanos ayudaron a la ciudad siciliana de Mesina a rebelarse contra Atenas a la vez que sus tropas, al mando del rey Agis, invadían la región de Ática. Como ya hemos visto, los atenienses se refugiaron tras sus murallas sabedores de que no tendrían problemas para abastecerse gracias a su poderosa flota. A la vez, y para controlar el conato de rebelión en Sicilia y en la isla de Corcira (la actual Corfú), una escuadra de 40 naves atenienses partió hacia allí al mando de los generales Eurimedonte y Sófocles. A ellos se unió en el último momento el general Demóstenes.

Vista de Esfacteria desde el norte
Sin embargo, una tormenta obligó a esta flota a refugiarse en la bahía de Navarino. Esta bahía constituía un excelente puerto natural. Cerrada casi por completo (salvo dos pequeños canales) por la isla de Esfacteria, y situada a apenas 75 km. de Esparta, Demóstenes vio en el retraso una excelente oportunidad de establecer allí una base avanzada que le permitiera realizar incursiones en territorio enemigo y alentar posibles rebeliones de ilotas (los esclavos de los espartanos, que mantenían su economía). Así pues, ordenó la construcción de un fuerte en la acrópolis de la antigua ciudad de Pilos, un enclave abandonado que podía ser fácilmente abastecido por mar dado su proximidad a la costa.

Mapa de Pilos y Esfacteria
El resto de los comandantes consideraban esta acción una pérdida de tiempo y dinero, pero no se opusieron a ella. En apenas 6 días, los atenienses habían terminado las fortificaciones. La flota partió entonces hacia Corcira, dejando una guarnición en la fortaleza y cinco naves al mando de Demóstenes (a la que posteriormente se unieron otras dos más de su aliado Naupacto). Naturalmente, a los espartanos no les hizo mucha gracia que los atenienses ocuparan un enclave tan cerca de ellos, así que retiraron su ejército del Ática y enviaron a las tropas a desalojar a los atenienses de sus posiciones. Llamaron también a su flota (de unas 60 naves), que en ese momento se dirigía a Corcira, para apoyar la acción. Estaba a punto de comenzar un asalto anfibio, un tipo de maniobra extremadamente raro en la antigüedad.

El asalto espartano

El ejército espartano se basaba principalmente en los espartiatas, la élite de la ciudad entrenada desde su niñez para ser unos feroces guerreros, y en aquel momento su número era aproximadamente de unos 2.000 efectivos. El resto del ejército se componía de tropas aliadas e ilotas. Así pues, cada pérdida de uno de estos guerreros era irremplazable. De modo que para minimizar las pérdidas los espartanos optaron por una estrategia de bloqueo esperando que la falta de suministros hiciera que pronto los atenienses se rindieran. Colocó el grueso de su ejército frente a las fortificaciones atenienses, apostó la flota en los canales de acceso a la bahía para evitar que los barcos de Atenas escaparan y desembarcó una fuerza de 420 hoplitas, con sus respectivos ilotas, en la isla de Esfacteria para evitar que la fortaleza pudiera ser abastecida desde allí (de esos hoplitas, entre 120 y 180 eran espartiatas, según la fuente).

Batalla de Pilos: intento de desembarco espartano
Sin embargo, el ateniense Demóstenes se había adelantado a la acción y envió dos de sus barcos a avisar al resto de la flota de la situación. Los pocos hoplitas de los que disponía (unos 60) los colocó en el punto más débil de las fortificaciones, mientras que protegía el resto con marineros. Los espartanos pronto se cansaron de no hacer nada y comenzaron el asalto. Por tierra, los espartanos se lanzaron contra las fortificaciones, y por mar las naves se iban turnando para ir desembarcando tropas. El asalto por tierra comenzó el 25 de mayo y fue fácilmente repelido (las tropas de Esparta ni siquiera habían llevado escalas, y los atenienses habían realizado un buen trabajo en las fortificaciones); por mar, sin embargo, la defensa fue más difícil: los barcos espartanos lanzaban pasarelas por las que desembarcar a las tropas, por lo que los atenienses trataban de empujarlas mientras les lanzaban toda clase de proyectiles. Lograron repelerlos con gran dificultad.

Batalla de Pilos: la flota ateniense derrota a la espartana
Al tercer día de asedio, las tropas espartanas de tierra se retiraron a buscar madera con la que construir maquinaria de asedio, mientras la flota entraba en la bahía dejando los canales desguarnecidos. Fue entonces cuando la flota ateniense, que había dado media vuelta ante el aviso de Demóstenes, apareció. Los barcos espartanos fueron cogidos por sorpresa y toda la flota capturada o hundida. Las tropas espartanas de la isla de Esfacteria se encontraron entonces totalmente aisladas y sin posibilidad alguna de escapar o ser abastecidos, pues la victoriosa flota ateniense se desplegó para evitarlo. Los espartanos se encontraban en una situación desesperada.

La negociación

Esparta pidió una tregua y envió emisarios a Atenas, dejando en garantía lo que quedaba de su flota. Comenzó entonces una dura negociación. Los espartanos querían recuperar el contingente de la isla a toda costa debido a la escasez de hombres en su ejército, y para ello ofrecieron entregar a los atenienses 60 trirremes y acabar con las incursiones en el Ática a cambio de que las tropas atrapadas pudieran regresar a Esparta. Durante la tregua, los atenienses permitieron que se enviara a la isla una cantidad fija de alimentos y vino (curiosamente, a cada hoplita le correspondía el doble de lo que recibía un ilota).

Cleón de Atenas
La facción ateniense que encabezaba Cleón exigió a los espartanos que, además de los barcos, debían entregar los puertos de Megara y Trecén, así como la región de Acaya. En realidad, Cleón sólo buscaba hacer encallar las negociaciones para poder humillar a los espartanos capturando y matando a sus tropas de Esfacteria. Los emisarios espartanos no aceptaron las condiciones que se les ofrecían y abandonaron Atenas, y los atenienses se negaron a devolver las naves espartanas dejadas como garantía. Como el envío de comida a los sitiados se había interrumpido, los espartanos trataron de abastecerlos con la ayuda de nadadores.

Hoplita espartano
En realidad, los atenienses no estaban en mucha mejor posición que los espartanos. Los bosques de la isla de Esfacteria no permitían a los sitiadores saber cuántos ni dónde estaban situados los espartanos, por lo que no se atrevían a atacar. Además, tampoco les resultaba fácil abastecer la flota y la guarnición de Pilos, y la llegada del invierno amenazaba la presencia ateniense allí. Tras más de cincuenta días desde que los hoplitas espartanos quedaran atrapados en la isla, la situación estaba estancada. Fue entonces cuando un incendio fortuito (producido por un fuego de campamento mal apagado) quemó durante dos días gran parte de la vegetación de Esfacteria, dejando al descubierto la posición de los espartanos. Cuando la noticia llegó a Atenas, Cleón se jactó de rendir a las fuerzas sitiadas en menos de 20 días. Sus detractores le desafiaron a hacerlo. La batalla era inminente.

La batalla

Las fuerzas espartanas estaban divididas en tres contingentes. El grueso de sus tropas estaba en el centro de la isla, custodiando un pozo salobre que era la única fuente de agua, y el resto se encontraba en dos puestos avanzados, uno a cada extremo, vigilando los movimientos de los atenienses a través de los canales. En total eran 420 hoplitas y 400 ilotas, que luchaban como infantería ligera. Las fuerzas atenienses ascendían a unos 800 hoplitas, unos 2.000 hombres de infantería ligera (entre arqueros, honderos y peltastas) y unos 7.000 remeros. A esta fuerza había que añadir otros 800 soldados mesenios que buscaban liberar su región de los espartanos. La ventaja numérica era ateniense, pero las fuerzas espartanas eran consideradas las mejores de Grecia.

Esfacteria; fases de la batalla
El 10 de agosto, antes del alba, el primer desembarco tuvo lugar al sur de la isla. Los atenienses tomaron el puesto avanzado espartano por sorpresa y acabaron con todos. Poco después, el grueso de las tropas atenienses desembarcó en el centro de la isla, encontrándose la falange espartana ya formada y dispuesta a luchar. Las tropas ligeras atenienses tomaron los puntos elevados a ambos lados de la falange, masacrando a los espartanos con flechas, jabalinas y proyectiles de honda e impidiendo que salieran a luchar contra los hoplitas atenienses (que se mantuvieron quietos durante toda la batalla). El incesante bombardeo acabó con la vida del general espartano Epitadas, así que el resto de las tropas decidieron replegarse hacia el norte, a las ruinas de un fuerte abandonado, sin dejar de ser acosados por las tropas ligeras atenienses.

Batalla de Esfacteria: las tropas ligeras acosan a los hoplitas espartanos
Teniendo en cuenta que el número de proyectiles lanzados era muy elevado, las bajas espartanas eran pocas. Sin embargo, estaban en una posición desesperada. Rodeados, sin agua ni comida, pero con la protección de un barranco tras ellos, los espartanos decidieron permanecer y resistir allí. Fue entonces cuando las tropas mesenias ascendieron el barranco a través de un pequeño sendero y terminaron de rodear a las tropas espartanas por todas partes. Los generales atenienses no querían una masacre, de modo que hicieron una oferta de rendición. El comandante espartano no quería tener la responsabilidad de la decisión, por lo que pidió enviar un emisario a Esparta para pedir instrucciones. La respuesta de la ciudad no tardó en llegar: “Esparta os ordena que toméis vuestra propia decisión, siempre que sea honorable”. La decisión que tomaron en común fue tirar sus armas y rendirse. Nunca antes ningún ejército espartano había hecho algo así, pues siempre habían preferido la muerte antes que el deshonor. Tras cincuenta días en la isla (de los que sólo veinte recibieron alimentos) y un total de 128 bajas (los atenienses tuvieron menos de 50), un ejército espartano se rendía por primera vez en la historia.

Batalla de Esfacteria: última posición espartana
El impacto de la noticia en las ciudades griegas fue inmenso. Se había roto el mito de la invencibilidad de las tropas espartanas. También se había demostrado que con tropas ligeras, fáciles y baratas de equipar, podía derrotarse a tropas más pesadas basándose en la versatilidad y la movilidad. Los 292 supervivientes espartanos fueron llevados a Atenas, donde sufrieron la vergüenza de haberse rendido hasta el año 421 a.C. en que se acordó la Paz de Nicias. Cuentan que uno de los espartanos fue preguntado por los atenienses si creía que sus compañeros muertos en la batalla eran más valientes, a lo que contestó: “Mucho sería de estimar un dardo que supiese diferenciar los buenos de los ruines”. Fue el único consuelo que les quedó, haber sido derrotados por enemigos que atacaban a distancia con piedras y flechas, no cuerpo a cuerpo.
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